Agosto 10 de 1865
Fuiste la primera en bajar a tierra, alzada entre dos hombres como en un trono y, en esta historia corriente, te sentiste una reina.
Te arrodillaste y besaste la arena húmeda de la costa bajo la lluvia como si ese gesto- tu gesto grandilocuente y teatral- se hubiera actuado en el centro del universo. E imaginaste que habías sido como un barco dentro de otro barco cuando David te apretó la cintura desdibujada mientras caminaban hacia los refugios.
David que no estaba, que ese día se había levantado como los anteriores y te había acariciado el pelo cuando todavía intentabas no despertarte y tratabas de no tener miedo a quedarte sola.
Te convencías de que estabas aún en Cardiff - o, tal vez, en Liverpool-, y que tu cuerpo descansaba manso entre edredones, entre sábanas de hilo, y que ese mismo sol de meses atrás seguía entrando por los visillos. Que se escuchaban a lo lejos unas campanas. Que tu madre te acercaba una taza de té a los labios resecos, y un pastel de manzanas. Que David te volvía a abrazar frente al fuego.
Pero no, lo sabés, aquí no hay visillos ni sábanas de hilo ni ninguna sábana. Aquí está David siempre trabajando en otros sitios, está el viento despiadado, unos pocos barriles sellados con agua para dos meses más y un vientre que late. Tu cuerpo seguirá por ahora siendo como un barco, un barco con dos corazones.
Esa mañana David tenía que ir hasta el valle con algunos de los hombres y advertiste su vacilación al ver tus ojos turbios y adormilados, el temor que se le había amurado al dejarte abandonada a tu suerte.
Ya tenías dolores pero no los dijiste, lo dejaste partir sin que supiera nada. Comprendías que encontrar más agua era lo importante. No ibas a morirte. La mayoría de estas mujeres que ahora están a tu lado ya habían sido madres y sabías que podrían ayudarte entre esa bruma que fue cada vez más espesa y esta noche que se hace cada vez más noche.
Casi a las cuatro de la mañana Fest correría hasta la casilla de un vecino para avisarle la buena noticia. El hombre se emocionaría hasta las lágrimas como si acabara de nacer su propio hijo, tomaría un caballo y se iría a decirle a David. Galoparía hacia el sur, alumbrado por la luna y, al amanecer, se encontraría con su amigo que volvía del valle, cerca de la Torre de José.
- Ha nacido la primera galesa en la Patagonia- le diría abrazándolo.
También abrazarás con cuidado a esta criatura de tu vientre, a este corazón que había latido dentro de tu barco. Esperarás a ese hombre que ya está regresando, que seguirá amándote por mucho tiempo, como prometió. No querrás nada más, nada mejor que mirarla a ella sobre tu pecho en esta cueva abierta al viento, olvidándote del dolor, de los cuchillos mellados, de los murmullos de las mujeres y del agua hirviendo.
Y, en esta historia cotidiana y común, entre todo eso, volverás a sentirte una reina.
* Mónica Soave es socióloga, nació en Buenos Aires y durante varios años vivió en Puerto Madryn (Chubut), donde participó del movimiento literario del sur del país, organizó talleres de escritura, realizó publicaciones en diarios y revistas patagónicos y obtuvo numerosas distinciones literarias nacionales e internacionales, además de ejercer la docencia como profesora de Historia. De vuelta en su ciudad fue colaboradora de la Fundación Puro Cuento y publicó "Por Amanda y los demás" (Torres Agüero Editor). Fue premiada en el tradicional encuentro Eisteddfod de la comunidad galesa del Chubut. Otras publicaciones suyas: "El botón de Nácar. Historias en la historia de los colonos galeses en Patagonia" (Ediciones Simurg) y "180 Sur. Biografías en Patagonia"(Umbrales ediciones).