jueves, 23 de octubre de 2008

EL DESPEGUE ¿Quemamos naves?

Si, nosotros quemamos naves. Y no me arrepiento, pero si
querés que te diga la verdad, cometimos algunos errores.
Nada grave, pero conocerlos te puede servir a vos para no
repetirlos. Como te conté en el Capítulo 1, mi marido y yo
habíamos venido al Sur, concretamente a Bariloche, unas
cuantas veces antes de la definitiva. Eso nos ayudó mucho y
te recomiendo que lo hagas. Aunque hayas venido ya alguna
vez, volvé a tomar contacto con el lugar antes de largarte.
Ya sé, estás pensando que soy una pesada insistiendo con
esto, porque vos estás reconvencido o reconvencida y no
necesitás evaluar más tu decisión, pero creéme, ante cambios
grossos también es importante dudar.
Nosotros, por ejemplo, estábamos tan convencidos de que
nuestra decisión de venir al Sur era acertada, que vendimos
“el techo” que teníamos en Buenos Aires.
Y desde ya que venirnos fue una decisión acertada. Y no
sólo no nos arrepentimos sino que lo volveríamos a hacer.
¿Entonces...? te preguntarás.
Entonces, que no debimos haber quemado naves
vendiendo nuestra única propiedad. Hubiera sido mucho
más piola conservarla y alquilarla para obtener un ingreso. Y
hace unos años, cuando nuestros dos hijos se fueron a estudiar
a Buenos Aires, se habrían podido alojar allí.
Todo esto sin considerar la cantidad de gente que viene
al Sur con idea de quedarse y al cabo de un tiempo – que
puede variar entre uno y diez años – regresa a su lugar de
origen por diferentes motivos (acordate de lo que te digo
en el Capítulo 1 acerca de las crisis personales).
Entonces, segundo consejo: si tenés un techo propio,
te sugiero no desprenderte, sobre todo si es tu única
propiedad. Para vender siempre hay tiempo, y conservarla
te puede permitir arrepentirte de tu decisión sin mayores
costos.
Cuando nosotros nos vinimos a Bariloche, mi marido
viajó primero para instalarse en la casa que alquilamos y
recibir el camión de la mudanza que yo despachaba desde
Buenos Aires.
El tema es que yo no estaba sola, sino con mi hijo
chiquito, que vio como unos señores desconocidos
vinieron, se llevaron todas las cosas y la casa quedaba vacía.
Yo no imaginé lo que podría pasar por su cabecita de
tres años, la inseguridad que podría transmitirle que se
llevaran todo, incluídos sus juguetes y ver su casa, hasta
ese momento su mundo conocido, totalmente despojada.
Pero tomé conciencia cuando, durante el viaje en tren,
se descompuso y comenzó a renguear porque le dolía una
pierna...
El asunto es que llegué con el chico enfermo y ¿quién
fue la primera persona que visitamos en Bariloche...? El
pediatra. Porque en cuanto salimos de la estación
rumbeamos para su consultorio. Después de revisarlo y
hacernos un par de preguntas decretó: “Es la renguera del
perro. Llévenlo a casa y desempaquen todas sus cosas, sus
juguetes, su cama y acomódenlas en su pieza.”
Previsor, mi marido ya había hecho eso para recibirnos
con calidez y en cuanto nuestro hijo vió sus “chiches” se puso
a jugar. Al rato ya no rengueaba.

