domingo, 26 de septiembre de 2010

SUPERFICIES por Miguel Masllorens *



Era otoño. Caminábamos por el bosque. A medida que nos adentrábamos en la tupida flora patagónica, más húmeda se volvía la atmósfera. Los tonos de verdes y amarillos acaparaban el paisaje. El sol, intermitente, se colaba entre los árboles. Miré a mi alrededor y comenté:
- Cuando camino por esta zona, a veces tengo la sensación de que no estoy
solo.
- Para mi el bosque es como un ser abstracto en si mismo - respondió mi
amigo.
Continuamos la travesía, rememorando historias de fogones y montaña. La picada se tornó más irregular, hasta que nos topamos con un gran macizo de roca y unos metros más adelante, la entrada de una cueva. La grieta de grandes dimensiones que rasgaba la mole natural se erguía imponente.
- No me acordaba de esta cueva... - dije, medio extrañado.
- La verdad que yo tampoco… - me contestó.
Unos pocos segundos fueron suficientes para que la curiosidad nos recorriera la médula de pies a cabeza. Nos internamos en la misma, avanzando cautelosamente por un pasadizo húmedo que se fue bifurcando. Las goteras resonaban rítmicamente dentro del espacio mohoso con aliento estancado. Seguimos un sendero, otro y otro. La oscuridad nos envolvió lentamente.
Al cabo de un rato, nos percatamos de que ninguno estaba muy seguro sobre qué dirección tomar para regresar a la entrada. Extrañamente, dos mochileros experimentados nos habíamos perdido en las profundidades de la cueva. Estando uno junto al otro, casi no podíamos divisarnos. Nuestras voces resonaron en la caverna:
- Tratemos de calmarnos, a fin de cuentas no estamos atrapados - quise
convencerme.
- Si, pero esta oscuridad me está dando un poco de claustrofobia. - dijo mi
amigo.
- Antes que nada hay que relajarse. Sólo hay que encontrar la salida. Hagamos
una cosa: démonos las manos para ir más seguros y evitar tropezarnos.
- Me siento un poco mareado. Mejor no hablemos mucho hasta que consigamos salir.
- Todo bien. Respirá profundo y si te hace sentir mejor, no hables – le dije.
A tientas, continuamos desplazándonos por el laberinto de piedra. Los charcos y las goteras se multiplicaban. Nos dimos cuenta de que la dirección que habíamos tomado no era la originaria, pero seguimos caminando; la posibilidad de detenernos o volver sobre nuestros pasos, implicaba alimentar nuestro estado de pánico. En algún lado tendrá que desembocar este camino, me dije a mi mismo. El agua comenzó a treparnos los tobillos y el frío se hizo sentir.
De pronto, mi amigo se detuvo bruscamente. Intenté seguir, pero me sujetaba la mano, petrificado en el lugar.
- ¿Qué pasa…volvemos mejor? – le pregunté.
No contestó, había enmudecido. Girándome hacia él, mis dedos se estremecieron al rozar su torso desnudo, helado.
- ¿ Y tu ropa, estás loco…?! - grité alterado.
Mi propio eco fue lo único que obtuve como respuesta. Volví a palparle el pecho para comprobar que no estaba equivocado. Rápidamente subí hasta la cabeza y descubrí, no sin espanto, que estaba completamente calva. Un acto reflejo me hizo retroceder y zafarme de la mano que me aferraba. Empecé a correr desesperadamente, aunque con dificultad, porque el agua se hizo cada vez más profunda. Puntadas de frío se me clavaban en las piernas. Escuché ruidos que se acercaban. Más adelante, logré divisar algo de luz bajo el agua. Al acercarme, me di cuenta que era un pasaje submarino que aparentemente conectaba con el exterior. El agua ya me llegaba casi a la cintura. Tomé aire, y a pesar del riesgo de congelamiento, me sumergí.
La luz blanca irritó mis ojos. Mientras emergía desde el fondo de una laguna de la zona, advertí la presencia traslúcida de una capa de hielo que se extendía por todo el perímetro. Golpeé enloquecido con mis puños hasta abrir un orificio por donde respirar. Ya no sentía mis extremidades. Asomé un brazo y arranqué un pedazo de hielo más. Saqué la cabeza y poco a poco el torso, hasta lograr salir por completo. Temblando, me postré exhausto sobre la superficie.
Acostado boca abajo, todavía agotado, distinguí algo borroso que se movía bajo el agua. Una figura desnuda, de piel pálida y calva, me duplicaba. Estando uno junto al otro, casi no podíamos divisarnos. La fina frontera nos separaba simétricamente. Finalmente, se perdió en las profundidades de la laguna.

