jueves, 17 de abril de 2014

El CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA (fragmento)

Gabriel García Márquez (6 de marzo de 1927 - 17 de abril de 2014)

-Ya falta poco para que venga la pensión -dijo el coronel.

-Estás diciendo lo mismo desde hace quince años.

-Por eso -dijo el coronel-. Ya no puede demorar mucho más.

Ella hizo un silencio. Pero cuando volvió a hablar, al coronel le pareció que el tiempo no había transcurrido.

-Tengo la impresión de que esa plata no llegará nunca -dijo la mujer.

-Llegará.

-Y si no llega.

Él no encontró la voz para responder. Al primer canto del gallo tropezó con la realidad, pero volvió a hundirse en un sueño denso, seguro, sin remordimientos.
 Cuando despertó ya el sol estaba alto. Su mujer dormía. El coronel repitió metódicamente, con dos horas de retraso, sus movimientos matinales, y esperó a su esposa para desayunar.
 Ella se levantó impenetrable. Se dieron los buenos días y se sentaron a desayunar en silencio. El coronel sorbió una taza de café negro acompañada con un pedazo de queso y un pan de dulce. Pasó toda la mañana en la sastrería. A la una volvió a la casa y encontró a su mujer remendando entre las begonias.

-Es hora de almuerzo -dijo.

-No hay almuerzo -dijo la mujer.

Él se encogió de hombros. Trató de tapar los portillos de la cerca del patio para evitar que los niños entraran a la cocina. Cuando regresó al corredor la mesa estaba servida.
En el curso del almuerzo el coronel comprendió que su esposa se estaba forzando para no llorar. Esa certidumbre lo alarmó. Conocía el carácter de su mujer, naturalmente duro, y endurecido todavía más por cuarenta años de amargura. La muerte de su hijo no le arrancó una lágrima.
Fijó directamente en sus ojos una mirada de reprobación. Ella se mordió los labios, se secó los párpados con la manga y siguió almorzando.

-Eres un desconsiderado -dijo.

El coronel no habló.

«Eres caprichoso, terco y desconsiderado», repitió ella. Cruzó los cubiertos sobre el plato, pero en seguida rectificó supersticiosamente la posición. «Toda una vida comiendo tierra para que ahora resulte que merezco menos consideración que un gallo.»

-Es distinto -dijo el coronel.

-Es lo mismo -replicó la mujer-. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad sino una agonía.

El coronel no habló hasta cuando no terminó de almorzar.

-Si el doctor me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo en seguida -dijo-. Pero si no, no.

Esa tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde de la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus pulmones. Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó sin dirigirse a su marido.
Masticó oraciones hasta un poco después del toque de queda. Entonces, el coronel se dispuso a apagar la lámpara. Pero ella se opuso.

-No quiero morirme en las tinieblas -dijo.

El coronel dejó la lámpara en el suelo. Empezaba a sentirse agotado. Tenía deseos de olvidarse de todo, de dormir de un tirón cuarenta y cuatro días y despertar el veinte de enero a las tres de la tarde, en la gallera y en el momento exacto de soltar el gallo. Pero se sabía amenazado por la vigilia de la mujer.

«Es la misma historia de siempre», comenzó ella un momento después. «Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia desde hace cuarenta años.»

El coronel guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer continuó en un tono liso, fluyente, implacable.

-Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar.

-El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.

-También tenias derecho a que te dieran un puesto cuando te ponían a romperte el cuero en las elecciones -replicó la mujer-. También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú estás muerto de hambre, completamente solo.

-No estoy solo -dijo el coronel.

Trató de explicar algo pero lo venció el sueño. Ella siguió hablando sordamente hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía. Entonces salió del mosquitero y se paseó por la sala en tinieblas. Allí siguió hablando. El coronel la llamó en la madrugada. Ella apareció en la puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi extinguida. La apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió hablando.

-Vamos a hacer una cosa -.la interrumpió el coronel.

-Lo único que se puede hacer es vender el gallo -dijo la mujer.

-También se puede vender el reloj.

-No lo compran.

-Mañana trataré de que Álvaro me dé los cuarenta pesos.

-No te los da.

-Entonces se vende el cuadro.

Cuando la mujer volvió a hablar estaba otra vez fuera del mosquitero. El coronel percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales.

-No lo compran -dijo.

Ya veremos -dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.

Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.

-Contéstame.

El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.

-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.

-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.

-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.

-Es un gallo que no puede perder.

-Pero suponte que pierda.

-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.

La mujer se desesperó.

«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.

-Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.
París, enero de 1957

lunes, 14 de abril de 2014

La mesa de la discordia *


 
"Muchas felicidades"  de Francisco “Paco” Urondo.   
Dirección: Analía Fedra García

Con Stella Galazzi, Cecilia Peluffo y Diego Rosenthal

Los viernes a las 22.45 en el C.C. de la Cooperación, Corrientes 1543



Los excluidos de siempre deben sentarse también a la mesa de las decisiones argentinas. Eso propone el fondo activo de Muchas felicidades, drama teatral de Paco Urondo que por primera vez sube a escena. 

