domingo, 24 de mayo de 2009

Pero llega la nieve y es una maravilla





Cuánto silencio
Al dejar mis huellas
En la nieve de hoy


No hay mal que dure cien años y sí, finalmente
llega la nieve y es una maravilla.
Volviendo al imaginario andino-patagónico, mucha gente
tiene la fantasía de que aquí cuando nieva todo se bloquea y
paraliza y que no te podés mover de tu casa, etc. En Buenos
Aires ven por la tele o leen en el diario: “Tormenta de nieve en
la cordillera” y ya piensan que aquí estamos todos tipo Alaska.
Nieva, por supuesto, pero no siempre con la abundancia
deseada por los comerciantes y operadores turísticos.
Aunque llegados a este punto voy a hacer una digresión:
los comerciantes – los de Bariloche por lo menos – nunca, en
todos los años que llevo viviendo aquí, se han mostrado satisfechos
con una temporada.
En Bariloche el invierno es bravo, hay días que la
temperatura no sube de bajo cero y ya se sabe, con las bajas
temperaturas el cuerpo necesita calorías, excusa ideal para
“castigarte” sin culpa con un delicioso chocolate caliente.
Pero lo cierto es que las grandes nevadas, por suerte, duran
como mucho un día o dos y esto ocurre – también como
mucho – dos o tres veces durante todo el invierno.
Digo por suerte, porque si bien la nieve aporta un clima
optimista y festivo – atrae turistas y esto significa trabajo –
una nevada grande también aumenta el padecimiento de
muchísima gente que vive en condiciones de extrema pobreza.
Una gran nevada es como una inundación y las escuelas se
transforman en alojamiento temporario de familias que se
quedan sin techo y deben ser evacuadas.
Pero por suerte, repito, salvo años que quedan como hitos
– uno de ellos fue “la gran nevada del ’84” en que
nevó una semana seguida – esto no sucede todos los inviernos.
Los viejos pobladores Nacidos Y Criados (los NYC) en
Bariloche, dicen que antes (hace mil años) nevaba mucho
más y que nosotros, los que vinimos Por Propia Decisión (los
PPD) no tenemos ni idea, etc. etc.
Entonces, una vez, mientras miraba nevar se me dio por
imaginar esa época pretérita en que la nieve cubría las pocas
casas de un Bariloche con sólo dos cuadras de calle.
Y la describí como sigue:

DE LO QUE PREDIJO UNA VEZ LA NIEVE:

La nieve comenzó a cubrir pausadamente las casas del
pueblo, que en esa época eran muy pocas y se agrupaban a
ambos lados de una única calle.
Muda, impalpable tenacidad que parecía decir:
No traten de hacerme a un lado a fuerza de pala como todos
los años; esta vez caeré sin descanso durante mucho tiempo, y
ustedes de pronto se verán inmersos en un trabajo mitológico.
Una mañana en que la oscuridad será mayor que de
costumbre, y se oirá el ladrido de los perros como si llegara desde
el fondo de la tierra, descubrirán que mi altura ha superado ya
las cumbreras de sus casas. El pasaje para cruzar la calle
bloqueada por mí se transformará en un túnel que conectará
las dos hileras de viviendas sepultadas. Allá arriba, en la
superficie, el único signo de la existencia de este pueblo serán
algunas columnas de humo surgiendo de las chimeneas
enterradas. Al fundirme en esas fuentes de calor quedaré
suspendida en relumbres de hielo y así, en las salientes de los
techos, que apenas se alzarán sobre el suelo, inventaré gárgolas,
cuchillas y esperpentos transparentes.
Los chicos construirán trineos y se deslizarán por el pasadizo
de hielo de un lado al otro de la calle. En esa oscuridad, atenuada
por el temblor de los candiles, sus carcajadas resonarán con ecos
fantásticos y desconocidos.
Del campo amortajado brotarán vapores. Ovejas, que
acorraladas por mí, se amontonarán y me pisotearán hasta
formar un hoyo profundo. Allí se darán calor y el vaho se
suspenderá en el aire sobre ellas como una nube y los hombres
sabrán donde están pero de nada les servirá, pues no podrán ir
a buscarlas. Algunos morirán en el intento, desorientados por
mi blancura que los envolverá en ráfagas hasta dormirlos
dulcemente de frío, igual que a sus ovejas.
Un día mis copos se volverán grumosos y aguachentos y seré
nieve y lluvia a la vez; entonces sabré que mi poder y mi gloria
se acaban.
Al día siguiente las montañas amanecerán nítidas sobre un
cielo impecable. Y tarde ya en la mañana de sol, por primera
vez en mucho tiempo, la gente oirá un sonido casi olvidado: un
murmullo de pequeñas cascadas.
Y será al son de ese rumor delicioso que el pueblo comenzará
a despojarse de mis efímeros excesos.