Despertó confundido, tendido en la orilla. El sol intermitente, que se colaba entre los árboles lo había secado. ¿Cuánto tiempo habría estado inconsciente? Miró a su alrededor y sólo entonces pudo recordar. El hielo, el agujero, la laguna, el bosque, la cueva. Empezó a correr desesperadamente. Se internó en el bosque, debía buscar ayuda. Siguió un sendero, otro y otro. Tenía que encontrar a su amigo. Los árboles y las rocas se multiplicaban. De pronto, se detuvo bruscamente. Ahí estaba la grieta de grandes dimensiones, imponente otra vez. Avanzó cautelosamente por el pasadizo húmedo que se fue bifurcando. Escuchó ruidos que se acercaban y se agazapó detrás de una roca. Unas voces resonaron en la caverna. Al mismo tiempo que reconoció la voz de su amigo, enmudeció y un escalofrío le recorrió la médula de pies a cabeza. Las voces reproducían de manera exacta aquellos diálogos que alguna vez habían tenido. Petrificado en el lugar, se estremeció al palparse el torso desnudo y helado; hasta llegar a la lisa superficie de su cráneo. Era otoño.

* Miguel Masllorens nació en San Carlos de Bariloche. Transitó por la carrera Artes Combinadas de la UBA. Colaboró con contenidos para la revista de artes urbanas Newton Las Pelotas! Fue productor del programa radial Nautilus, 20.000 segundos de cultura submarina. Coordinó la sección de cine de la guía cultural Tbas. Produjo el EICU (Encuentro Internacional de las Culturas Urbanas) en el C.C. Recoleta y C.E.C. de Rosario. Actualmente dirige la performance de malabar Isondú, el proyecto de fotoperformance LigLab. Paralelamente se desempeña como dj migma realizando scratches con discos de vinilo para grupos de jazz, hip-hop, danza e improvisación. Escribió ocasionalmente en su adolescencia y todavia no sabe bien a qué se dedica.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Primavera y Día B


Picnic de Lectura: Mañana es el Día B y estamos invitados a soltar un libro en cualquier lugar público para celebrar el Día de la Bibliodiversidad.Podés unirte a esta iniciativa desde cualquier lugar del país.¡Sumate a la liberación de libros en tu plaza, calle o transporte más cercano!

La BIBLIODIVERSIDAD es la diversidad cultural aplicada al mundo del libro. Como eco de la biodiversidad, se refiere a la defensa de un variado repertorio de voces y el acceso universal a la información y el conocimiento. En el mundo entero, la bibliodiversidad está íntimamente ligada a la producción de los editores independientes.

El “DIA INTERNACIONAL DE LA BIBLIODIVERSIDAD” se celebrará simultáneamente en diez países de Latinoamérica este año y se prevé que editores y asociaciones de editores independientes de otros 35 países sumen su participación en 2011.

Si bien la nominación que se elevará a la UNESCO reviste carácter universal, se ha elegido este día en particular por motivos simbólicos: el 21 de septiembre es el Día de la Primavera en el Hemisferio Sur. La Primavera evoca la variedad, el contraste de colores, el reverdecimiento, la transición, el amor, perfume, el anuncio de lo nuevo. Y el Sur connota la posición de periferia del sentido de circulación de las ideas en un mundo globalizado.

A la búsqueda de formas alternativas para la circulación del libro, una de las muchas actividades que se desarrollarán en EldíaB es una SUELTA DE LIBROS EN LUGARES PÚBLICOS. En el acto de desprenderse de un libro querido se estimula la multiplicidad de las lecturas y la acción de desprendimiento. Cuando un libro es leído sólo una vez no aprovechamos el máximo de su potencial. Estimulamos así que el próximo 21, los lectores salgan a los espacios y medios de transporte público dispuestos a soltar y a encontrar libros.

En Buenos Aires, editores, autores y lectores se encontrarán para intercambiar lecturas en la Plaza San Martín de 16 a 18 horas. Llevá tu libro para soltar y encontrate con un libro que te está esperando. En el resto del país, estás invitado/a a soltar libros en cualquier lugar público.

