martes, 14 de septiembre de 2010

LA TROCHITA




EN VIAJE por Martha Perotto *

Había hecho el viaje a la estancia para robustecer algunos convenios comerciales iniciados el año anterior y que se concretarían al final de la invernada. Cuando llegó, el clima estaba bueno y nada hacía pensar en la intensa nevada que se descargó después.
El dueño de la estancia lo invitó a quedarse unos días.
― Hasta que se pueda andar por los caminos.
Y así lo hizo. Pero parecía un alma en pena rondando por las habitaciones y los galpones en la espera.
Rogó al dueño que en cuanto vislumbrara la posibilidad de moverse lo llevara a la estación de Leleque para viajar en "La Trochita" hasta Jacobacci. En esta localidad de la línea sur podría abordar el tren a Buenos Aires, procedente de Bariloche. Corrían los años sesenta.
Antes de iniciar este trabajo, él pensaba que el mundo estaba muy adelantado en materia de comunicación y desplazamientos; sus recorridos por las estancias de la Patagonia ― con el fin comprar lana para la compañía textil que lo había contratado ― le demostraron lo errado que estaba.
Se le hizo imperioso no permanecer ni un minuto más en ese tiempo demorado, detenido en otro siglo, lejos de todo y en el que el invierno tenía sólo el aspecto de una larga espera que a nadie parecía importarle y a la que se sumaba la suya, colmada de impaciencia.
El dueño pudo contenerlo apenas unos pocos días más. Para cuando aprestaron la chata con dos caballos ― único vehículo capaz de circular ― los caminos habían mejorado bastante. Buscaron convencerlo de que esperara el convoy en cualquier punto de las vías, que no era necesario llegarse hasta la estación. Que había que hacer un buen fuego para que lo viera el maquinista y detuviera el tren para que él lo abordase, que era la costumbre del lugar.
Decidió hacerles caso, alcanzarían las vías en una hora, mientras que llegar a la estación implicaba por lo menos cuatro o cinco si todo andaba bien. Llevaban en la chata la leña necesaria para mantener un buen fuego por unas horas puesto que la vegetación de la zona no ofrecía muchas posibilidades en ese aspecto.
― Y menos pa` un forastero. Acá nosotros sabimos buscar raices que prienden; matas que se queman aunque estean mojadas.
Y partieron. La nieve iba descubriendo manchones de pasto duro, pero se resistía a abandonar los puntos en los que se había acumulado, "voladeros" como les decían que en muchos lugares habían llegado a formar verdaderas paredes de nieve, dada la violencia del viento.
Pronto alcanzaron el terraplén que sostenía los rieles de "La Trochita", minúsculo tren de trocha angosta. Setenta y cinco centímetros entre los rieles y una copia en miniatura de los trenes a vapor.
El peón que lo había conducido hasta allí, le ayudó a preparar la fogata y le dijo que la mantuviera encendida para que el maquinista viera el fuego. Lo dejó en una loma, en un tramo recto de los rieles; buen lugar. Ahí tenían que verlo por fuerza, ya que para ascender el tren debía pasar cerca varias veces en un recorrido sinuoso.
Las vías estaban despejadas, señal de que el tren había pasado rumbo a Esquel y pronto estaría de regreso, "Hora más, hora menos" como le dijo el peón antes de dejarlo con todo listo, saludarlo y azuzar a los caballos mientras se alejaba.
Pronto dejó de verse. El fuego chisporroteaba alegre. Pero su espíritu no acompañaba ese sentimiento, recién se daba cuenta de que era un disparate su apuro. Él, un ignorante en todas las cosas del campo, estaba solo en esa inmensa soledad, con combustible sólo para unas horas. El frío era intenso.
Se sentó sobre la valija y se propuso no perder las esperanzas, que ya eran un delgado hilo que en cualquier momento podía quebrarse... como él, un tipo que se creía duro, acostumbrado a la lucha en la ciudad; a la que siempre consideró como una selva en la que había que sobrevivir, y eso lo hacía bien.
Aquí... miró alrededor... había que soportar la soledad, conformarse. Frugalidad en una tierra que da poco es la mejor respuesta de adaptación... además, se necesitaba resistencia... sabiduría para encontrar protección en los temporales de nieve ― como ese último, que por suerte le había tocado vivir bajo techo ― ¿y si se desataran ahora todos los demonios de ese clima terrible?
Volvió a su primera determinación de no pensar en el tema y echó más leña al fuego. Su reloj no funcionaba desde hacía unos días, calculó que ya había esperado cerca dos horas. Se resignó, era evidente que el tren venía con demora. Comió hasta acabar lo poco que llevaba. Pasaron unas dos horas más. El cielo se encapotaba rápidamente, se venía otra tormenta. La desesperanza comenzaba a cubrirlo como un manto.
