miércoles, 29 de julio de 2009

TEMA VIVIENDA: La elección del lugar

Las dos veces que vinimos a Bariloche antes de instalarnos,
nos llamó la atención que la gente se concentrara en la zona
de Melipal, a la altura del km 4 de la ruta a Llao Llao.
¿Por qué nadie iba a vivir a zona del Lago Gutierrez que
también tenía un buen acceso, con ruta asfaltada, toma de
agua, y que justamente, por estar menos poblada era un lugar
mucho más lindo...? nos preguntábamos. La distancia, desde
el centro de Bariloche, es mucho menor que a Llao Llao y
con una ruta mejor y menos transitada.
Es que la gente es gregaria, recuerdo que decíamos (como si
nosotros fuéramos marcianos) vienen buscando espacio y
no pueden dejar de apiñarse todos en el mismo lugar...
Sí, eramos unos porteños engreídos convencidos de que
teníamos “la posta”. Esa que los lugareños aún no habían
descubierto. Es más, la descubrirían porque nosotros les
enseñaríamos lo que había que hacer. ¿Qué tal?
Y nos instalamos en medio de un bosque, frente al lago
Gutierrez. No teníamos electricidad y nuestros únicos vecinos
eran: un yanqui y su mujer y una familia numerosa que criaba
perros dogos para nada amistosos (uno de los cuales casi le
arranca un brazo al yanqui).
Pero el tumulto del arroyo y el oleaje del viento entre los
coihues y cipreses gigantescos eran fascinantes.
Sin embargo el atardecer...
El atardecer en el bosque me resultó tristísimo. Con la
desaparición de los últimos rayos del sol entre los árboles a mí
me brotaba una congoja indefinible.
Y después, la oscuridad. Cerrada. Amenazante.
En nuestra cabaña, sin postigos ni cortinas, me parecía
que mil ojos nos acechaban desde la oscuridad.
Pensá que veníamos de Paraguay y Talcahuano, pleno
barrio norte en Capital Federal: colectivos, letreros luminosos,
sirenas, alarmas...
No pude acostumbrarme.
Y por supuesto nos mudamos adonde iban todos: a
Melipal.
La semana que viene les sigo contando.

