domingo, 26 de septiembre de 2010

SUPERFICIES por Miguel Masllorens *



Era otoño. Caminábamos por el bosque. A medida que nos adentrábamos en la tupida flora patagónica, más húmeda se volvía la atmósfera. Los tonos de verdes y amarillos acaparaban el paisaje. El sol, intermitente, se colaba entre los árboles. Miré a mi alrededor y comenté:
- Cuando camino por esta zona, a veces tengo la sensación de que no estoy
solo.
- Para mi el bosque es como un ser abstracto en si mismo - respondió mi
amigo.
Continuamos la travesía, rememorando historias de fogones y montaña. La picada se tornó más irregular, hasta que nos topamos con un gran macizo de roca y unos metros más adelante, la entrada de una cueva. La grieta de grandes dimensiones que rasgaba la mole natural se erguía imponente.
- No me acordaba de esta cueva... - dije, medio extrañado.
- La verdad que yo tampoco… - me contestó.
Unos pocos segundos fueron suficientes para que la curiosidad nos recorriera la médula de pies a cabeza. Nos internamos en la misma, avanzando cautelosamente por un pasadizo húmedo que se fue bifurcando. Las goteras resonaban rítmicamente dentro del espacio mohoso con aliento estancado. Seguimos un sendero, otro y otro. La oscuridad nos envolvió lentamente.
Al cabo de un rato, nos percatamos de que ninguno estaba muy seguro sobre qué dirección tomar para regresar a la entrada. Extrañamente, dos mochileros experimentados nos habíamos perdido en las profundidades de la cueva. Estando uno junto al otro, casi no podíamos divisarnos. Nuestras voces resonaron en la caverna:
- Tratemos de calmarnos, a fin de cuentas no estamos atrapados - quise
convencerme.
- Si, pero esta oscuridad me está dando un poco de claustrofobia. - dijo mi
amigo.
- Antes que nada hay que relajarse. Sólo hay que encontrar la salida. Hagamos
una cosa: démonos las manos para ir más seguros y evitar tropezarnos.
- Me siento un poco mareado. Mejor no hablemos mucho hasta que consigamos salir.
- Todo bien. Respirá profundo y si te hace sentir mejor, no hables – le dije.
A tientas, continuamos desplazándonos por el laberinto de piedra. Los charcos y las goteras se multiplicaban. Nos dimos cuenta de que la dirección que habíamos tomado no era la originaria, pero seguimos caminando; la posibilidad de detenernos o volver sobre nuestros pasos, implicaba alimentar nuestro estado de pánico. En algún lado tendrá que desembocar este camino, me dije a mi mismo. El agua comenzó a treparnos los tobillos y el frío se hizo sentir.
De pronto, mi amigo se detuvo bruscamente. Intenté seguir, pero me sujetaba la mano, petrificado en el lugar.
- ¿Qué pasa…volvemos mejor? – le pregunté.
No contestó, había enmudecido. Girándome hacia él, mis dedos se estremecieron al rozar su torso desnudo, helado.
- ¿ Y tu ropa, estás loco…?! - grité alterado.
Mi propio eco fue lo único que obtuve como respuesta. Volví a palparle el pecho para comprobar que no estaba equivocado. Rápidamente subí hasta la cabeza y descubrí, no sin espanto, que estaba completamente calva. Un acto reflejo me hizo retroceder y zafarme de la mano que me aferraba. Empecé a correr desesperadamente, aunque con dificultad, porque el agua se hizo cada vez más profunda. Puntadas de frío se me clavaban en las piernas. Escuché ruidos que se acercaban. Más adelante, logré divisar algo de luz bajo el agua. Al acercarme, me di cuenta que era un pasaje submarino que aparentemente conectaba con el exterior. El agua ya me llegaba casi a la cintura. Tomé aire, y a pesar del riesgo de congelamiento, me sumergí.
La luz blanca irritó mis ojos. Mientras emergía desde el fondo de una laguna de la zona, advertí la presencia traslúcida de una capa de hielo que se extendía por todo el perímetro. Golpeé enloquecido con mis puños hasta abrir un orificio por donde respirar. Ya no sentía mis extremidades. Asomé un brazo y arranqué un pedazo de hielo más. Saqué la cabeza y poco a poco el torso, hasta lograr salir por completo. Temblando, me postré exhausto sobre la superficie.
Acostado boca abajo, todavía agotado, distinguí algo borroso que se movía bajo el agua. Una figura desnuda, de piel pálida y calva, me duplicaba. Estando uno junto al otro, casi no podíamos divisarnos. La fina frontera nos separaba simétricamente. Finalmente, se perdió en las profundidades de la laguna.

Despertó confundido, tendido en la orilla. El sol intermitente, que se colaba entre los árboles lo había secado. ¿Cuánto tiempo habría estado inconsciente? Miró a su alrededor y sólo entonces pudo recordar. El hielo, el agujero, la laguna, el bosque, la cueva. Empezó a correr desesperadamente. Se internó en el bosque, debía buscar ayuda. Siguió un sendero, otro y otro. Tenía que encontrar a su amigo. Los árboles y las rocas se multiplicaban. De pronto, se detuvo bruscamente. Ahí estaba la grieta de grandes dimensiones, imponente otra vez. Avanzó cautelosamente por el pasadizo húmedo que se fue bifurcando. Escuchó ruidos que se acercaban y se agazapó detrás de una roca. Unas voces resonaron en la caverna. Al mismo tiempo que reconoció la voz de su amigo, enmudeció y un escalofrío le recorrió la médula de pies a cabeza. Las voces reproducían de manera exacta aquellos diálogos que alguna vez habían tenido. Petrificado en el lugar, se estremeció al palparse el torso desnudo y helado; hasta llegar a la lisa superficie de su cráneo. Era otoño.

* Miguel Masllorens nació en San Carlos de Bariloche. Transitó por la carrera Artes Combinadas de la UBA. Colaboró con contenidos para la revista de artes urbanas Newton Las Pelotas! Fue productor del programa radial Nautilus, 20.000 segundos de cultura submarina. Coordinó la sección de cine de la guía cultural Tbas. Produjo el EICU (Encuentro Internacional de las Culturas Urbanas) en el C.C. Recoleta y C.E.C. de Rosario. Actualmente dirige la performance de malabar Isondú, el proyecto de fotoperformance LigLab. Paralelamente se desempeña como dj migma realizando scratches con discos de vinilo para grupos de jazz, hip-hop, danza e improvisación. Escribió ocasionalmente en su adolescencia y todavia no sabe bien a qué se dedica.

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