martes, 23 de septiembre de 2008

ME VOY A VIVIR AL SUR - La decisión

Ya está. Tomaste la decisión. Vos sabés por qué.
Lo que no sabés son la reacciones en cadena que vienen ahora.
¿Viste el efecto dominó? Bueno, eso.
Por un lado es como si toda la gente a la cual se lo contás se
replanteara la vida entera a partir de tu decisión y todos
empiezan a darte explicaciones de por qué no hacen lo mismo.
Y vos no querés eso.
Vos estás feliz con tu proyecto y querés compartirlo.
También vas a comprobar que para muchas personas
nuestro país termina en la Avenida Gral. Paz y entonces te
escuchan con cara de “qué locura” y no faltan gestos agoreros
tipo “ya va a volver a la realidad”.
Tampoco faltan los que te dicen horrorizados: “yo jamás
podría irme a vivir fuera de Buenos Aires...”
Pero felizmente también hay gente que reacciona “normal”
digamos y te felicita y te desea suerte e incluso te ofrece algún
contacto que te puede interesar, porque conoce a alguien
que se vino.
Y a pesar de aquellas voces pesimistas, toda esta etapa es
muy estimulante, porque todo lo que hacés tiene que ver con
tu proyecto. Es la etapa de “enamoramiento”. Yo me acuerdo
que por un lado pensaba en cosas prácticas como, por
ejemplo, el abrigo que tendríamos que traer y por otro en
cosas poéticas, como que iba a cumplir la leyenda del Limay.
También luchaba con una contradicción, en mi caso era
que siendo muy urbana y gustándome la ciudad y todo lo
que te ofrece, me iba a un lugar que me atraía mucho y donde
me había sentido muy bien, pero donde te caes del mapa...
Y lo que me decidió en esos momentos de duda fue mi
hijo de dos años. Era muy fiero el clima que se vivía en Buenos
Aires por aquellos tiempos y si algo tuve claro fue que no
quería que se criara en ese ambiente de violencia y temor.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Por la calidad de vida


Recuerdo que a nosotros, independientemente de los motivos
para venirnos que ya te conté, también nos rondaba cada tanto
la idea de vivir en un lugar con más “calidad de vida”.
La primera vez que escuché esa frase dicha por mi marido,
una frase tan de arquitecto o de ecólogo, no pude dejar de pensar
lo bien que definía eso que estábamos buscando. Y buscar “calidad
de vida” tiene que ver con estar en armonía con uno mismo.
A nosotros la vida en el Sur nos robó cosas, por ejemplo
los afectos que quedaron en Buenos Aires, pero nos dio
armonía.
Hay momentos que son una síntesis de esta armonía, como
una caminata por el bosque de ñires y lengas del Challhuaco
en medio de todos los colores del otoño.
O como cuando nos deslizamos en un gomón, con un
grupo de amigos y nuestros respectivos hijos, sorteando saltos
y remolinos río abajo por los rápidos del Limay.
Protegidos por obligatorios salvavidas y conducidos por tres
avezados guías y navegantes, salimos una mañana, bien temprano
y pudimos ver las primeras brumas suspendidas sobre el agua,
en las que el sol producía efectos iridiscentes. El ritmo natural
del río conducía la embarcación como si fuera un tronco flotante,
llevándola al encuentro de los torbellinos. Desde el bote veíamos
las figuras esculpidas por el viento en los murallones de piedra
del Valle Encantado: El dedo de Dios, Los dos marineros, El
obispo, Los amantes, La pianista, La montura chilena.
Pero toda esa belleza fue antes de que hicieran la represa
de Alicura, cuyo embalse tapó parte del Valle Encantado e
hizo desaparecer los rápidos. Por eso los que vivimos en esta
región no queremos que hagan más represas ni que se exploten
minas a cielo abierto y apoyamos a los habitantes de Esquel,
quienes a través de una consulta popular se negaron, por
amplia mayoría, a la explotación de una mina que pone en
peligro la salud de la población y destruye la naturaleza.
Y si hay algo que debés saber, vos que venís al Sur atraído
justamente por sus bellezas, es que la lucha para conservarlas
no termina nunca.
También recuerdo las sensaciones de otro momento
mágico ligado al río Limay. Fue la noche que acampamos
con nuestros hijos a la orilla de uno de sus remansos, para ver
el paso del cometa Halley en 1986.
Imposible dormir. No quisimos. No tanto por el cometa,
que era una luz remota, como por el rumor y el fluir
centelleante del río en la oscuridad, que nos hacía sentir, como
a Siddhartha en la novela de Hermann Hesse, parte de su
misterio: ...aquella agua fluía y fluía sin cesar, y a la vez estaba
siempre ahí, ¡era siempre la misma aunque se renovara a cada
instante! ¿Quién podía entender ese misterio?(...) se sentaban
en el tronco a orillas del río, por la noche, y escuchaban en
silencio al agua, que para ellos no era agua, sino la voz de la
vida, la voz de lo que es, de lo que eternamente deviene...

