jueves, 27 de noviembre de 2014

martes, 25 de noviembre de 2014

foto grafías




A los amigos de Buenos Aires y de Viedma que me preguntan dónde pueden conseguir  
foto  grafías:


ANTIGONA LIBROS - LIBERARTE
AV. CORRIENTES 1555
CABA
DON QUIJOTE LIBROS
BUENOS AIRES 483
RIO NEGRO Viedma
EDIPO LIBROS S.R.L
AV.CORRIENTES 1686
CABA
LIBRERIA DE AVILA
ALSINA 500
CABA
LIBRERIA HERNANDEZ
AV.CORRIENTES 1436
CABA
LIBRERIA HERNANDEZ
AV.CORRIENTES 1311
CABA
NETOCHKA LIBROS
ARENALES 1801
BUENOS AIRES Vicente Lopez

Y en librerías Distal: http://www.distalnet.com/sucursales

En Bariloche: Librerías Cultura y La Barca
En San Martín de los Andes: Librería Patalibro


lunes, 10 de noviembre de 2014

cruzando la estepa



abrojos   

abrojo. med. s. xvi. contracción de aprire gli occhio “abrir  los ojos”
 advertencia al que segaba para que se guardara de los mismos.

joan corominas - diccionario etimológico  de la lengua castellana

es verano
hay abrojos
en la estepa

abrir los ojos
y  ver
las junellias
el neneo macho
el neneo hembra

abrirlos
para ver bien
el universo
de esas flores
diminutas

abrir los ojos
y adivinar los gineceos
las plantas que hacen manto
y trabajan de nodrizas

abrirlos
y ver
mosaiquillos
yuyos como tules
y  chapel
(arbusto de lugares
húmedos
raro de encontrar aquí)

abrir los ojos
al  taco de reina
al charcao 
a la mata mora
y a su hembra
de los penachitos rojos

abrir los ojos
al coirón amargo
a sus flechas transparentes
y a la cebolla del diablo
sola y su alma en la banquina

este es el lugar
de los oxalis
de  los cardos
de las semillas
de los estambres
de los pétalos



Luisa Peluffo de foto  grafías (Gárgola Ediciones, 2014)

domingo, 2 de noviembre de 2014

Primavera barilochense...


Ayer a la mañana, cuando me desperté, subí la persiana y me encontré con este espectáculo:
 

domingo, 26 de octubre de 2014

En el país del viento *


Entre el 11 de enero y el 19 de febrero de 1934 Roberto Arlt publicó en el diario El Mundo de Buenos Aires una serie de Aguafuertes Patagónicas en las que registró –con su inconfundible y lúcido estilo– los avatares de su viaje desde Carmen de Patagones hasta San Carlos de Bariloche.
Por Roberto Arlt


Alemanes en Bariloche


Cae la tarde. Don Bernardo Boock se pasea lentamente por la confitería alemana de Herr Carlos Tribelhorn. Tribelhorn –¡oh, qué nombre magnífico para un cuento de Hoffman!– tiene el pelo de estopa y la nariz larga y sinuosa. Escucha y sonríe, mientras que el gigantesco don Bernardo se pasea frente al mostrador.

Don Bernardo Boock tiene sesenta y ocho años de edad y veinticinco hijos. Don Bernardo Boock cuando tenía veintidós años levantaba y cargaba trescientos kilos. Tres de los hijos de la primera mujer de don Bernardo han muerto, y ahora no le quedan más que veintidós.
Con la boina metida hasta las orejas, los pies enterrados en botines de paño y la ancha caraza amarilla, don Bernardo se pasea lentamente, frente a la nariz sinuosa y movediza, como la trompa de un puercoespín, del amigo Herr Tribelhorn.

Don Bernardo Boock nació en Brudelsdof, Alemania. Se pasa los dedos por el blanco cepillo de sus bigotes y, mientras yo diezmo una torta alemana de pasta y grosella y Tribelhorn alarga la nariz detrás del mostrador, don Bernardo estira el puño enorme como un gran guante de box de 12 onzas, y habla de los tiempos heroicos de Bariloche.

En aquellos años, Bariloche no existía, ni siquiera como un nombre. Era selva y pantano. Hasta ese lugar desierto había llegado Carlos Wiederhold, de la Compañía Chileno-Argentina, que dejó un puesto a cargo de Otto Goedeke. Otto era peón de Wiederhold, pero aspiraba. Hizo fortuna y murió asesinado. Casi simultáneamente con Otto, llegó don Bernardo Boock.

