jueves, 25 de junio de 2009

Nuestro jardín*



Nuestro jardín está separado del de los vecinos por un
cerco bajo de madera que hizo hacer mi marido y que a ellos
nunca les gustó.
Nuestros vecinos se ocupan personalmente del arreglo de
su jardín. Cortan el pasto, podan, plantan, escarban la tierra,
sacan yuyos, injertan y transpiran.
Esto nos averguenza porque nosotros no tenemos esa
voluntad de trabajo, ni ganas de dedicar tanto tiempo a esa
maligna rutina. Por lo que, cada tanto, viene a casa Gallardo y
deja nuestro jardín impecable, más lindo que el de los vecinos.
Todo lo que planta Gallardo, y en la época que sea, crece.
Un misterioso radar le informa acerca de los caprichosos
vaivenes del tiempo. Reconoce el anuncio de una helada, del
buen tiempo, de la seca. Para ello, este Sherlock Holmes del
mundo vegetal, se sirve de indicios insólitos: ¿bajaron los loros
del cerro Otto? señal de que viene nieve. Gritan los teros a la
madrugada: buen tiempo. Está muy florecido el arrayán: caerá
mucha agua el próximo otoño. Y así dictamina. Lo prodigioso
es que estas predicciones se cumplen y nuestro jardín progresa
al compás de su mano sabia.
En cambio a los vecinos muchas veces les fracasan sus
experimentos de amateurs; o se atrasaron en plantar las godesias,
o se apuraron a podar los rosales, o se les helaron los bulbos de
tulipán… Y ahí se los ve, cabizbajos, en furtivos conciliábulos.
Nosotros también tenemos nuestros inconvenientes. El más
grave es que dependemos del humor, y a veces hasta de las
pasiones de Gallardo, quien suele pasar semanas sumido en
una apacible borrachera.
Es entonces cuando comprobamos, primero con
inquietud, y luego con amargura, la dependencia de nuestra
condición. Mientras el jardín de al lado progresa casi
marcialmente en el ir y venir de hormigas afanosas de nuestros
vecinos, el nuestro decae implacablemente. Se multiplican
los yuyos, la mosqueta nos invade, se caen los rosales
trepadores, languidecen los canteros de conejitos y petunias,
en fin, cunde el abandono, que se hace más notorio aún en la
confrontación del pasto recién cortado y de las flores enhiestas
del jardín de al lado.
Para conformarme, mi marido decide cortar el pasto con
una prehistórica máquina manual que adquirimos hace
tiempo, en un rapto de optimismo acerca de nuestras
habilidades jardineras. Pero esta decisión siempre es tardía:
el pasto está tan crecido ya, que la máquina resbala
penosamente por encima sin llegar a cortar ni una miserable
brizna.
Podríamos pedirles a los vecinos su máquina eléctrica, pero
no lo hacemos por amor propio. La impotencia nos vence y
odiamos nuestro pujante jardín que no cesa de crecer
desordenadamente. Entramos y salimos de casa sin mirarlo y
nos enfrascamos en nuestros libros y trabajos.
Hasta que un día, milagrosa, inesperadamente, aparece
Gallardo. Lo recibimos como a un rey, obedecemos todas
sus indicaciones y partimos a comprar plantines, arbustos,
lajas y venenos. Conseguimos herramientas y nos sometemos
dócilmente al yugo de sus ojos entrecerrados y su brazo
extendido que dictamina órdenes y soluciones.
Nuestro jardín renace espléndido. Agradecidos
aumentamos el sueldo de Gallardo. El jardín de los vecinos
no tiene nada que hacer al lado del nuestro. Y ellos,
ominosamente, como si intuyeran la derrota, han dejado de
regarlo.
Al atardecer nos sentamos afuera. Del pasto recién cortado
emana un vaho tierno y bienhechor. Pero los primeros días
de nuestro jardín triunfante están siempre teñidos de una
vaga sensación de culpa.

* (De “Conspiraciones”, Eudeba / Fer, Buenos Aires, 1989).

martes, 16 de junio de 2009

Cuidemos el patrimonio natural de nuestro planeta, para nosotros y nuestros hijos