Más información en www.eldiab.org

martes, 14 de septiembre de 2010

LA TROCHITA




EN VIAJE por Martha Perotto *

Había hecho el viaje a la estancia para robustecer algunos convenios comerciales iniciados el año anterior y que se concretarían al final de la invernada. Cuando llegó, el clima estaba bueno y nada hacía pensar en la intensa nevada que se descargó después.
El dueño de la estancia lo invitó a quedarse unos días.
― Hasta que se pueda andar por los caminos.
Y así lo hizo. Pero parecía un alma en pena rondando por las habitaciones y los galpones en la espera.
Rogó al dueño que en cuanto vislumbrara la posibilidad de moverse lo llevara a la estación de Leleque para viajar en "La Trochita" hasta Jacobacci. En esta localidad de la línea sur podría abordar el tren a Buenos Aires, procedente de Bariloche. Corrían los años sesenta.
Antes de iniciar este trabajo, él pensaba que el mundo estaba muy adelantado en materia de comunicación y desplazamientos; sus recorridos por las estancias de la Patagonia ― con el fin comprar lana para la compañía textil que lo había contratado ― le demostraron lo errado que estaba.
Se le hizo imperioso no permanecer ni un minuto más en ese tiempo demorado, detenido en otro siglo, lejos de todo y en el que el invierno tenía sólo el aspecto de una larga espera que a nadie parecía importarle y a la que se sumaba la suya, colmada de impaciencia.
El dueño pudo contenerlo apenas unos pocos días más. Para cuando aprestaron la chata con dos caballos ― único vehículo capaz de circular ― los caminos habían mejorado bastante. Buscaron convencerlo de que esperara el convoy en cualquier punto de las vías, que no era necesario llegarse hasta la estación. Que había que hacer un buen fuego para que lo viera el maquinista y detuviera el tren para que él lo abordase, que era la costumbre del lugar.
Decidió hacerles caso, alcanzarían las vías en una hora, mientras que llegar a la estación implicaba por lo menos cuatro o cinco si todo andaba bien. Llevaban en la chata la leña necesaria para mantener un buen fuego por unas horas puesto que la vegetación de la zona no ofrecía muchas posibilidades en ese aspecto.
― Y menos pa` un forastero. Acá nosotros sabimos buscar raices que prienden; matas que se queman aunque estean mojadas.
Y partieron. La nieve iba descubriendo manchones de pasto duro, pero se resistía a abandonar los puntos en los que se había acumulado, "voladeros" como les decían que en muchos lugares habían llegado a formar verdaderas paredes de nieve, dada la violencia del viento.
Pronto alcanzaron el terraplén que sostenía los rieles de "La Trochita", minúsculo tren de trocha angosta. Setenta y cinco centímetros entre los rieles y una copia en miniatura de los trenes a vapor.
El peón que lo había conducido hasta allí, le ayudó a preparar la fogata y le dijo que la mantuviera encendida para que el maquinista viera el fuego. Lo dejó en una loma, en un tramo recto de los rieles; buen lugar. Ahí tenían que verlo por fuerza, ya que para ascender el tren debía pasar cerca varias veces en un recorrido sinuoso.
Las vías estaban despejadas, señal de que el tren había pasado rumbo a Esquel y pronto estaría de regreso, "Hora más, hora menos" como le dijo el peón antes de dejarlo con todo listo, saludarlo y azuzar a los caballos mientras se alejaba.
Pronto dejó de verse. El fuego chisporroteaba alegre. Pero su espíritu no acompañaba ese sentimiento, recién se daba cuenta de que era un disparate su apuro. Él, un ignorante en todas las cosas del campo, estaba solo en esa inmensa soledad, con combustible sólo para unas horas. El frío era intenso.
Se sentó sobre la valija y se propuso no perder las esperanzas, que ya eran un delgado hilo que en cualquier momento podía quebrarse... como él, un tipo que se creía duro, acostumbrado a la lucha en la ciudad; a la que siempre consideró como una selva en la que había que sobrevivir, y eso lo hacía bien.
Aquí... miró alrededor... había que soportar la soledad, conformarse. Frugalidad en una tierra que da poco es la mejor respuesta de adaptación... además, se necesitaba resistencia... sabiduría para encontrar protección en los temporales de nieve ― como ese último, que por suerte le había tocado vivir bajo techo ― ¿y si se desataran ahora todos los demonios de ese clima terrible?