sábado, 18 de octubre de 2008

La distancia




Otra cosa que va a surgir cuando comentes tu decisión es
el tema de la distancia. Claro, no te vas ahí nomas, te vas a
una terra incógnita a miles y miles de kilometros de tu terruño.
Al sur del mundo, que es en realidad el fin del mundo.
Hablando claro y pronto: al culo del mundo. Allí, donde te
caes del mapa...
Y es muy probable que oigas este lamento: “¡Ay nena...!”
o: “¡Ay nene! tan lejos te vas...”
Cuando nos vinimos yo me consolaba pensando que
cualquier cosa me subía a un avión y listo. Pero era una idea
abstracta, no conté con que me iba a dar miedo volar ni que
el avión cuesta una fortuna. Conclusión: lo utilizo sólo en
caso de extrema urgencia.
Por otra parte, también es absurdo que Bariloche esté tan
lejos de Viedma –la capital de su provincia –como de la
Capital Federal; lo lógico sería que su capital fuera Neuquén,
a 400 kilometros. Pero las provincias patagónicas se dividieron
arbitrariamente sin tener en cuenta accidentes geográficos e
intereses comunes.
Sin embargo el progreso, tan nefasto a veces para la
preservación del medio ambiente, también tiene aspectos
positivos y hoy el avance de las comunicaciones subsana en
gran medida el tema de la distancia.
De esta distancia, y de que la Patagonia es realmente un
país dentro de otro, tomé realmente conciencia durante uno
de los tantos viajes en auto que hicimos desde Buenos Aires a
Bariloche. Los primeros años íbamos y veníamos en auto (con
el tiempo empezamos a hacerlo en colectivo; en los coches
cama se viaja bien y es más descansado que manejar 1700
kilómetros).
Una vez, creo que era mayo o junio, el asunto es que hacía
un frío de aquellos... Veníamos en un Renault 6 con nuestro
hijo mayor que tendría cuatro años y de pronto, a la tardecita,
en la ruta desértica, después de pasar un letrero despintado
en el que todavía se adivinaba la palabra “CHELFORO”, el
auto claudicó. Con el último envión en punto muerto
consintió en dejarse arrimar a un caserío perdido en medio
de la nada.
Una de las casas tenía aspecto vagamente civilizado.
Entramos; era un bar con piso de tierra y cancha de bochas.
Algunos paisanos jugaban a las bochas bajo la luz fluorescente.
Detrás del mostrador había un tipo con pinta de dueño;
mi marido preguntó si todavía faltaba mucho para Chelforó.
– Esto es Chelforó – dijo, ofendido. Le preguntamos
dónde podíamos conseguir un mecánico.
– Mecánico no, pero aquí al lado hay una gomería y el
pibe algo entiende.
Fuimos a buscar al gomero que abrió el capó, se sumergió
adentro y empezó a desarmar. No teníamos idea qué
desarmaba, pero él a cada rato se asomaba y nos sonreía, como
para tranquilizarnos.
– Estoy probando – nos decía, contentísimo como chico
con juguete nuevo. Anocheció y seguía desarmando.
Mi marido no entiende nada de mecánica y miraba con
desconfianza el motor, que ya se acumulaba en infinidad de
minúsculas piezas sobre los guardabarros.
No quise ponerlo más nervioso y me instalé en el bar con
mi hijo. Por el vidrio sucio de una ventana se filtraba el último
resplandor del desierto. De pronto se levantó una ráfaga
violenta que hizo temblar las chapas. El viento mordió las
paredes y se filtró por las aberturas.
Esto es la Patagonia, me dije: piedra, viento, coirones. En
ese momento, en medio de esa intemperie terrosa, tomé
conciencia de la distancia y la soledad. No me gustaba para
nada la posibilidad de tener que quedarme en esa inmensidad
mientras mi marido iba a buscar un repuesto quién sabe
adónde.
Por suerte, cuando ya me había resignado a pasar el resto
de mis días allí, jugando a las bochas, volvió y anunció:
–Ya está, dice que a Regina llegamos.

lunes, 13 de octubre de 2008

La familia...