Es una lúcida reelaboración dramática del  poeta “desaparecido” que ensaya una deconstrucción conceptual de la clase media sobre referencia del melodrama costumbrista Así es la vida (Arnaldo Malfatti 1934) y años después film de Francisco Mugica (1939).


Parientes, novios, esposos, hermanos, mucama, padre, madre juegan sus relaciones de poder en un clima de inestabilidad y cambios impostergables.


Casi medio siglo después, la directora Analía Fedra García ajusta su vigencia en una puesta en escena bella e inteligente, que desnuda su sátira transgresora para el aquí y ahora. Lo hace en relectura personal pero respetuosa y creativa, sobre el sesgo surrealista de aquella alta voz, imprescindible, de nuestra cultura de identidad.


Del sólido trabajo actoral que trasciende las caracterizaciones del falso género de costumbres destaca netamente la autoridad de Estella Gallazzi y con ella, Cecilia Peluffo, los opuestos que activan la acción y su discurso interno.


Estupendo Diego Rosenthal sirviendo la locura lúcida e irreverente del poema canción de Urondo.


Texto y contexto: según la adaptación de García, corre el 25 de mayo de 1955, días antes del bombardeo de la plaza que precipitó la caída de Perón. El caldo que coció aquel trágico golpe de Estado, la desunión cuyas consecuencias aún estamos reparando.


L.M.

* Revista Veintitrés (19.03.2014)



    


domingo, 6 de abril de 2014

Mazúrquica modérnica - Violeta Parra *




 
Me han preguntádico varias persónicas
si peligrósicas para las másicas
son las canciónicas agitadóricas:
¡ay, qué pregúntica más infantílica!
Solo un piñúflico la formulárica,
pa’ mis adéntricos yo comentárica.

Le he contestádico yo al preguntónico:
cuando la guática pide comídica
pone al cristiánico firme y guerrérico
por sus poróticos y sus cebóllicas.
No hay regimiéntico que los deténguica,
si tienen hámbrica los populáricos.

Preguntadónicos, partidirísticos
disimuládicos y muy malúlicos,
son peligrósicos más que los vérsicos,
más que las huélguicas y los desfílicos.
Bajito cuérdica firman papélicos;
lavan sus mánicos como Piláticos.

Caballeríticos almidonáticos
almibarádicos mini ni ni ni ni…
le echan carbónico al inocéntico
y arrellenádicos en los sillónicos
cuentan los muérticos de los encuéntricos
como frivólicos y bataclánicos.

Varias matáncicas tiene la histórica
en sus pagínicas bien imprentádicas.
Para montárlica no hicieron fáltica
las refalósicas revoluciónicas.
El juraméntico jamás cumplídico
es el causántico del desconténtico:
ni los obréricos ni los paquíticos
tienen la cúlpica, señor fiscálico.

Lo que yo cántico es una respuéstica
a una pregúntica de unos graciósicos,
y más no cántico, porque no quiérico:
tengo flojérica en los zapáticos,
en los cabéllicos, en el vestídico,
en los riñónicos y en el corpíñico.

*link a  Violeta Parra


lunes, 31 de marzo de 2014

El fuego y la ceniza - Rafael Toriz *



La trayectoria de Octavio Paz, el más universal de los escritores mexicanos, puede datarse entre los balazos y la pólvora de la primera revolución del siglo XX y el fatídico diciembre de 1996, fecha en la que ardería su departamento en la Ciudad de México con los recuerdos, los libros y la historia de una vida.

 Al día de hoy nadie como Paz ha encarnado en nuestra lengua el incendio de una pasión ecuménica. Por ello es natural que al sopesar su legado se renueven, encendidos, pareceres contradictorios y auténticos arrebatos. Eso y más debe esperarse de un ensayista fuera de serie que, por si fuera poco, fue uno de los poetas metafísicos más hondos del siglo pasado. En Paz, como en Pessoa –a quien tradujo y bautizó como “el desconocido de sí mismo”–, la pregunta por el tiempo y el presente se resuelven en el poema (“Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./Pero miro hacia arriba:/las estrellas escriben./ Sin entender comprendo: también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea”).