Volvió a su primera determinación de no pensar en el tema y echó más leña al fuego. Su reloj no funcionaba desde hacía unos días, calculó que ya había esperado cerca dos horas. Se resignó, era evidente que el tren venía con demora. Comió hasta acabar lo poco que llevaba. Pasaron unas dos horas más. El cielo se encapotaba rápidamente, se venía otra tormenta. La desesperanza comenzaba a cubrirlo como un manto.
El frío lo rodeaba. Tenía calor de un lado y frío del otro, según el costado que exponía al fuego. Vuelta y vuelta. Diferencia entre vida y muerte.
Iba a oscurecer temprano; le quedaba poca leña ya. ¿Y si se le terminaba y el tren pasaba sin verlo?
Percibió un temblor en los rieles sobre los que, por casualidad, pisaba. Les puso una mano encima y después acercó la oreja. El pequeño convoy se acercaba.
Un ruido acompasado rompió el silencio y un pitido acompañado del vapor espeso que salía de la chimenea del tren saludó al humo de su pequeño fuego, ya lo habían visto. Alimentó la hoguera con los últimos palos de leña y el vigor de las llamas calentó su aterido corazón. Volvió a saludar al maquinista en la siguiente pasada y en la otra y se aprestó para abordar el tren. "Inútil apurarse" se dijo, puesto que aún pasaría otra vez por el mismo punto, cada vez un poco más alto, hasta que luego de un tiempo que le pareció infinito se detuvo a su lado en una suma de chirridos y quejidos de hierros y maderamen viejos. Parecía un tren de juguete; una miniatura de parque de diversiones o de recorrido de jardín zoológico. Subió. Un guarda le cobró el boleto y lo hizo ingresar a un vagón atestado de personas y de bultos. Un tufo húmedo de gente amontonada, de leña verde, de establo, le golpeó el olfato. Los rostros curtidos de hombres y mujeres se volvieron hacia él. No había sorpresa por el hecho de que el convoy se detuviera a levantar pasajeros en medio de la nada, eso era habitual. Él era el motivo de la curiosidad; aunque vestido con ropas de fajina, no podía desmentir su aspecto ciudadano. Destacaba entre los colores oscuros y terrosos de ponchos y sombreros.
Nadie hablaba. Se acomodó como pudo en un rincón y, pasado un rato, aún sentía las miradas fijas en él; le pareció obsesivo, casi una provocación. Afuera se había desatado la tormenta; nevaba poco, pero no tenía visos de parar Parecía que no avanzaban, quedar aislados era un riesgo. ¿llegaría a tiempo para combinar con el otro tren, el que lo llevaría a un lugar civilizado?
El vagón tenía una estufa en el centro; los asientos eran pequeños, de madera, como hechos a escala para muchachitos de doce años.
Los hombres alimentaban el fuego mientras las mujeres hacían circular dos o tres mates. Las pavas se calentaban sobre la plancha de hierro de la estufa.
Las miradas fijas, más que provocación comenzaron a parecerle parte de una conspiración. En mala hora, recordó una vieja historia, un cuento ― creía que de Mark Twain ―, que hablaba de un tren aislado en la nieve y sin provisiones. En él, los pasajeros realizaban un sorteo para ver quién sería destinado a servir de alimento a los otros. Con frialdad sajona habían considerado que ésa era la única forma de que algunos pudieran sobrevivir. Canibalismo. Humor negro del irónico autor. Si ello sucediera en este tren, seguro que él sería la víctima, sin sorteos.
Estaba cansado, pero no quería dormirse.
De pronto, con los habituales jadeos y un frenazo brusco, el tren se detuvo. Descendieron: una pequeña avalancha había tapado los rieles. El maquinista y el guarda repartieron palas y, turnándose, los hombres pusieron manos a la obra para despejar las vías. Él se encontró de golpe paleando nieve con el mismo entusiasmo de los demás. Terminaron con bastante rapidez. Era hora, la nieve arreciaba. Subieron helados y empapados, pero seguían en viaje.
El trabajo en común los había hermanado. Alguien le alcanzó un mate con una blanca sonrisa en el rostro moreno que antes le había parecido torvo. Una mano callosa le alargó una torta frita. Un joven sacó una guitarra y él, acunado por el bamboleo del tren, rodeado por el calor humano y el de la estufa, con el estómago aplacado, se durmió como un niño al compás de una bella y triste milonga surera.

