lunes, 31 de mayo de 2010

ENTRADA A BARILOCHE por Roberto Arlt (*)




Entre Nahuel Huapi y Bariloche se cuentan cinco leguas. Si usted tiene que comprar una aspirina o un paquete de tabaco rubio, no tiene otro recurso que ensillar el caballo y subir. Al galope, esta distancia se cubre en cincuenta minutos. Al paso, en tres horas.
Un camino de pedregullo y polvo sube y baja a lo largo de las lomas. De trecho en trecho, aparecen arroyuelos y montecillos bastardos y en redor vuela la pajarería completa de los tratados de ciencias naturales. Las liebres saltan a cada momento de entre las matas de neneos o cardos, erguidas sus puntiagudas orejas. A veces se tropieza con una pandilla de perros tironeando de una de ellas que gime entre los dientes de los mastines, mientras la despedazan. Se las encuentra también en el camino, despachurradas por las ruedas de los autos, que son al mismo tiempo, el terror de los caballos.
Si el jinete no desea dar con su humanidad en el suelo, o pasar violentamente por encima de la cabeza del noble bruto, en cuanto divisa a los lejos una nube de polvo, debe apartar el animal de la huella e internarse varios metros en el campo. Al pasar el automóvil, es raro el caballo que no se encabrita y estremece.
No queda duda que la distancia de cinco leguas es ya bastante. Y sobre método para hacerla a caballo. Pero el camino va pegado al flanco del lago Nahuel Huapi, orillando casi de continuo su costa, y las cinco leguas se convierten en un paseo.
En los días sin viento ni nubes, el colorido del lago es impresionante. Visto desde la altura, se presenta ovalado como una bandeja de turquesa. Sus movedizos cristales encienden un fuego frío que parece sembrar sobre el lago una glacial humareda violeta. Esta tiñe el fondo de los valles y los socavones de los cerros que hunden en las espumas blancas sus pedestales preciosos de piedra violeta. Los cielos son verdosos, inverosímilmente verdosos, domos de aguadas aceitunadas con algunas gotas de verde-sauce.
Las distintas hierbas naturales que florecen en los campos de pastoreo, tapizan el espacio de ondulante distancia, manchada de sus amarillos de oro, rojo de minio y blanco de jazmín.
Un cerro, cateto cubierto de felpudo verde, cae sobre el camino; otro, pelado y gris, sobre el lago de turquesa.
En la ladera, un monte empenachado de cipreses coniculares; luego un damero de sembradío; rectángulos verde nilo y amarillo pasto seco. Escalonadas en diversas alturas, casitas de troncos de árboles, de tablas color ceniza entre la pimpante vegetación, con techos caedizos y tejuelas de madera.
Tras el cerro, la montaña sombría; la cordillera avanzando moles graníticas como superdreadnoughts, amenazadoras, de un azul de hierro colado y un remate de agujas nevadas que taladra el cielo, como los pararrayos de una catedral. Y así se denomina aquel cordón formidable de picos: Las Catedrales.
Cuajarones de nieve cubre la cima de los montes. Durante un momento, una nube gotea en la montaña que parece exhalar vapores de plomo; luego, el viento dispersa la nube y seca las gotas de agua, y en el fondo del valle, al pie del cerro, las tapias de tabla, subiendo y bajando a lo largo de las ondulaciones de terreno que forman las quintas. Estas tapias nos recuerdan las postales humorísticas alemanas, donde un beodo asoma la cabeza sobre las puntas de los maderos.
Porque en Bariloche no hay un solo alambrado. Los cercos están construidos de tablas y tablones de los aserraderos locales.
Continuando por la costa del lago, que se adentra hacia la cordillera para trazar curvas de espuma en los pedestales de los montes, descubro bosquecillos entre cuyos claros asoman los vértices de tejados rojos; hileras de cipreses que dan la sensación de haber tenido que realizar tal esfuerzo para trepar la pendiente que, como los caminantes fatigados, han quedado inclinados hacia delante, pero para siempre.
Luego espoleo el caballo y bajo hacia el portón que cierra la entrada del pueblo. Si usted se olvida de cerrarlo, un truhán que desempeña el cargo de guardabosques y que, para mayor intranquilidad del forastero, carga una escopeta, corre, os detiene y, como si fuerais chiquillos, encañonándoos con su escopeta, os obliga a cerrar el portillo. Después de este trámite y de pasar frente a unos ranchos sucios, desde cuyo fondo algunas indias os miran con ojos encendidos y sombríos, el camino se tuerce, un puente de madera que hace dos años está hecho pedazos y que la comuna no se ha resuelto todavía a hacer retirar, deja indeciso al viajero; luego una curva le descubre el auténtico camino al cruzar un arroyo, la pendiente sube portentosamente. Levantando los ojos, veo en la cima del barranco una plomiza casa de madera, una hilera de postes, un socavón sombrío, y allá más abajo, lisa, perfecta, larga, arbolada, bonita como una de aquellas calles de la película americana, la calle Bartolomé Mitre, que hace cuarenta y nueve años era un pantano boscoso, sin un solo hombre blanco, a este lado del horizonte.

* Roberto Arlt. (Roberto Godofredo Christophersen Arlt) nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores, el 2 de abril de 1900. Publicó “El juguete rabioso”, su primera novela, en 1926. Por entonces comenzaba también a escribir para los diarios Crítica y El mundo. Sus columnas diarias “Aguafuertes Porteñas”, aparecieron de 1928 a 1935. Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina. Arlt se divertía contando de sus amistades con rufianes, falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de los personajes de las novelas “Los siete locos” y “Los lanzallamas”. Al mismo tiempo de su actividad como escritor, buscó hacerse rico como inventor, con singular fracaso. En 1935, viajó a España y África enviado por El Mundo, de donde salen sus “Aguafuertes Españolas”. Murió de un ataque cardíaco en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

Columna publicada originalmente en el Diario El Mundo, en 1934. Extraída del libro "En el país del viento". Editorial Simurg, Buenos Aires, 1997.

2 comentarios:

Herman Wirz dijo...

hola; mi nombre es Herman wirz, me interesa saber mas acerca de Elena Greenhill; quisiera saber si Ud me podría recomendar algún libro o investigaciones que hablen de ella; gracias...

Luisa Peluffo dijo...

"La inglesa bandolera y otros relatos patagónicos" de Elías Chucair(Ed. de la Patagonia)http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-460278155-la-inglesa-bandolera-y-otros-relatos-patagonicos-e-chucair-_JM

"La bandolera inglesa en la patagonia" de Francisco N. Juárez (Ediciones B)
http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-457744295-francisco-juarez-la-bandolera-inglesa-en-la-patagonia-_JM#!/description

Y en mi libro "Se llaman valijas" el cuento "Bandolera inglesa"

Y si googleás "Elena Greenhill", o "bandolera inglesa", aparece bastante información.