Boock venía de Viedma, con un carro cargado de tres mil kilos y arrastrado por catorce caballos. Con él viajaban su mujer y sus hijos. Tras del carro marchaba una tropilla de ciento cincuenta caballos para los relevos. En el carro, Boock traía armas, alimentos, medicinas, ropas, herramientas. Tras de él, marchaba lentamente un rebaño de mil setecientas ovejas. Cuando Boock llegó a Bariloche, solo le quedaban seiscientas veintinueve ovejas. Nunca se olvidará don Bernardo de esto.

El viaje duró tres meses. El camino había que abrirlo entre montes tan espesos que era indispensable utilizar el hacha y el machete. Donde el monte espesaba menos se lanzaban tropillas de yeguas para que abrieran huella. Cuando Boock llegó a la que hoy es la calle Bartolomé Mitre, detuvo su carro. Le parecía encontrarse sobre una cinta de goma. La tierra elástica ondulaba bajo sus pies. El agua potable estaba a muy poca profundidad. No había más que cavar pozos de dos o tres metros. Y allí instaló su carpa. Luego fabricó su casa. La casa donde aún mora.

–Yo serruché con mis manos –dice don Bernardo, paseando frente a la sutil nariz de Tribelhorn– los tablones. Con un hacha corté las tejuelas de alerce.
Luego vino mi hermano y trajo más ovejas. La vida entonces era muy cara aquí. Los “vicios” (tabaco, yerba,azúcar) se traían en su mayor parte de Chile. El kilo de sal costaba cincuenta. Aquí había que hacerlo todo. Don Bernardo calla un momento y yo le digo:

–Me contó un estanciero de Nahuel Huapí que su padre se quedó sin azúcar un invierno; y había gente que, para endulzar el café, le echaba caramelos de miel que se vendían de golosinas a los indios.
Don Bernardo piensa un momento, y sonríe.
–Yo sé quién se lo conto –dijo–. A ese lo ayudé a nacer yo. Aquí había que hacer de todo, incluso de partero. Yo he asistido mujeres; he trabajado de dentista, de mecánico, de herrero, carpintero, médico, quintero...
–¿Buenos recuerdos...?
–Y malos. (Señala una lívida cicatriz que le soslaya el cuero cabelludo de la cien a la oreja). Esto es de un balde. Trabajaba en el fondo de un pozo, cuando un mestizo que había tenido conmigo una cuestión, dejó caer el balde. Conocí a mucha gente también.
 Me acuerdo cuando el Presidente Justo estaba de novio en Viedma con la hija del general Bernal. Hace tres años el general Justo estuvo aquí, y tomó unos mates conmigo, en la puerta de mi casa.
–Aventuras y líos...
–Mejor no hablar. Se hicieron muchas barbaridades. Me acuerdo del juez... En fin, para qué hablar.
Casi lo maté al coronel de bomberos... de Buenos Aires, porque me quiso atropellar con un caballo mío, que le había prestado. Se vino a mí gritando:

“Yo no estoy acostumbrado a montar caballo manso, ¿sabe?” ¡Maula!... Había un cordero cocinándose en el asador. Arranqué el asador; con la fuerza el cordero fue a parar como a veinte metros. Si el coronel se acerca, lo mato... Agarró, dio vuelta el caballo y se fue...

La mirada de Bernardo Boock se ha encendido y las venas en las sienes laten hinchándose. Tribelhorn, pelo de estopa, nariz sutil, sonríe con su grande boca y ojos de puntas de huevo duro. Boock mira dura mente hacia la calle, que hace cincuenta años era un bosque de maitenes y, pasándose la mano por el cepillo blanco de sus bigotes, remurmura:

–La vida no era juguete, entonces, aquí. El invierno se lo pasaba uno completamente aislado, sin noticias de ninguna parte. Seis meses así, metido hasta las orejas en la nieve.

Hay hambre entre los escolares del Sur


Acabo de saber que en el Sur hay chicos tan hambrientos que cuando uno come pan, los otros se agachan para recoger las migas. A mí mismo me costó creerlo, al principio, cuando en el tren conocí a un juez de paz de El Bolsón, que es un pueblo cordillerano. Mi compañero de viaje me refirió escenas terribles, que pintaban con vigorosas pinceladas los azotes con que el hambre castiga a esa región.