No permitamos que intereses económicos de explotación minera destruyan el patrimonio de nuestros glaciares.
El Ejecutivo vetó la Ley aprobada por el Congreso Nacional, cuya implementación hubiese evitado la destrucción de los glaciares.
Hagamos todo lo posible para revertir ésto:
CLIQUEÁ EN LA IMAGEN PARA FIRMAR
incluyendo tu nombre y número de documento.
Si sos extranjero firmá también, aclarando tu nacionalidad.
Hasta ahora se han juntado 86774 firmas



contacto: proteccionglaciares@gmail.com

domingo, 14 de junio de 2009

Pero llega la primavera y es una maravilla



Viento de primavera
Los diminutos pétalos del cerezo
Cubren mi calle


La primavera del sur es incomparable. Lo primero que te
va a llamar la atención es que en septiembre está la nevada de
los tulipanes – que en nevadas equivale a la copa del estribo –
y podés seguir esquiando un rato más. Como la temporada
alta pasó, hay menos gente, menos colas y hasta alguna rebaja
en los medios.
Y si los días son lindos podés ir a esquiar a la mañana y al
mediodía estar en una playa tomando sol en traje de baño.
Pero aparte de estas “sobras” del invierno no vas a poder
creer lo que son los colores de las rosas, tulipanes, petunias,
pensamientos, godesias, lovelias, lavandas, etc. No los vas a
ver en ningún lado.
Tampoco los lupinos silvestres: amarillos, azules, lilas y
violetas.
Tampoco los árboles: los notros, que en diciembre están
todos rojos (en Francia los llaman “árbol de fuego”).
¿Y los espinos florecidos? son un espectáculo.
Hasta las modestísimas retamas se adueñan del paisaje
durante noviembre y diciembre con su floración de color
amarillo violento, como recién salido de la paleta de un pintor
impresionista.
El clima y el tipo de tierra negra hacen ese milagro y las
flores tienen menos aroma, es cierto, pero los colores son
mucho más intensos que en cualquier otro lugar.
Después del lluvioso otoño y el largo invierno, que te han
obligado a vivir la mayor parte del tiempo puertas adentro,
querés salir, descansar tu vista en el verde, descalzarte y hundir
pies y manos en la tierra, fuente de toda energía.
Lo único que hincha es el viento. A nosotros el viento nos
voló la tapa del tanque de reserva de agua que era enorme y
pesaba cerca de 50 kilos. Aterrizó justo al lado del auto y por
suerte no cayó sobre nadie. Eran ráfagas de 60 kilómetros
por hora...
Otro incidente que tuvimos con el viento de primavera
fue que hizo bailar a un ciprés gigantesco que había justo al
lado de nuestra casa. ¿Cómo “bailar”? Te preguntarás. Sí, el
árbol bailó, o pareció que bailaba. Resulta que una tarde de
mucho viento, de pronto oigo unos ruidos y miro por la
ventana, entonces veo que la tierra alrededor del ciprés se
mueve, como si hubiera un terremoto. El árbol (era enorme,
te aseguro) se balanceaba de tal manera por el viento, que algunas
de sus raíces se habían soltado y movían la tierra que las
cubría. Y estaba pegado a la casa.
Como te imaginarás, agarré a los dos chicos y fui rajando
a avisarle a mi marido que en cualquier momento se nos caía
encima. Y con mucha pena tuvimos que tirarlo.
Jamás me había animado a plantar un árbol, pero aquella
vez me dije: “ahora o nunca” y planté tres abedules en el lugar
que dejó vacío el ciprés. Uno de los abedules se enfermó, el
viento (siempre el viento) al balancearlo hizo que se le
produjera una fisura en el tronco y logré curarlo: me enseñaron
a vendarlo, como si fuera una persona. Estas cosas me llenan
de orgullo, porque para mí son mucho más difíciles que
escribir un libro. Y el trabajo en el jardín me dictó unos
cuántos poemas que después edité bajo el título “La otra
orilla”.
No sé si a vos te va a pasar lo mismo, pero aunque hasta el
momento ni siquiera te hayas ocupado de regar un modesto
potus, vas a ver que aquí, en primavera, todo te invita a
trabajar en el jardín.
Entonces, aunque no seas especialmente fanático/a, ponés
manos a la obra, armás un jardin de piedra y hasta estás
pensando en hacer huerta y comer lo que coseches. Si sos
jardinero o jardinera de alma, te vas a conectar enseguida
con la Sociedad de Horticultura o institución similar que haya
en la localidad en que te instales.
Tendrás un jardín maravilloso y si te interesa, es muy
factible que tus habilidades jardineras te proporcionen,
además, laburo rentado.
Pero... a no ser que seas jardinero o jardinera mano verde,
con vocación absoluta, vas a descubrir que los fines de semana
ese sueño del jardincito propio puede ser esclavitud.
Porque el jardín es laburo. De eso nos dimos cuenta cuando
ingenuamente pusimos manos a la obra. Y lo que sucedió me
sugirió un cuento breve, que titulé “Nuestro Jardín”, que podrás
leer la semana que viene en mi próxima entrada.