Y resulta que “De lo que predijo una vez la nieve” pasó a ser
un capítulo de “Todo Eso Oyes”, mi primera novela, que
transcurre en una localidad imaginaria de la Patagonia y que
envié sin mucha expectativa al concurso de Editorial Emecé.
Ante mi gran sorpresa gané y la novela – hoy agotada – se editó.
Si nunca viste nevar, lo que más te va a llamar la atención
es el silencio que se instala, porque una de las cosas
extraordinarias de una nevada es que cambia la calidad del
sonido en el ambiente.
La primera vez que noté eso fue un día de semana en que
amanecimos a media mañana en medio de un silencio
increíble. Qué raro... No habíamos oido el ruido habitual de
los autos llevando a los chicos al colegio y a los adultos al
laburo...
Nos asomamos al ventanal y ahí, en esa blancura
inmaculada y acolchada, que había comenzado a caer durante
la noche y seguía cubriendo todo silenciosamente, estaba la
razón.
Y no hay nada más lindo que ver nevar y también oir
nuestros pasos al caminar en la nieve. Al apisonarla producen
un característico ruidito apretado, no sé definirlo de otra
manera.
Sí, todos los sonidos cambian después de una nevada. El
ladrido de los perros por ejemplo, se oye a lo lejos, remoto,
en medio de la blancura.
Y todo cambia, los campos, los jardines, hasta los horribles
cables de electricidad que cruzan el cielo de una ciudad se
ven lindos bajo la nieve.
Pero ojo, cuando nieva, después hiela y esto, que es muy
bueno para las pistas de esquí porque mantiene la nieve en
buenas condiciones, es nefasto para circular en auto.

viernes, 15 de mayo de 2009

El otoño en el sur es una belleza




Te regalo un haiku:

En la otra orilla
pequeñísimo herrumbre:
¡es el otoño!


Por lo menos a mí es la época que más me gusta.
Si bien en San Martín de los Andes, La Angostura,
Bariloche y El Bolsón hay turismo todo el año, en otoño viene
menos gente y el ambiente se tranquiliza un poco. Tenés
tiempo de verte con los amigos, que en alta temporada están
trabajando a pleno.
En la primavera sucede lo mismo, pero el otoño tiene un
no sé qué.
Empieza con ese olor a bosque húmedo, a resinas, a leños
ardiendo en la chimenea... Y después el colorido... En
Bariloche el otoño se anuncia con la mancha amarilla de un
grupo de álamos en la orilla sur del Nahuel y también con
una franja roja en la parte alta del cerro Catedral que ya
empieza a acumular nieve en la cumbre. Ese rojo oscuro son
los ñires y las lengas que mutan del amarillo al bordó pasando
por todas las gamas de verdes, naranjas, ocres y rojos.
Y no hay excursión comparable a un paseo por el bosque
del Challhuaco en otoño. Es impresionante. Las hojas de estos
árboles, chiquitas y dentadas caen y el suelo es la alfombra de
un pintor.
Es un lindo paseo para hacer por el día, también podés llevar
chicos pequeños porque son caminatas con subidas graduales.
Es muy probable que cuando te largues a caminar por
alguno de los recorridos de este bosque (están muy bien
señalizados y no hay forma de perderse) vas a escuchar ruidos,
como si alguien estuviera martillando madera.
Si avanzás despacio y en silencio hacia el ruido, vas a ver
arriba, en lo alto de algún árbol, a los pájaros carpinteros. El
macho con su copete rojo, igualito al del dibujo animado,
picoteando el tronco, detrás de la corteza, para encontrar su
alimento. También se los ve en el bosque de Llao Llao.
Al refugio del Challhuaco se puede llegar en auto. Otro
lugar que no podés perderte en otoño es San Martín de los
Andes, con sus bosques de roble pellín y raulí y toda su gama
de amarillos, naranjas y rojos.
También es buen momento para cruzar la cordillera hacia
Chile y disfrutar ese momentáneo colorido de las cumbres
en medio de las primeras nieves.
Todo esto, más hacer dulces y licores y juntar hongos –
que no es poco – es lo lindo del otoño.
Lo imbancable son las lluvias.
Porque si algo tenés que saber, antes de venir a instalarte,
es que mayo, junio y julio llueve seguro.
Llueve, llueve, llueve, y no “lluviecita de montaña”: llueve
torrencialmente y a veces las casas o cabañas (propias o
alquiladas) tienen goteras.
Mi primera casa en Bariloche tenía y te puedo asegurar
que se me empapaba el alma, la camiseta (sí, al principio usaba
camiseta y cancanes de lana) y además, la alfombra. Tuve que
poner la Pelopincho de mis hijos en el entretecho y me peleé
con mi marido. Un arquitecto tiene que solucionar una gotera,
pensaba yo. Pero él miraba el techo, las paredes y los baldes y
trapos de piso empapados – porque no era sólo una gotera –
y comprobaba.
Comprobaba lo que le habían enseñado: que el agua
siempre sigue el curso más fácil. Es fiaca, teorizaba. Y a mí
qué. En aquel momento sólo me gustaba la que salía por la
canilla, pero ríos de agua fiaca se despeñaban arrasando con
todo y nuestro jardín se inundaba y subía la napa, y
desbordaba la cámara séptica y los baños...
Cuando García Márquez se fue a vivir a Bogotá, dijo que
era una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una
llovizna inclemente desde el principio del siglo XVI...
Yo nunca me imaginé que en Bariloche también, por lo
menos durante Mayo y Junio. Y que hacía frío, tanto frío. Y
viento.
Y otra cosa, siempre había visto llover de arriba para abajo,
pero nunca horizontalmente, de lado a lado. Entonces mandé
todo a la mierda y me instalé en el ventanal, viendo llover en
Macondo. ¡Perdón! en Bariloche...