–Mire, amigo –me dijo el juez–, hay niños que concurren a la escuela desde distancias de dos o más leguas ¡sin haber probado un solo bocado desde la noche anterior!

–Pero, ¡no puede ser! ¿No tienen “ñaco” (trigo tostado y pisado)?

–¡Qué van a tener! Son los padres que no los atienden, que los dejan crecer como si fueran perros, como si fueran yuyos...

–¡...!

–No se asombre, mi amigo. Hay que verlos cómo andan vestidos: harapientos, con arpillera, descalzos, sucios. En síntesis, la mayoría de esos chicos, más que asistir a la escuela, deberían internarse en un asilo, en un hospital.

Mientras el juez habla, yo pienso en investigar este asunto. Allá en Buenos Aires se ignoran estas terribles verdades. Estando de visita en Bariloche, me hice presentar a la directora de la escuela local, un edificio vasto, y en el cual se registran inscriptos cuatrocientos setenta alumnos.Y supe que el 50 por ciento de los escolares viven en la semi indigencia; asisten a la escuela descalzos, sucios, estando muchísimos de ellos totalmente desnutridos. Hubo una maestra que encontró a chicos buscando comida en un cajón de basura (referencia de la subdirectora), otra, en un recreo miraba como varios niños se inclinaban por el suelo “juntando las miguitas de pan que se le caían a otro que estaba comiendo”.

Todos los niños famélicos son, instintivamente, ladrones: roban de hambre. El robo, para ellos, es una actividad mediante la cual directa o indirectamente pueden proporcionarse medios para comer. Cuando se les da de comer, son insaciables. Dice la subdirectora:

–Usted le da un plato de sopa, después otro, y le ofrece un tercero y siguen comiendo. Es inexplicable donde alcanzan a meter tanta comida. Será porque no comen nunca. El caso es que viven hambrientos, perpetuamente hambrientos. Y la cantidad de chicos hambrientos alcanza el 50% de la población escolar.

La estadística demuestra que el 70% de estas criaturas descalzas, tuberculosas y taradas, es hija de padres chilotes, peones que cruzaron la cordillera y se establecieron en esta parte del país. Casi todas concurren hasta 2º grado, después de lo cual se pierden definitivamente de la escuela. La asistencia en 1º y 2º grado es pésima. Siempre tienen motivos para faltar. “Cuando no se trata de cuidar las chivas, es de recoger frutilla”, me dice la directora. “Los padres, además, saben organizar bailes en los ranchos; los chicos se duermen tarde. Al otro día no concurren a la escuela. En otras oportunidades ¡hemos visto a niños llegar borrachos!”

Esto sin contar las distancias. El decreto escolar fija cinco kilómetros a la redonda el radio desde el cual deben concurrir los niños a la escuela; pero una cosa es cinco kilómetros hechos a caballo, y otra a pie, máxime cuando el que hace los cinco kilómetros a pie tiene el estómago vacío. Demás está decir que hay niños que llegan desde mayor distancia.

En invierno, con una pésima calefacción, pues el Consejo Escolar provee de poca leña, descalzo o en alpargatas, con un traje de arpillera o de trapos rotosos, con el viento que “corta” la cara y la nieve cubriendo las calles y los caminos y los montes, no se le puede exigir a un niño una aplicación eficiente.

En consecuencia, hay alumnos que llegan a repetir primer grado hasta cinco años seguidos. Son clases terribles para las maestras, pues, agregado a la falta de capacidad del alumnado, se suma su escasa concurrencia; de manera que los esfuerzos por educarlos son casi totalmente estériles.

La dirección de la escuela culpa de estas faltas a los padres de los alumnos. Argumenta que los mayores no quieren trabajar. La verdad es que, en las estancias del Sur, el personal ha quedado reducido en un setenta por ciento. Estancias que trabajaban con dos capataces y veinte hombres, lo hacen en la actualidad con ocho y un capataz. Y en algunas, no se les paga casi jornal, limitándose los peones a trabajar por el sustento. Los que pagan los platos rotos son los niños. La tuberculosis los diezma. Para atenuar esta situación, hay personas aquí, en la región de Los Lagos, que hacen verdaderos sacrificios. Un estanciero tuvo durante dos años a tres niños ajenos en su casa, que vivían a seis leguas de distancia, porque de otro modo no hubieran podido concurrir a clase.