sábado, 6 de junio de 2009

Manejar tu “batata” con nieve y otros



Pero antes de entrar en el tema de manejar cuando hay
nieve y hielo, te cuento que aquí también aprendí que en
caminos de ripio hay que ir tranqui, con un cambio menos
del que necesitás, el auto se afirma más y no patina.
Que antes de entrar en una curva conviene bajar un poco
la velocidad para acelerar cuando la agarrás.
Que si estacionás en pendiente, en un camino de tierra,
además de dejar el auto con un cambio y freno de mano,
poné una piedra delante de la rueda. Por las dudas.
Que si estacionás en pendiente en una zona urbana,
además de dejar el auto en cambio y con freno de mano,
trabá la rueda contra el cordón de la vereda.
Y nunca dejes chicos solos adentro del auto. Ni siquiera
unos minutos. Para que no te pase como a nosotros que
dejamos un rato a los nuestros con sus primitos en un citroen,
un legendario 2CV...(el auto que mejor respondió a la nieve)
estacionado en la pendiente de la calle Moreno y cuando
regresamos vimos con horror que empezaba a bajar la cuesta
con los chicos adentro. Logramos atajarlo de casualidad,
resulta que los angelitos habían estado moviendo el volante,
los cambios y el freno de mano...
Ah los embragues... Yo descubrí lo que es un disco de
embrague en la Patagonia. Son carísimos, lo sé porque quemé
varios. Pasa cuando estas avanzando por una pendiente
cuesta arriba y se te queda el auto...
O de tanto arrancar en pendiente con tierra
floja o nieve... El primero que quemé fue por culpa de la
depresión post parto. No entendés nada, pero fue así: resulta
que acababa de tener a mi segundo hijo y estaba sola (mi
marido había tenido que viajar) y nevó, nevó y nevó. Y en esa
época no había teléfonos, ni celulares, ni nada. Y a mí me agarró la
desesperación por sacar el auto y estacionarlo en el camino
para tenerlo a mano, por cualquier cosa. Porque aunque no
se avecinaba ningún cataclismo, una nunca sabe. Pero el auto,
para salir al camino, tenía que subir una leve pendiente. Leve,
pero con nieve era como escalar el Everest. Y el auto patinaba,
pero yo se lo hice escalar. Hasta que sentí ese olorcito a goma
quemada...
También descubrí muchas otras partes del auto que no
tenía ni idea qué eran, como: “el tren delantero”, “las crucetas”,
“el chicler”... la verdad, todavía no sé muy bien para qué sirven,
pero por lo menos sé que están y eso ya es algo, porque aquí
tenés que saber un poco de todo, ser licenciado en ciencias
totales. Un cumpleaños mi marido me preguntó ¿qué querés
que te regale? y yo me escuché pedir:
Un taladro eléctrico.
Estaba alienada con el mito de “los esforzados pioneros” y
eso de que uno tiene que saber arreglárselas en cualquier
circunstancia (aunque el taladro no me sirvió más que para
colgar cuadros). Por suerte se me pasó pronto y volví a desear
que me regalara un buen libro o un frasco de perfume, o las
dos cosas ya que estamos.
En cuanto al tema de manejar con hielo y nieve, el secreto
es ir muy despacio, en primera o segunda y NO FRENAR, o
en todo caso hacerlo con el cambio.
Si frenás te vas a la mierda porque el hielo es como un
jabón y perdés totalmente el control del volante.
También tené en cuenta que el hielo es jodido en el asfalto
(en el ripio el auto se agarra más) y que una buena medida, si
te topás con hielo en la ruta, es pasarte a la banquina.
Una buena ayuda para salir del paso, es la «cadena líquida»,
un spray adherente que se compra en las estaciones de servicio.
También la podés aplicar en las suelas de tus botas para no
resbalar (y darte el porrazo) al caminar en las calles con hielo.
En algunos negocios de Bariloche venden suelas de goma
con grampas, adaptables a cualquier tipo de calzado, que
impiden resbalar en el hielo.
Y si se te congela la cerradura, y no podés abrir la puerta
del auto, un yeite es encender un fósforo o encendedor y
calentar la llave antes de introducirla...
Pero en realidad, lo mejor en días de hielo y nieve, es no
salir con el auto hasta que empieza a calentar el sol, al
mediodía, y todo se derrite.
Esto no es por desconfiar de tus habilidades, sino porque
aunque vos seas un genio manejando en el hielo, en la calle y
en la ruta hay muchos que no lo son y te la regalo cuando se
te atraviesa uno en plena subida. O bajada...
Pero no te desanimes, acordate que yo aprendí a manejar
sólo unos meses antes de venirme a vivir a Bariloche.
Igual ahora quedémonos un rato más en el ventanal,
viendo caer los copos antes de que salga el sol y toda la nieve
desaparezca.