martes, 24 de febrero de 2009

Qué lindos los trineos...

Tirarse por una ladera nevada en trineo es divertido, pero hay que hacerlo en el lugar y el momento apropiados. Esto es con buena nieve y donde no haya posibilidad de que atropelles a alguien.
Nosotros protagonizamos un episodio que pudo ser trágico por no tener en cuenta ambas cosas. Fue en el cerro Otto. Era nuestro primer invierno en el Sur y a nuestro hijo, de apenas tres años, los abuelos le habían regalado un trineo lindísimo, entonces fuimos a probarlo.
Como buenos novatos recién llegados, no tomamos en cuenta ni el lugar, ni la calidad de la nieve. Para nosotros era simplemente nieve y se supone que los trineos siempre se deslizan bien en la nieve. Así de simple. Error. La calidad de la nieve es variable y a veces no es adecuada para lo que uno quiere hacer; en este caso jugar con un trineo.
Ese mediodía, en la terraza de la confitería tirolesa del cerro Otto, la nieve era “cartón” o sea: dura, acartonada. Más lejos, al frente de la confitería, la terraza se asomaba a una pista de esquí que descendía bruscamente, metros y metros.
Felices, sentamos al chico en el trineo y mi marido lo empujó hacia mí. Para qué... Con el mínimo peso que llevaba, el trineo tomó velocidad y disparó, pero no hacia donde yo estaba, sino en dirección al abismo de la pista. En un segundo
vimos que se iba a precipitar al vacío. Horror. Los dos corrimos a atajarlo desesperados, patinando y hundiéndonos en los pozos de esa nieve cartón y milagrosamente – porque fue tal la velocidad que agarró que no llegábamos – una lomita lo detuvo.
El trineo (era amarillo, me acuerdo bien) se estrelló contra ese “bump” y el chico salió disparado para un costado. Rebotó como una pelota de goma en la nieve y recién ahí lo atajamos. Por fin en nuestros brazos, a salvo... Por suerte, como ni se dio cuenta del peligro, no se asustó.
Pero nosotros nos quedamos temblando y entramos a la confitería a tomar algo para reponernos. El mozo, un alemán cadavérico de impecable esmoquin (parecía salido de una película de Drácula y tenía una sospechosa pinta de refugiado nazi ) había presenciado todo, imperturbable, por la ventana.

viernes, 13 de febrero de 2009

Qué lindos los traganieves...


A los chicos les encanta la nieve, y después de una nevada
siempre quieren salir afuera a jugar. Se van a empapar y tal
vez tengas que cambiarles la ropa varias veces. Y tu cocina se
va a transformar en un tendedero de ropa mojada. Y lo más
probable es que se resfríen. No importa, dejalos. Son felices
comiendo nieve, haciendo muñecos y guerras y deslizándose
en trineos que improvisan con tablas o bolsas de polietileno.
Y qué lindo ver a esos chiquititos de apenas 4 años – “los
traganieves” en la jerga de los clubes de esquí – te hacen pensar
en duendes del bosque y esquían mejor que los adultos con
sus tablas y bastones que parecen de juguete...
Sí, todo muy lindo, pero si tenés hijos chiquitos, por favor
no los obligues a esquiar. Esperá a que tengan por lo menos 6
o 7 años antes de someterlos a la diciplina de una clase diaria.
El esquí es un deporte exigente que se practica en un
ambiente con temperaturas muy bajas y requiere muchas
destrezas. Para empezar el chiquito tiene que aprender a no
caerse de los medios de elevación de arrastre, algo que requiere
bastante habilidad al comienzo. Y si bien es notable la facilidad
y rapidez con que lo aprende, de pronto se encuentra en una
silla, colgando en medio del espacio, para acceder a una pista
más elevada.
Por otra parte, no tiene posibilidad de ir al baño a hacer
pis cuando tiene ganas y en un ambiente tan frío por lo general
se hace encima y permanece mojado todo el día.
He visto infinidad de chiquitos muy infelices en el cerro,
por la obsesión de sus papás de que sean “traganieves” para
tomarles una foto con los esquís, los bastones y el gorro.
Y lo peor, para que compitan entre ellos en las carreras
que organizan los clubes.
A veces se quedan llorando después que el padre o la
madre los dejaron en el club, o en el colectivo que los lleva al
cerro y me recuerdan a esos chicos que en la playa son
obligados por sus padres a meterse en el mar y lloran...
Ojo, también he visto nenitos felices esquiando, y en este
caso me parece fenómeno. Pero si sufren y no quieren ir, es
una guachada de los padres forzarlos, porque “¡qué lindos
los traganieves...!” pero... ¿para quién?