De lo contado, se puede deducir en qué condiciones trabajan los maestros en los territorios del Sur, y cuál es la situación de la infancia, hija de la clase trabajadora.

Por los montes


–¿Se ha puesto ropa de invierno?
–Sí.
–Bueno, póngase también el saco de cuero, porque hace frío.

¡Y qué frio! Recién ahora, al subir el caballo la falda de un monte, he recibido en la cara tales latigazos de viento helado que de pronto descubro que se me han agarrotado los dedos. En realidad, tengo las manos violáceas. Borrascas de arena se precipitan sobre nosotros; yo cierro los ojos y dejo que el caballo ande a su voluntad, pues por momentos no es posible obrar de otro modo. Lo que no me explico es cómo el caballo no se queda ciego. Tremendos lagrimones corren por mi cara; el administrador de la estancia de Z se vuelve y me dice:

–Debimos haber traído antiparras.

Yo, a medias sofocado, grito a través del viento:

–La pucha... Si éste es el verano, ¡cómo será el invierno aquí!

–Terrible, compañero. Así como suena.

–¡Cómo será en la cordillera!

–Anoche nevó.

Cruzamos Mallín Medio al encuentro del rodeo. Pero desde lo alto de los montes no se divisan en ninguna dirección rastros de su proximidad. Ahora la vereda al borde de torrentes secos es tan estrecha que caminamos uno tras otro. Por momentos, detengo el caballo y, con los dedos endurecidos de frío, escribo mis impresiones. Son las cuatro de la tarde. El sol luce tan brillante que si fuera posible ver este paisaje desde un cuarto cerrado, a través de una vidriera, sería increíble aceptar que hace tanto frío bajo el sol. Fríode invierno. Frío que le pone una gotita cristalina a la punta de la nariz. Marchamos en silencio con maravilla dentro del corazón. En esta soledad, el cielo parece que está más cerca de la tierra.

Los caballos bajan el declive ahora. Ante la vista, se extiende una pampa lisa como un paño de billar, cerrada en el confín por montes triangulares. Lanzamos los caballos al galope para poder entrar en calor. El casco de los caballos resuena sordamente en el suelo. Cruzamos entre rebaños de vacas, ovejas y bueyes. Las ovejas, como rollos de lana, ruedan oblicuamente huyéndonos. Noble y magnánimo cruza al soslayo de nuestros potros un toro de pelo rizado sobre el fortísimo cogote. Su empaque no desdice ni un momento la alcurnia que mantiene dentro del rodeo, entre la timidez de las vacas que trotan huyéndonos. Resollando, los caballos terminan su carrera en el ascenso de un cerro.

A nuestra derecha, la cordillera de los Andes, con su terrible altura de triángulos de hielo achocolatado, en cuya base parece a brotado una mota azul, que se extiende en manchas irregulares hacia las alturas. En otros socavones de la cordillera se asienta una neblina lechosa, mientras que el viento dobla los altos tallos de hierba, haciendo “breccc” como si tuviera frío.

A veces, una avecilla pasa al soslayo de la llanura, una mancha de árboles se arrincona junto a un arroyo; al aproximarnos, descubrimos sobre una rama seca un cuero amarillo, de yegua, secándose al sol. Un puestero ha construido un corral redondo con troncos de árboles y una choza triangular de ramas secas. Nos metemos en la choza para aguardar al rodeo. Encendemos un fuego; de pronto lamentamos no haber traído un mate y yerba, pero para hacernos la ilusión que pronto tomaremos algo caliente, recogemos una latita tirada en un rincón y la llenamos de agua en el arroyo, acercándola al fuego. Y cuando el agua hierve, nos miramos y decimos:

–Bueno. Ahí está el agua hirviendo. Tomemos mate.

Y como no tenemos ni mate ni yerba, nos reímos mientras examinando el confín, acercamos las manos al fuego. Yo miro nuevamente la cordillera y anoto en mi libreta:

“Aunque todo es soledad y quietud, uno está acompañado por el espíritu de la montaña. Digo espíritu porque en la distancia de la llanura la montaña alta, tocando con sus agujas semejantes a pararrayos el cielo celeste, produce la sensación de que a su sombra todos nuestros sentimientos tienen forzosamente que agrandarse. Y se experimenta por esta montaña un verdadero amor físico, porque ella es una fuente de emociones exquisitas. Por más que recuerde uno panoramas bellos y escenas repletas de arte, todo se destiñe y empobrece ante ella, y entonces uno se explica el origen de las mitologías, el origen del nacimiento de los gnomos y de los gigantes, la epopeya de los Nibelungos y el Kalevala. En estas montañas azul pavo real y marrón canela, la imaginación puede situar los imperios extraordinarios, las fiestas fantásticas de más variados colores y, por momentos, estas montañas tienen los cielos tan cerca de sus curvados bordes que se piensa que llegado arriba se puede ver al otro lado lo que ocurre en el cielo”.