* Martha Perotto nació en la ciudad de Buenos Aires y hace más de 23 años que reside en El Bolsón, Río Negro. Es maestra y Profesora en Lengua y Literatura, ejerce la docencia en escuelas secundarias.
Sus obras son: "Cuentos para un invierno largo" (2000) y dos novelas: "De un castillo en Patagonia" (2003) y "Territorio: Waj Mapu. Patagonia secreta" (2004) y el libro "En Viaje" (2005)al que pertenece este relato.
Integra las antologías: "El lunes a las ocho" (El Bolsón); "Isidro Quiroga 93" (Comodoro Rivadavia); "De jinetes y soledades" (Biblioteca Nacional); "Bolsoneros, cuenteros y verseros" (El Bolsón).

lunes, 6 de septiembre de 2010

FESTIVAL NACIONAL DE CINE Y VIDEO “Río Negro Proyecta”

“Los labios” y “Orquesta roja”, tuvieron que contentarse con compartir el premio más importante del certamen. La primera de las películas lleva las firmas de Iván Fund y Santiago Loza, mientras que la segunda es obra de Nicolás Herzog. Se vieron forzados a adoptar esa determinación salomónica los jurados Fernando Martín Peña, Anahí Berneri y Miguel Pereira.

Por otro lado, una de las problemáticas que cruza la región, es decir, la presencia de las trasnacionales de la minería con su secuela contaminante, alcanzó un reconocimiento de mucha importancia, al imponerse en la categoría Mejor Largometraje Regional “Vienen por el oro, vienen por todo”, de Cristián Harbaruk y Pablo D’Alo Abba. En este caso, la película se hizo acreedora de 15 mil pesos, que instituyó la repartición gubernamental organizadora.
Pero además, “Vienen por el oro...”
http://www.youtube.com/watch?v=iwTlXaH5Gfg también se llevó otro galardón, el “Mamachita seguí rodando”, que otorga la productora Masa Latina.

En este rubro, se registró también una mención especial del jurado para “Camino al Tembrao” del realizador Federico Laffitte. La entrega de premios tuvo lugar en la víspera, luego de que se agotara la programación y de la correspondiente cavilación de los jurados.

En la Competencia Regional de Cortometrajes, se llevó la primera distinción el corto “Singapur”, tarea de Manuel Reyes y Agustín Grego. En este caso, los realizadores se alzaron con otros 10 mil pesos, que también instituyó la Subsecretaría de Cultura de Río Negro. El jurado se conformó con Diego Brodersen, Juliana Pousiff y Laura Linares, quienes otorgaron otra distinción: el Premio Especial del Jurado. La distinción consiste en tres becas de capacitación para el Centro de Formación Profesional del SICA. Se alzó con este premio “Fortín Chacabuco”, de Mariano Benito.