viernes, 10 de julio de 2009

Pero llega el verano y es una maravilla





Relampagueante
De la quietud del agua
Brotó la trucha


Verano, verano, verano. ¡Cómo deseamos su llegada en el
Sur...! Sobre todo en este momento, en en pleno invierno,
soñamos con el verano...
Y cuando, después de las lluvias que nos han hartado y
de la primavera bastante fría y ventosa, el tiempo se estabiliza
y viene una seguidilla de días lindos, a la gente le cambia la cara.
Todos están de buen humor, sonríen y no se cansan de decir ¡qué
lindo día!
Días impecables, de lagos plácidos y calor seco (no
transpirás).
Días larguísimos, en que el aire parece tener una energía
especial y hay luz hasta las diez de la noche.
Hasta podés ir a pescar al salir del laburo. Si no te gusta
madrugar, es la mejor hora.
En el Sur, el verano también es más propicio para la
actividad cultural que otros meses. Se organizan actividades
al aire libre y no da tanta pereza salir de noche como cuando
llueve, nieva o hace frío. Hay una sensación de “salir de la
cueva” de abrir todas las ventanas, sacudir mantas y cortinas
y ventilar la casa pasado el largo invierno. También se disfruta
más que en otros lados el prescindir de las botas o zapatos
cerrados y ¡qué placer sacar a pasear los pies desnudos!
Pero como todo lo bueno, el verano austral es breve; con
suerte, apenas dos meses. Aquí el dicho: “lo bueno si breve
doblemente bueno” no funcionaría, porque todos querríamos
un verano de cuatro meses por lo menos.
También a veces se atrasa y aunque te parezca increíble
hasta podés tener una navidad nórdica, con nieve en los cerros.
Y ya que hablamos de la Navidad, creo que pasarla en el
Sur, lejos del ajetreo de una gran ciudad, te va a gustar. El
paisaje aquí es más propicio a la tradicional imagen de esta
fiesta.
Para empezar podés obviar toda la parafernalia comercial
que la rodea y celebrarla de manera mucho más sencilla, sin
calores agobiantes y sin apurones, haciendo realmente un
balance del año que pasó y predisponiéndote a recibir con
buena energía el que se avecina.
Si tenés hijos, un sábado o domingo es un programa ir
con ellos a buscar una rama de pino para hacer el árbol y
fabricar adornos con piñas, hojas y flores secas que podés
recolectar en los bosques que te rodean, en lugar de
comprarlos.
El clima fresco a mí a veces me incitó a hacer pan dulce y
otras delicias que ni loca haría en Buenos Aires, con 30 grados
de calor.
Enero y febrero son los meses que en Bariloche uno trata
de disfrutar lo más posible del sol y los lagos haciendo
excursiones a distintas playas y deportes náuticos.
Como los lagos se alimentan del deshielo que se escurre
de las cumbres, son helados, pero siempre podés encontrar
playas y bahías reparadas, con orillas en las que no haya mucha
profundidad, esto permite que el agua esté más caldeada.
Los días nublados, en que se levanta un poco de viento,
la superficie del lago imita la textura y el color gris
de la piedra. De una infinita piedra en movimiento.
Durante el verano, tendrás oportunidad de ver hualas en
el lago, son unos patos salvajes, pequeños y grises. Es muy
lindo verlos en su elemento, se zambullen y nadan rapidísimo.
También gritan lastimeramente, de ahí su nombre
onomatopéyico.
También, al comenzar el verano te va a despertar el grito
lleno de ecos de las bandurrias, un pato que utiliza su pico
curvo como anzuelo para pescar su alimento. Y también
avutardas o cauquenes, otra variedad de pato o ganso salvaje.
Porque el lago incita a observar y los días de mucho calor
vas a ver el relámpago de una trucha nadando cerca de la
superficie o saltando fuera del agua.
Si practicás algún deporte acuático te conviene usar traje
de neoprene, que además de evitarte el frío te permite flotar.
Porque otra característica de las aguas del lago es que no flotás,
porque no tienen minerales. También podés compensar esto
con patas de rana, para cansarte menos.
Las playas, por lo general, son más de piedra que de arena.
Piedras color tiza, también azuladas, verdes o rosadas, colores
característicos en esta zona de pedreros, que también vas a
encontrar en el lecho transparente de los arroyos.
Y en esta época también te voy a recomendar alguna de las sendas
o “picadas” del Challhuaco (¿se nota que amo este bosque?)
con todo su verde tapizado de amarillo por los amancays,
una flor silvestre, preciosa.
Si durante el verano hace mucho calor y no llueve nada,
aunque te parezca muy lindo porque te la pasás en la playa,
es mala señal. Todo se pone muy seco, hasta el vidrio de una
botella o una lata abandonada hace entrar en combustión la
maleza. Los incendios de los bosques se multiplican porque
mucha gente desconoce esto, y no tiene mejor idea que hacer
asaditos. Ignoran que aunque apagues las brasas – les echaste
agua y parecen apagadas – cuando el suelo está muy seco, el
fuego se extiende bajo tierra por las raíces de los arbustos.
Recuerdo que el invierno en que nos instalamos yo tiraba
la ceniza apagada que se acumulaba en la chimenea, en un
rincón de nuestro jardín. Llegó el verano, que fue muy seco,
y de pronto una tarde, después del almuerzo, escuché un
crepitar afuera. La ceniza, aún después de meses bajo la lluvia
y la nieve, estaba ardiendo. Tuvimos que llamar a los bomberos.
Un bosque que se incendia tarda mínimo cincuenta años
en recuperarse y no hay nada más desesperante que escuchar
el ruido de los helicópteros que van y vienen arrojando litros
de agua que no alcanzan a apagar las llamas. Así que yo
prefiero el tradicional y fresco verano sureño, con lluvias cada
tanto.