Por ello intentar aferrarlo o, peor aún, enmarcarlo en una efeméride, postura política, género literario o billete de lotería, más que indigno es una homilía destinada al fracaso. Si Paz brilló con luz propia como un hombre de su siglo y aún después de él, fue por su talante enciclopédico nutrido por una curiosidad inagotable, sustentada en una inteligencia literaria de absoluto privilegio. Paz fue dueño de una lucidez quirúrgica volcada hacia el festejo y a la vida –cada que pudo reivindicó las bondades del Libro de buen amor– que tuvo los arrestos y las capacidades para volver a los latinoamericanos contemporáneos de todos los hombres. A diferencia de otros espíritus notables en los que el talento suele darse por fragmentos, Paz pudo traspasar las disciplinas, haciendo converger a la antropología, la historia, la política, la filosofía y hasta la mitología en la plaza abierta a todos los vientos que nutre la auténtica literatura. 

Desde muy joven destacó entre sus contemporáneos por la variedad de sus intereses y su compromiso político. Además de su célebre participación en 1937 en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia, ese mismo año partiría a Yucatán para fundar una primaria rural compuesta por niños indígenas. Conviene citar sus impresiones para quienes lo consideran centralista: “El subsuelo social está profundamente penetrado por lo maya, no sólo en el idioma, en todos los actos de la vida brota de pronto: en una costumbre tierna, en un gesto cuyo origen se desconoce, en la predilección por un color o por una forma.” Cercano a una antropología especulativa, es evidente, si se atiende su poesía, que el lenguaje de su primera época está impregnado por la atmósfera mexicana, como se reflejará en ¿Aguila o sol?, una de sus obras más hermosas en donde descuella “Mi vida con la ola”, historia de amor que habría firmado gustoso Italo Calvino.

A la mitad del siglo publicará un libro definitivo, El laberinto de la soledad, que además de ser un ensayo de interpretación nacional y haber devenido mitología en sí mismo, es el eco de una pregunta extraviada en el vacío, pero también una esperanza y sobre todo una presencia: “Estamos solos. Como todos los hombres… Nos aguardan la desnudez y el desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios.”

Posterior a La radiografía de la pampa, pero anterior a El pecado original de América, El laberinto de la soledad explora una tierra mestiza : “Las raíces de los EE.UU. no están en América sino en Europa. Entre la tierra y la sociedad norteamericana hay un espacio vacío. Ese espacio estuvo ocupado por los indios norteamericanos. Por más terrible que haya sido y sea la situación de los indios en México y en Perú los indios existen. Son nuestras raíces. En EE.UU. no hay raíces: hay un hueco. Los huecos no se ven, pero se sienten. Lo mismo sucede en la Argentina y en Uruguay. La diferencia es que los EE.UU. empiezan a darse cuenta de ese hueco y en Argentina parece que nadie, ni siquiera los escritores, ha reparado que el país está construido sobre un genocidio.”

Para mediados de los 60, Paz es ya una figura central de las letras latinoamericanas. Ha publicado Salamandra, La estación violenta y los que acaso sean sus mayores poemas: Piedra de sol y Blanco. En ensayo, su prestigio está sedimentado por El arco y la lira, Las peras del olmo y un hermoso compendio sobre poetas titulado Cuadrivio. En 1968, ante la represión del gobierno mexicano contra los estudiantes en la matanza de Tlatelolco, renunció a su cargo como Embajador en la India.

Hombre de pasión y criterio, Paz cultivó como pocos lo que él mismo llamó la tradición de la ruptura, ya sea como un traductor audaz o como un experimentador perenne, tanto en poesía como en prosa.

La concepción temporal de Paz es deudora de la cosmovisión precolombina, donde el tiempo es cíclico: todo lo que sucedió volverá a suceder, todo lo que fue está aconteciendo ahora, en un presente permanente (“Todo es presencia, todos los siglos son este presente”). Por eso el poeta, más que de su tiempo, es hijo del tiempo. Ente que se crea a sí mismo y se disgrega en su lengua, lengua que es la de sus padres y sus hermanos, la de los amores y la muerte. Es el poeta quien, al escribir, escucha. ¿Qué escucha? al tiempo, la llamada del tiempo que lo contiene y que tarde o temprano habrá de disiparlo: “Mis pasos en esta calle/ Resuenan/ en otra calle/ donde/ oigo mis pasos/ pasar en esta calle/ donde/ Sólo es real la niebla.”

De acuerdo con la tradición hinduista, inspirada en el Bhagavad Gita, una vez que el cuerpo muere es preciso incinerarlo porque “así como las vestimentas viejas son lanzadas lejos y se toman nuevas, el alma sale del cuerpo después de la muerte para tomar otro nuevo”. Creo que eso es lo mejor que puede hacerse con su herencia; no circunscribirla al mausoleo y mucho menos a la tumba, sino prenderle fuego a su legado; ese que todavía nos ilumina y marca el sendero de verdad y de belleza que traslucen sus palabras.

Extraído de Diario Perfil,  29/03/2014.-


*Rafael Toriz (Xalapa, 1983) es ensayista y narrador. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes en 2004. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003-2004) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2006-2007). Ha publicado el bestiario Animalia (Universidad de Guanajuato, 2008) con litografías de Édgar Cano.