Publicado por diario El Cordillerano, San Carlos de Bariloche, 6/ 09/ 10

sábado, 4 de septiembre de 2010

MARCELINO CAYÚN por Guillermo Luis Rodriguez *




Dos días antes de la nevada grande que hubo en el ochenta y dos, Marcelino le dijo a su madre:
-Tiene ganas de nevar.
-Ahá, dijo ella, y continuó amasando el pan.
-Tenemo poca carne.
-Qué habrá, dijo ella, medio cuarto y un pedazo de cogote. Eso habrá.
El silencio tiene la dimensión del campo. La luz es extraña. Marcelino no deja de mirar por la ventana.
-Tendría que buscar los capones. Dijo Marcelino.
Ella asintió. Cortó varios panes que fue colocando en platos de lata. Cuando terminó dijo:
-¿Cuándo va a ir?
¿Cuántas veces fue al bajito del molino? Todos los días de su vida, podría ir con los ojos cerrados. Conoce cada piedra, cada mata, cada sonido del viento silbando entre las lomas.
Marcelino tiene treinta y dos años. Apenas fue dos veces al pueblo, una vez "para el documento" y otra vez, "para la revisación del servicio militar". Pero no fueron buenas experiencias. Hay tanto para hacer en el campo que no alcanza el tiempo, y este campo no da para peón.
El vecino Don Martínez le dijo una vez que lo invitaba a venir con él y que lo tenía alojado en su casa. Así que podía ir. Pero dejar sola a la vieja con "la Flora y la Norma", no se puede. Alguien debe cuidar.
-¿Qué va a hacer?
-Y, mañana voy a dir al bajito del molino. Seguramente que están ahí.
-¿ Llevá el caballo y lo perro?
-Y, sí. Así toy de vuelta pal medio día. Los tenemos en el corral chico... por lo meno tenemo carne.
Al día siguiente, la madre de Marcelino se despertó más temprano. Se levantó y miró por la ventana como buscando la señal que justificara esa calma. Había nevado toda la noche. Más de un metro de nieve rodeaba todo el paisaje.
-Marcelino. Ta todo nevado. ¡Ni se puede salir de las casas!
-La puta madre que lo parió - fue la respuesta.
Marcelino se levantó, se vistió con todo lo que tenía de abrigo y pateando nieve llegó a la cocina. Hizo fuego y preparó unos mates. Las mujeres de la casa empezaban las tareas del día. Entonces Marcelino dijo:
-Me via dir a pie nomás. Ni caballo ni perro. Lo perro no puede andar ahí.
Su madre dejó que un largo silencio tomara la dimensión del desafío. Entonces dijo:
-¿Te parece Marcelino?
-Y, sí. Así puede estar tres meses o más. No vamos a tené nada para comé. Ni a lo del vecino vamo a podé ir.
Le hicieron un atado con tortas fritas, charque, yerba, un poco de azúcar, un jarro de lata, un puñado de cigarros armados y dos cajas de fósforos envueltos en un nailon.
Cuando todo estuvo listo, dijo:
-Bueno, chau.
La madre y las hermanas vinieron y le dieron un beso.
Salió cerca de las diez de la mañana.
Pasada la loma el trayecto fue más difícil. Allí empezó a sentir el ruido. Al principio pensó que era la camioneta del vecino. Pero no podía ser. Además ni cuando hay buen tiempo conviene andar por esos lugares. La nieve le llegaba más arriba de la cintura. Ya había sentido que debajo de la nieve debía haber varios animales porque los oía balar. En ese momento se apareció el aparato.
Desde más de cien metros vieron a ese hombre abriéndose camino con la pala. Era una hormiga negra cruzando un enorme helado de limón.
Marcelino nunca vio algo así, que se le viene a la cabeza y no tiene adónde ir. Se siente vulnerable. Atrapado. El viento, el ruido lo hacen temblar. Así y todo piensa: "parece un walkie-walkie gigante" **.
El helicóptero de rescate fue descendiendo lentamente. Cuando estaba a cuatro metros del suelo, se corrió la puerta del costado y se asomó un hombre de mameluco anaranjado que dejó caer delante de Marcelino una escalera plegable.
-Agárrese hombre, suba por favor, haga un esfuerzo más...
Marcelino dijo:
-¡No se escucha nada! Estoy campiando unos animales... chau.
Digo que ando buscando unos capones...
El hombre de anaranjado pensó: Y se perdió. Es lógico con tanta nieve... Entonces dijo:
-Agárrese por amor de Dios. No tenga miedo. Tenga fe, que lo vamos a salvar. ¿Me escucha?
-¿Eh? Claro que lo escucho, pero tengo que llevar los capones a las casas.
Cuando Marcelino estuvo arriba del helicóptero, todo cambió. Qué lindo que se ve todo desde arriba. Mierda, la casa de Martínez está tapada por la nieve.
-¿No puede sacar el ruido? - dijo Marcelino.
-Tuviste suerte hermano, la verdad es que te sacaste la lotería. Tomá un trago de ginebra. Afuera debe haber como quince grados bajo cero. Tomá, tomate otro trago, que debés tener un frío bárbaro.
-No lo pongas en pedo Julián, que capaz que está tomando algunos medicamentos y le hace mal.
-¿Usted está tomando medicamentos?
-¿Yo? Huy, mierda cómo se mueve la tierra. Y este ruido, chup chup chup que me caga la cabeza. Oiga, no se vaya chofer. Bajemé que tengo que encontrar las ovejas. Quiero que me baje porque ando... que la cabeza me da güeltas... que las ovejas que tengo...
-Está delirando - dijo el que se llamaba Julián.
-No es para menos, quién sabe desde cuándo anda perdido. A este si que lo salvamos justo.
Marcelino cerró los ojos poblados de horizonte mientras el ruido se iba desvaneciendo como esa polvareda que deja la camioneta de Martínez cuando pasa.