viernes, 8 de mayo de 2009

LAS ESTACIONES: Mamá ¿aquí siempre hace frío?


La Patagonia tiene un clima que podríamos definir como...
prepotente.
Las estaciones se diferencian muy nítidamente y sus ciclos
de repliege, descanso, renovación y expansión se vivencian
con todos los sentidos.
El invierno, es invierno con nieve, el otoño es especialmente
colorido y lluvioso, la primavera muy ventosa y el verano no
es del todo verano. Te puede tocar un fresquete...
Uno de mis chicos, durante un campamento en pleno mes
de enero en que se levantó un viento infernal, me preguntó:
“mamá ¿aquí siempre hace frío?”
Tuve que contestarle que sí. Y lo mismo te digo a vos. Tené
muy en cuenta que siempre hace frío y hay viento. Y que sólo
esporádicamente enero y febrero son “verano”. Una amiga mía,
con mentalidad práctica, me dijo: “aquí hay que llevar siempre
un par de zoquetes en la cartera”.
Otra amiga, esotérica ella y nada práctica, no me dio
ningún consejo. Tenía esa onda de “experimenta y verás” y
sólo me regaló un gatito (que resultó ser gatita) y una lima
de uñas. También me dijo, textualmente: “una lima de uñas
es muy útil, siempre hay que tener una a mano”...
Así me estrené yo en el Sur, con una lima de uñas, una
gata negra que bauticé Dorotea y en casa prestada con una
cocina a leña (que nos proveía de agua caliente cuando no se
congelaban las cañerías) y una chimenea por toda
calefacción...
¡Qué desastre! Estoy hablando igual que esos viejos
barilochenses que se enorgullecen de sus penurias...
Pero mi intención es decirte que si con todos esos
inconvenientes nosotros pudimos, con mucha más razón “tú
puedes” porque ahora hay mucho más confort que entonces...
De todas maneras una característica climática cordillerana
es la incertidumbre.
Un verano fuimos con unos amigos y nuestros respectivos
hijos a la playa de Villa Tacul, en la península de Llao Llao.
La tarde era espléndida: sol radiante, ni una gota de viento,
el lago era un espejo. Nuestros amigos tenían un gomón con
motor y nos propusieron cruzar el lago hasta el cerro Millaqueo
que parecía un inmenso y rosado animal, echado en la orilla
de enfrente. Dejamos a los chicos más grandes jugando en la
orilla y nos embarcamos las dos parejas con mi hijo menor, en
ese entonces de cuatro años. Cruzamos, recorrimos un poco la
costa de enfrente y cuando decidimos volver se empezó a
levantar viento. Al principio una brisa que erizó la superficie
del agua. Enseguida se levantó más viento, el cielo se llenó de
nubarrones, el lago se oscureció tenebrosamente y empezaron
a caer unas gotas como chicotazos.
Nos agarró una tormenta en medio del cruce, que no me
la olvido, porque el paisaje paradisíaco cambió en segundos:
el cielo y el lago pasaron del azul al gris oscuro, las ráfagas de
viento transformaron la placidez del lago en oleaje
embravecido y aparte del susto – volvíamos contra el viento y
con el bote a los saltos pegando sobre las olas – estábamos
todos en traje de baño y nos congelamos.
Esa y otras experiencias nos enseñaron que en la cordillera
nunca podés prever el clima. Si un sábado o domingo el día
es lindo: APROVECHÁ.
Aquí no podés decir como en otros lados: “está lindo,
mañana podemos hacer un asadito afuera” porque el tiempo
cambia en dos segundos y “mañana” puede estar lloviendo o
nevando. Esto también me resultó muy instructivo: me enseñó
a vivir el presente.