El frío lo rodeaba. Tenía calor de un lado y frío del otro, según el costado que exponía al fuego. Vuelta y vuelta. Diferencia entre vida y muerte.
Iba a oscurecer temprano; le quedaba poca leña ya. ¿Y si se le terminaba y el tren pasaba sin verlo?
Percibió un temblor en los rieles sobre los que, por casualidad, pisaba. Les puso una mano encima y después acercó la oreja. El pequeño convoy se acercaba.
Un ruido acompasado rompió el silencio y un pitido acompañado del vapor espeso que salía de la chimenea del tren saludó al humo de su pequeño fuego, ya lo habían visto. Alimentó la hoguera con los últimos palos de leña y el vigor de las llamas calentó su aterido corazón. Volvió a saludar al maquinista en la siguiente pasada y en la otra y se aprestó para abordar el tren. "Inútil apurarse" se dijo, puesto que aún pasaría otra vez por el mismo punto, cada vez un poco más alto, hasta que luego de un tiempo que le pareció infinito se detuvo a su lado en una suma de chirridos y quejidos de hierros y maderamen viejos. Parecía un tren de juguete; una miniatura de parque de diversiones o de recorrido de jardín zoológico. Subió. Un guarda le cobró el boleto y lo hizo ingresar a un vagón atestado de personas y de bultos. Un tufo húmedo de gente amontonada, de leña verde, de establo, le golpeó el olfato. Los rostros curtidos de hombres y mujeres se volvieron hacia él. No había sorpresa por el hecho de que el convoy se detuviera a levantar pasajeros en medio de la nada, eso era habitual. Él era el motivo de la curiosidad; aunque vestido con ropas de fajina, no podía desmentir su aspecto ciudadano. Destacaba entre los colores oscuros y terrosos de ponchos y sombreros.
Nadie hablaba. Se acomodó como pudo en un rincón y, pasado un rato, aún sentía las miradas fijas en él; le pareció obsesivo, casi una provocación. Afuera se había desatado la tormenta; nevaba poco, pero no tenía visos de parar Parecía que no avanzaban, quedar aislados era un riesgo. ¿llegaría a tiempo para combinar con el otro tren, el que lo llevaría a un lugar civilizado?
El vagón tenía una estufa en el centro; los asientos eran pequeños, de madera, como hechos a escala para muchachitos de doce años.
Los hombres alimentaban el fuego mientras las mujeres hacían circular dos o tres mates. Las pavas se calentaban sobre la plancha de hierro de la estufa.
Las miradas fijas, más que provocación comenzaron a parecerle parte de una conspiración. En mala hora, recordó una vieja historia, un cuento ― creía que de Mark Twain ―, que hablaba de un tren aislado en la nieve y sin provisiones. En él, los pasajeros realizaban un sorteo para ver quién sería destinado a servir de alimento a los otros. Con frialdad sajona habían considerado que ésa era la única forma de que algunos pudieran sobrevivir. Canibalismo. Humor negro del irónico autor. Si ello sucediera en este tren, seguro que él sería la víctima, sin sorteos.
Estaba cansado, pero no quería dormirse.
De pronto, con los habituales jadeos y un frenazo brusco, el tren se detuvo. Descendieron: una pequeña avalancha había tapado los rieles. El maquinista y el guarda repartieron palas y, turnándose, los hombres pusieron manos a la obra para despejar las vías. Él se encontró de golpe paleando nieve con el mismo entusiasmo de los demás. Terminaron con bastante rapidez. Era hora, la nieve arreciaba. Subieron helados y empapados, pero seguían en viaje.
El trabajo en común los había hermanado. Alguien le alcanzó un mate con una blanca sonrisa en el rostro moreno que antes le había parecido torvo. Una mano callosa le alargó una torta frita. Un joven sacó una guitarra y él, acunado por el bamboleo del tren, rodeado por el calor humano y el de la estufa, con el estómago aplacado, se durmió como un niño al compás de una bella y triste milonga surera.

* Martha Perotto nació en la ciudad de Buenos Aires y hace más de 23 años que reside en El Bolsón, Río Negro. Es maestra y Profesora en Lengua y Literatura, ejerce la docencia en escuelas secundarias.
Sus obras son: "Cuentos para un invierno largo" (2000) y dos novelas: "De un castillo en Patagonia" (2003) y "Territorio: Waj Mapu. Patagonia secreta" (2004) y el libro "En Viaje" (2005)al que pertenece este relato.
Integra las antologías: "El lunes a las ocho" (El Bolsón); "Isidro Quiroga 93" (Comodoro Rivadavia); "De jinetes y soledades" (Biblioteca Nacional); "Bolsoneros, cuenteros y verseros" (El Bolsón).

1 comentario:

Elisa Suarez dijo...

Me encantó este felicitaciones.