-Despierte, vamos hombre.
-¿Pulso?
-Un poco más de lo normal.
-Despierte hombre, ¿Cómo se llama? ¿De dónde es?¿Cuántos años tiene? ¿Es alérgico...?
Marcelino abrió los ojos. No podía entender de dónde salió tanta gente. Ese olor desconocido. Esa mujer que le pregunta. Esos trapos blancos.
-¿Qué? - atina a decir - bajemé que tengo que encontrar las ovejas. Si no las encuentro, se van a morir y nosotros también.
-Claro, claro - dijo la señora de blanco - Marta, llevá al señor a internación, ducha y derivalo a Eleonora.
Lo sentaron en una silla y ahí se dio cuenta que no tenía la ropa puesta. Sólo ese coso blanco, blanco que tapa como la nieve su espíritu desolado.
-Se lo dije a otra vestida de blanco, yo salí a buscar unas ovejas por la nieve, puf, la nieve y el viento juntos es lo peor. El viento vio, arremolinea. Nunca había visto tanta nieve. La mamá me dijo que en el treinta y seis nevó así. Lo peor es que la oveja se queda quieta, ¿vio? Así en un cañadoncito. Se amontona, ¿vio? Quince diez cien animale. Quieto quedan, y lo tapa la nieve. Todito lo tapa. Y no crea que pasa frío, no. La oveja no es tonta. Ella no pasa frío. Eso si, no hay que mojarse. Si se moja ahí la caga. El problema es que no aguanta muchos días porque no tiene pasto. La oveja se come la lana, pero eso debe ser peor por el hambre ¿vio? Yo estaba buscando y apareció el walkie-walkie con el hombre. La casa quedó tapada por la nieve, pero no le hace nada porque tenemo leña. Al reparo está. La quinta no se ve más. Todo blanco. Sabé que no podíamo salir de la pieza porque la nieve tapaba la puerta. Pero tenemo pala y sacamo la nieve. Qué vamo a hacé. Sacá la nieve comé torta frita y dormí. La radio... no tenemo pila. Son muy cara la pila y el turco de mierda no quiere dar más fiado. No tiene precio la lana, me dijo. No podés gastar más, entonces, no escuchamo la radio tampoco.
Convidaron, yo que voy a decir. Después de cuatro hora paliando en la nieve, la ginebra e lo mejor. Mi pala briyaba de lo que palié. Lo dejé tirada mi pala. Pero yo sé donde está. No te preocupés me dijo el hombre y me sentó. Cuando quise acordar estaba maneado dentro del aparato. ¿Qué quiere que le haga, que me quede en las casas sin comida cuando las ovejas se mueren solas y no las aprovechan ni los zorros? El de anaranjau me dijo, vení, pero yo jui un ratito y el muy sanputa se remontó y ya no me quedaron ganas ni de hablar. Peor, por ahí sentía ganas de ir al escusado y fruncía. Para distraerme pensaba en cómo vine a parar a este lugar, que no sé ni como se llama pero debe quedar lejos del pago porque acá hay mucho cerro y allá es puro plano. Entonces me quedé quietito y el hombre decía, pobrecito, está entumido. Y entonces ya no vi más nada.
Acá estoy bien, no se ofenda nadie, pero quiero volver para las casas. Quiero que me devuelvan mis cosas y mi ropa. Hace quince días que no pueden encontrar mi ropa. Unas señoritas me traen comida. Poca carne, vio. Pura sopa y sin sal, pero bueh, es comida. Y vino no, tampoco hay vino. La chica son buena, la jodida e la vieja. Pa mi la que me sacó la ropa fue ella. Me da vergüenza contarlo pero lo digo. Muy mal la pasé lo primero día. No podía encontrá el escusado ¿vio? Entonces me salí pal patio me jui a un rincón y me alivié el cuerpo. Entonces vino la vieja esa y me dijo mugriento de mierda, y le dije que no podía encontrar el escusado y me llevó con ella y otras dos que se reían de mí. ¡Me llevaron a un escusado dentro de la casa!
-Meás y cagás ahí dentro del inodoro, para mear, levantás la tapa para no salpicar para afuera.. Te limpiás el culo con este papel. Sacás así, un poco, hacés un bollito y te lo pasás para que no te queden pegadas las cascarrias, ¿entendés? Por ahí me parecía que que la otra se reía.
Mire si habrá gente mala, uno sale a buscar la oveja y lo alzan, lo llevan por ahí, le sacan la ropa, lo bañan, lo tusan, le cortan la uña como si fuera animal reservado pa la rural. Qué habrá pasado en la casa, la mamá andará triste, y los hermanos míos que tengo dirán: Pobrecito, Marcelino murió. Debe estar muerto. Duro habrá quedado en la nieve. Si no lo encontramo ante de la primavera, capaz que se lo comen lo zorro, dirán. Y yo acá, sin plata, sin ropa y sin caballo. Qué boludo fui al hacerle caso al hombre ese. Peor que el turco.
Ahora tengo ropa. Me la agarré a la vieja puta. Le puse una cuchara en el cogote y le dije: Me traés la pilcha o te abro como un piche. Se cagó toda. Se armó un quilombo, llamaron a la policía y yo aproveché para avisar que me habían tirado mi pilcha. Al final me trajeron ropa, que no es la mía y tengo miedo que se me aparezca el dueño y me la pida. Igual es mejor que andar mostrando el culo. Me dijo que me la habían tirado porque no daba más de mugre. La puta madre que la parió, seis años que tenía esa pilcha y lo abrigada que era. Me la tiró la puta vieja. Me afeitó lo poco pelo que tengo a la barba y me mostró el espejo más grande que vi en mi vida. Allá en las casas tenemos espejo redondo como el grandor de un plato. No se vaya a creer que somos unos paisanos atrasados. Acá, Dios mío qué derroche, si en ese espejo me entraba medio cuerpo.