De pronto mi compañero exclama:

–Vea, han hecho un “humito” de aquel lado.

Por más que miro el espacio yo no distingo nada. Por fin, allá en el confín, ante la persistencia de mi compañero, termino por descubrir un pálido hilo de humo. Es la telegrafía de estos parajes, que se obtiene haciendo arder un arbusto verde.

–Vamos allá.

–Vamos.

*Publicado por Revista Todo

Año 5 / Nº 28  Agosto/Septiembre 2014

jueves, 16 de octubre de 2014

Presentación de foto grafías


cuando escribía estos poemas      los fui viendo como instantáneas      como fotos tomadas con palabras     mis poemas nacen escritos a mano       mi trazo avanza torpe desmañado     como grafismo adquiere intensidad        desde lo puramente visual      es casi un ideograma          un código que hay que traducir       tal vez me representa más que lo que escribo      tal vez sucede que he encontrado el verdadero poema


Luisa Peluffo

invita a la presentación de su libro
foto  grafías 
(poemas )
en el marco de
Feria del Libro – Fiesta de la Palabra
sábado 18 de octubre a las 19.00
Librería Cultura (San Martín 243)
San Carlos de Bariloche
participarán:
Laura Calvo, Cristina Flores y Bárbara Drausal
 

LUISA PELUFFO SACA FOTOS CON PALABRAS por Adrián Moyano

  La escritora charló con “El Cordillerano” sobre “foto grafías” su libro más reciente. Hacía 13 años que no publicaba en el género. Presentará el trabajo en la inminente Fiesta de la Palabra, junto con Laura Calvo, Cristina Flores y Bárbara Drausal.

“Foto grafías” llama la atención desde el vamos, por la serena elegancia de su portada. Su denominación entraña un significado detrás del cual hay no poca reflexión. Con su publicación, Luisa Peluffo retoma la senda de la poesía después de 13 años de incursionar en la narrativa a través de diversos subgéneros. La escritora, de intensa actividad, aprovechará la inminente Fiesta de la Palabra para concretar su presentación.

La relación con la imagen es una constante en la nueva obra. “Este libro surge porque cuando empecé a escribir y trabajar en estos poemas, los vi como fotos tomadas con palabras, como muy visuales. A partir de ahí surgió el título, en un primer momento pensé que iba a ser provisorio pero después quedó, porque me empezó a hacer ruido la terminación de la palabra, eso de grafías…Entonces, lo separé al título: foto – grafías”.

Pero el asunto no se limita a las palabras. O al menos, en su presentación tradicional. “A partir de eso, que me dio qué pensar, se me ocurrió que las grafías, es decir, las anotaciones de estos poemas, las primeras anotaciones que siempre hago a mano en distintos papeles y demás como para no olvidarme, podían también integrar el libro… Como si fueran otro código, como una partitura o un ideograma. Incluso con esa cosa que tiene a veces un primer borrador, porque cuando pasás a la letra de imprenta con las facilidades de hoy y la computadora, el poema a lo mejor se modifica y esa primera anotación va cambiando. Eso es lo que están en este libro, esa cocina de la poesía y también esa visión instantánea, esas pequeñas epifanías o revelaciones que uno tiene a través de una imagen o un pensamiento”, detalló Peluffo.

No es que la escritora buscó adrede dar con un puñado de poemas visuales, aunque sí se concentró en varias búsquedas. “Los últimos libros míos son bastante más descriptivos en cuanto imágenes si querés, que los dos primeros: Materia viva o Materias de revelaciones. Creo que a partir de De la otra orilla y de Un color inexistente, la imagen empieza a tomar preponderancia. Y bueno, cuando estaba reuniendo los de este último libro, empecé a tomar más conciencia de esta característica. No es que me propuse trabajar, surgieron así los poemas. Algunos más netamente como imágenes y otros un poquito más conceptuales, pero se fue dando y lo capitalicé o lo resumí en el título”, apuntó.