Cualquiera sea el lugar del Sur que hayas elegido:
Bariloche, El Bolsón, San Martín de los Andes o Esquel, esto
también te da cierto prestigio entre tu familia y amigos.
“Se va a la Patagonia...” comentan tus abuelos (si los tenés)
exagerando la movida, como si estuvieramos en la época del
Perito Moreno.
Al anunciar tu decisión tal vez tus padres se mostraron
escépticos, o un poco melancólicos, sobre todo tu madre.
Pero también es probable que tu padre se entusiasme ante la
posibilidad de visitarte y pescar unas truchas, o conocer por
fin algunos lugares del Sur donde nunca estuvo.
Nosotros barajamos todo esto y mucho más al comentar
nuestra decisión.
Está bien, eran otras épocas, ahora todos están
más desestructurados. Pero me acuerdo del comentario de
una tía: “Vamos a ver si aguanta allá, sin ningún estímulo
cultural...” y también lo que me dijo mi suegra cuando,
ya decididos a emigrar, mi marido me alentó a tomar clases
de conducir: “Vos nunca vas a aprender a manejar”.
¿Optimista no? Y a manejar aprendí.
Bueno, al principio, cuando nos vinimos, me caí en unas cuantas zanjas...
Pero nunca me sentí más halagada que cuando un muchacho me
hizo dedo en una ruta llena de curvas y me felicitó por cómo manejaba.
Y de lo que tomé conciencia frente al escepticismo de los
demás y lo admito, frente a mi propia desconfianza, fue que
el Sur proponía y todavía propone desafíos, justamente
porque no está todo hecho y en muchos lugares siguen
faltando “estímulos culturales”.

lunes, 6 de octubre de 2008

Los amigos



Tus amigos, al principio, se van a quedar de una pieza
¿cómo es que vos que sos un animal del asfalto vas a dejar
Buenos Aires o Córdoba o Rosario, o cualquiera sea la ciudad
que te vio nacer? ¿cómo vas a sobrevivir lejos de la urbe?
Pero sobre todo y esto es más válido, ¿cómo vas a sobrevivir
sin ellos? ¿cómo es que los vas a abandonar así como así...?
“Vengansé ustedes también” les proponés. “No es tan fácil”
contestan.
Y aquí es donde la mayoría de tus amigos se replantea
interiormente por qué, si vos tomaste esta sabia decisión, ellos
no hacen lo mismo...
Pero es cierto, no es fácil y todos encuentran mil
justificaciones, válidas, acertadas; pero son sus razones, no las
tuyas.
Aunque por ahí, en una de esas, alguno te sigue. Ojo, eso
puede funcionar si en las malas no te hace responsable de su
decisión.
Porque en todo cambio, y viene bien que te hagas a la
idea, hay buenas y malas.
Llegados a este punto es importante, como te digo en el
capítulo anterior, que tengas en claro por qué querés venir al
Sur. Por lo menos tan claro como las razones que –
invariablemente – se van a sentir obligados a dar tus amigos
para no hacer lo mismo: el trabajo, la profesión, el
psicoanalista, los colegios de los hijos (porque piensan que en
el Sur no hay escuelas), el paisaje de la montaña los deprime,
la mujer (yo me iría, pero ella no quiere), el marido (yo me
iría, pero él no quiere), los respectivos padres (no podemos
dejarlos) etc.
Tus convicciones valdrán mucho más si resisten la
confrontación. Porque cuando empieces a contarlo, todos tus
amigos te van a enumerar todas las razones por las cuales ellos
NO vienen al Sur. Vos ni siquiera les has insinuado que se
vengan, pero ellos – no me preguntes por qué – se justifican
y empiezan a elaborar, como si pensaran en voz alta, por qué
no.
Todo un tema. Los vas a extrañar. Pero si son amigos de
verdad no dejan de serlo nunca.
Además vas a hacer otros nuevos y buenos, pero tené en
cuenta que la AMISTAD, así, con mayúsculas, tiene sus ritos,
tenés que darle tiempo porque, como dice la canción de María
Elena Walsh: “un amigo nuevo no es lo mismo, te quiere por
la mitad...”
Y dado que esos ritos son necesarios “hay que ser muy
paciente” y “preparar el corazón”, tal como le advirtió el zorro
al principito en el libro de Saint Exupery.