jueves, 4 de septiembre de 2008

Por la inseguridad

La inseguridad, sí. Pero en general uno no toma la decisión
a partir de una teoría, o de una idea abstracta, o de un
entusiasmo poético. Casi siempre hay un detonante puntual.
Por ejemplo, nosotros nos vinimos al Sur en 1977 porque
llegó un momento en que no aguantamos más el clima de
violencia que se vivía en Buenos Aires. Detonantes puntuales
fueron: la tarde que mi marido en un embotellamiento de
tránsito en pleno centro vio bajar del auto que iba delante
suyo a un tipo de civil, con pinta de gangster, enarbolando
una metralleta para que le abrieran paso. Otro detonante
fue estar en la calle con mi hijo de dos años en su cochecito y
enterarme que a una cuadra acababa de estallar una bomba.
Recuerdo que pensamos en ir a España, pero todavía
gobernaba Franco y no nos decidimos.
Tal vez pensamos en Bariloche por la sensación de que al
sur del Río Colorado empezaba otro país, (y era como irnos,
pero no del todo).
Y además estaba aquel viaje premonitorio en que me había
despedido “provisoriamente” del Limay...
Poco tiempo después del golpe del ’76, mi marido renunció
al trabajo que desempeñaba en el Ministerio de Bienestar
Social por temor a integrar una lista de “prescindibles” (en
aquel momento eso equivalía a un denuncia seguida de
secuestro y desaparición) y esto fue la gota que desbordó el
vaso y nos obligó a concretar nuestra venida al Sur.
Y esa fue la tercera vez que vine, antes de radicarnos. Que
vinimos, porque en esta oportunidad lo hicimos por primera
vez juntos, para tomar contacto de nuevo con el lugar y
averiguar el tema de la vivienda que entonces era bastante
problemático.
La cuarta vez volvimos con nuestro hijo mayor que
entonces tenía dos o tres años. Unos amigos de amigos nos
prestaron una cabaña de piedra y madera, algo precaria, sobre
el lago Gutierrez. Era mayo y la primera vez que yo vi nieve,
porque nevó y la única calefacción de la cabaña era la cocina
a leña (que estaba tapada) y una gran chimenea... Pero me he
olvidado de todos los inconvenientes y lo recuerdo como algo
abolutamente romántico. A la noche hacía tanto frío en el
dormitorio que arrastrábamos los colchones de los tres frente
a la chimenea y dormíamos iluminados por el resplandor de
las llamas.
Yo no sé cuales son tus razones para querer venir al Sur.
Pero no me extrañaría que me dijeras que es porque te han
robado al salir del cajero, o porque algun familiar o amigo
tuyo padeció un secuestro express.
Cuando nosotros vinimos a Bariloche, en 1977, la
inseguridad provenía de las fuerzas armadas y la ingenua
sensación inicial – en medio de estos lagos y montañas – de
haber emigrado a otro pais, se esfumó rápidamente cuando
se produjo el secuestro y la desaparición del estudiante
universitario barilochense, Juan Herman (sobre su
desaparición, el director Carlos Echeverría filmó el
documental “Juan, como si nada hubiera sucedido”).
Otro hecho, que nos hizo volver a asumir rápidamente
nuestro destino sudamericano, fue que al año de llegar se
declaró la guerra con Chile.
Y para que te quede claro que muchas veces las cosas no
son precisamente como uno espera, de pronto nos
encontramos tapando las ventanas de nuestra casa con papel
negro, porque los milicos hacían simulacros de bombardeo .
También requisaron los camiones y las estaciones de servicio,
construyeron mangrullos para mirar la lontananza (en medio
de las montañas...), pintaron una enorme cruz blanca sobre
el techo del hospital y se dispusieron a despachar muertos a
diestra y siniestra, porque a la estación de Bariloche llegaron
macabros trenes con los vagones repletos de brillantes ataudes
de aluminio. ¿Qué tal? Nosotros que huíamos de la violencia,
que queríamos vivir en paz…
Han pasado 32 años desde entonces, esa guerra se evitó,
por suerte, no así la de Malvinas y finalmente recuperamos
algo que nunca debimos haber perdido: la democracia. Pero
la poblacion creció muchísimo y la desocupación ha
incrementado también aquí la delincuencia y si bien no se
puede comparar con lo que sucede en una gran ciudad como
Buenos Aires, está claro que al sur del Río Colorado no
empieza otro país, sigue el que tenemos, con sus bolsones de
pobreza y su secuela de delitos. Con su impunidad y su
corrupción.
Tambien pienso que los asaltos y los robos a mano armada
y los crímenes y los secuestros actuales son, en gran parte,
consecuencia de la violencia de los '70, sobre todo del
terrorismo de estado durante la dictadura, cuando nuestras
vidas no valían nada.
Pero a lo mejor vos tenés otras razones para venir.

Porque estoy en un momento de crisis

Venís escapando de algún conflicto personal; por ejemplo
no te bancás más a tu familia o en tu pareja se está gestando
una crisis.
Hay quienes se vienen porque no se bancan a la madre, al
padre o a la suegra (no sé qué misteriosa piedad deja a los
suegros siempre a salvo) o porque los abandonó su pareja...
Pero no entremos en detalles, porque de todas maneras te
cuento que las crisis personales no se solucionan en el Sur.
Lo que sí te puede aportar la movida es ver con más
claridad el conflicto y probablemente acelerar un proceso.Y
en ese caso lo más probable es que definas una situación.
“Movida”, fijate que la palabra misma te lo está diciendo:
todo se mueve (piso incluído) en una “mudanza”, otra
palabreja clave porque quiere decir cambio: mudás, mutás.
Y además aquí empiezan a funcionar otros factores que de
alguna manera ayudan a definir situaciones: el hecho de que
ya no tenés un entorno familiar y social que “amortigüe” y de
alguna manera atenúe tu conflicto. Aquí estás vos solo/a. O
vos y tu pareja. Y en un primer momento no podés recurrir a
ese eco afectivo como en tu lugar de origen.
No hay la infinidad de distracciones (teatros, cines,
shoppings, etc) que podés encontrar en las grandes ciudades
para ahogar tu malestar.
Estás más expuesto/a. Sos más vulnerable.
Y como dice una amiga mía: “aquí o te arreglás o te
arreglás” y si no lo lográs es que no hay vuelta.