Términos fotográficos

Pero el laboratorio continuó su trabajo porque “también me interesó, al haber pensado en esa idea de fotos tomadas con palabras, dividir el libro en distintas secciones, con términos fotográficos. Incluso, algunos poemas tienen títulos que tiene que ver con la técnica de la fotografía. Me interesó trabajarlos desde ese punto de vista, tal vez porque estamos viviendo un momento en que la imagen tiene una gravitación muy grande y uno no puede sustraerse a eso. No te digo todos pero también hay poemas muy, muy breves que también tienen que ver con esa cosa de lo muy instantáneo, que también gravita en estos momentos a través de los distintos medios de comunicación o las redes. Me interesó ver qué pasa con eso”.

La autora ya vio cuáles son los resultados, al menos en ella misma. “A mí me gustó, realmente estuve un par de años muy concentrada dándole a esto. Es un libro muy personal, muy íntimo. También tiene un poquito de diario porque hay una serie que se llama Autorretratos, otra que se llama Retratos, también está Postales… En fin, es un libro que quiero mucho. También pasa que lo último que uno está haciendo, es siempre a lo que más se aferra o más le interesa. Después, va quedando. Pero en este momento, lo siento muy próximo a mí y muy personal”, confió Peluffo.

La imagen de la escritora que “borronea cuartillas” tiene más que ver con aquellos que ponen la inspiración delante del trabajo. O al menos a la par. “Sí. Yo siempre tengo una libretita o un papel en la mesa de luz, porque además hay unos momentos que están en el entresueño, a la madrugada o antes de dormirte, tal vez porque uno está muy relajado y no tiene todas esas defensas que durante el día… Entonces, aparecen cosas muy interesantes que tienen que ver con la esencia de uno y bueno, hay que anotarlas porque son como los sueños, después te olvidás”.

La última obra poética de Luisa databa de 2001, año no muy glorioso para los argentinos…
“Ese libro se llama Un color inexistente, se editó en España gracias a un premio que obtuvo, el Premio Carmen Conde… Lo editó Torremozas en Madrid y también es un libro al que quiero mucho. Siempre mis libros tienen alguna referencia al sur o a la Patagonia, pero ese sucede todo en una zona del Litoral. Es como un viaje que hace el protagonista en un largo poema narrativo. Ahí recupero cosas que tienen que ver con mi familia, con mi abuelo que era correntino y bueno… Pero entre 2001 y ahora, uno siempre va anotando cosas, va registrando”.

De hecho, “otra de las secciones de foto grafías se llama Registro, referida al volcán Puyehue. Entonces, uno va anotando y después tiene que armar ese rompecabezas, entrar a corregir, a pulir, a darle forma… A que todo ese material tenga una unidad, eso me parece importante. Y a descartar una cantidad de cosas que en su momento a uno le parecieron geniales y después te das cuenta de que no. Ese es el trabajo del escritor, uno oscila entre creerse maravilloso y entre sentir que es el último desastre, que no sirve para nada lo que hace. En el justo medio estaría el equilibrio”, apuntó la escritora. Que del tema entiende bastante.

Minimalista

Luisa Peluffo dará a conocer “foto grafías” en unos días más, en la Librería Cultura. “La presentación va a ser muy minimalista, como el libro. Lo voy a presentar en la Librería Cultura en la calle San Martín, el próximo 18 de octubre, en el marco de la Feria del Libro y Fiesta de la Palabra. Van a hablar sobre el libro Laura Calvo, que es poeta y otra amiga poeta que es Cristina Flores. También vamos a tener la opinión de Bárbara Drausal, una amiga que es artista plástica. Me interesa por el tema de la imagen y además yo estoy ligada a la plástica. De hecho, mis estudios terciarios fueron en la Academia de Bellas Artes. Así que hay toda una conexión entre lo que yo escribo y ese enfoque de la realidad”, estableció la autora.

De manera muy visible, hay un planteo plástico en su libro más reciente. “Totalmente. Creo que tiene que ver con ese recorrido mío… Fijate que hay algunos que no se entienden nada, que ni yo me entiendo. Pero está bien, los textos manuscritos son como garabatos, como dibujos si querés…Lo que importa es la impronta, el trazo”, explicó. Las imágenes de esas primeras notas, forman parte de “foto grafías”.

Diario El Cordillerano 08/ 10/14