-Mamá, Flora, Norma, soy yo, el Marcelino, estoy de vuelta.
-...
-Soy yo... Marcelino.
-Vos..., vos no sos mi hijo. Parecido, pero no. Andate por donde viniste. Sos el diablo.
-Mamá míreme bien, soy yo, lo que pasa es que me tusaron el pelo, me bañaron y me dieron otra ropa.
-No. Dijo ella. Al Marcelino no lo pueden tusar si él no quiere. ¿Bañarlo?, no, y menos sacarle la ropa.
-Le digo que soy yo. Un hombre vino volando y me alzó.
-¿Volando?
-Si, en un walkie-walkie, así, más grande que esta casa.
-Vea, no venga con cosa que sabemo que no pueden pasar. Haga el favor de irse. Tenga respeto por nuestro muerto. Nosotro no le hicimo nada a Usté. Haga el favor, respete.
-Mamá...
-¡No! Usté es parecido, pero no es mi Marcelino. Mi Marcelino murió. Salió a buscar unas ovejas. Para comer, ¿vio? Y no sabemo nada de él. No sabemo lo que pasó. El bebedero se escarchó hasta el fondo. Debe haber mucho frío para eso. Eso lo mató al Marcelino. Me querés confundir diablo soretero, pero yo le conozco el olor al Marcelino. Y vos no sos. Retírese de acá.
-Mamá mis cosas, mi colchón, mi pilcha, el pelero mío, mi lazo, ¿ande están?
-Marcelino está muerto. Lo muerto no necesitan colchón. Lo di todo. Todo lo di. Mi hijo querido se murió. Se jue a buscar unas ovejas y murió. Mi hijo es muerto ahora. Fuera.
Marcelino Cayún presagia que no está vivo ni está muerto.



*Guillermo Luis Rodríguez nació en Río Gallegos, Santa Cruz. Es autor de: “De cómo fue aquello de la casita de los tristes y efímeros amores y todo eso”. (Fondo Editorial Rionegrino - Eudeba 1989) “Así vienen los barcos, así los cardos rusos.” (Fondo Editorial Rionegrino 2006).
Publicó cuentos y narraciones en Antologías regionales, en cuadernillos del Plan de Lectura del Ministerio de Educación de Chubut y en diarios y revistas patagónicas.
Participó en la antología de cuentos “Leer La Argentina” del Ministerio de Educación Ciencia y Tecnología de la Presidencia de la Nación / Fundación Mempo Giardinelli Editorial Universitaria de Buenos Aires 2005.
Coordinó Talleres Literarios en Río Colorado, Catriel, Comodoro Rivadavia y en Viedma en la Unidad Penal Nº 12.
Fue Miembro del Equipo de Investigación del PID CONICET - Ministerio de Asuntos Sociales Provincia de Río Negro - que trabajó en el relevamiento de la Meseta Somuncurá en 1993 y en 1998 en la Obra Ampliada de Chubut.
Fue Coordinador de Desarrollo Social y Vivienda de la Municipalidad de Comodoro Rivadavia y posteriormente Director General de Cultura.
Es co-autor,ad honorem, del libro “El Cuy” y colaborador en la obra “Bajo del Gualicho” de la Secretaría de Acción Social de Río Negro.
En la actualidad es Miembro del Pro-SEPA (Programa Semipresencial de Educación Polimodal para Adultos) proyecto del Ministerio de Educación de la provincia de Chubut.

* * Nota del autor: Walkie-walkie (entonación en inglés) quiere decir alguacil en Mapuche, o libélula entre la gente informada.