viernes, 20 de mayo de 2011

Quizás el viernes por Mónica de Torres Curth (*)



Siete veces al día pasaba el trapo húmedo a las mesas, barría y limpiaba el mostrador con una franela desteñida; siete veces al día y la capa de polvo sólo se levantaba para dejar que ella pase el trapo, y después volvía a posarse exactamente en el mismo lugar.
Repasaba dos o tres veces los vasos y las tazas, con un cuchillo de punta raspaba la mugrecita que se forma en la manija de la azucarera, calentaba el agua, sacaba un pan de la heladera que mantenía envuelto en el trapo húmedo, adentro de su bolsa, hasta no estar segura de que alguien pediría tostadas.
El frasco de dulce ya estaba ahí, la lechera con la leche tibia, la manteca esperando su turno, no iba a sacarla antes porque se ablandaba demasiado y después se ponía rancia.
Pensó que un día podría hacer una torta, pero nunca se sabe si bajarán dos, tres o diez del colectivo, o quizás no baje ninguno, o sólo traiga gente de vuelta a las casas. Tal vez algún día hiciera torta de manzanas.
Emma se cepillaba el pelo, el pelo largo y fusco, mimado de tantas tardes aburridas, de tantos sábados fríos y vientos inmortales. Lo cepillaba cansadamente hasta que en un momento lo giraba hasta enroscarlo, haciendo un nudo en la nuca que nunca se desataba. Lo cepillaba de seis a siete, porque a las siete y media llegaba el colectivo.
Tenía un espejito redondo colgado de la pared y se daba una mirada rápida, convencida de que estaba bien así.
A las siete, sobre las mesas cerca de la ventana, despegaba manteles a cuadritos verdes y blancos, les extendía encima un plástico transparente y ponía los ceniceros de Cinzano.
A las siete y cuarto prendía la lamparita de afuera, descorría las cortinas y ponía el cassette de Julio Iglesias. Mientras lo escuchaba cantar se acomodaba el delantal, se miraba la pollera, los zapatos, guardaba el tejido en la canasta y se paraba detrás del mostrador.
El colectivo llegaba puntual, sin importar si llovía como ese día, o nevaba como toda la semana anterior. De lejos el viento traía el rumor del motor, o quizás era su imaginación. Las que no engañaban eran las luces cuando doblaba la última curva y enfilaba para el bar.
El chofer ni se bajaba, era una parada para subir y bajar pasajeros, pero siempre le sonreía cuando se iba. Muchas veces, hasta le pareció que le guiñaba un ojo. Pero en esta época oscurece temprano, y quizás sólo le había parecido. Sabía que se llamaba Ernesto, sólo eso. Debía de ser alto, y joven, tendría unos cuatro o cinco años más que ella. Cuando hiciera una torta, una de manzanas, quizás podría acercarle un pedazo envuelto en una servilleta. Una de esas que había bordado, con dos E enlazadas en perlé blanco sobre el lino blanco. Ella se llamaba Emma Esther, pero quizás él pensara que podría ser de Emma y Ernesto. Tal vez a la pasada del día siguiente bajaría a devolvérsela, y podrían hablar, aunque cortito, pero él podría verle los ojos celestes como los de su abuela, y ella quizás podría ofrecerle algo o si no, prometerle unos buñuelos para la semana siguiente.
Miraba todavía cómo el colectivo se iba, escondiéndose detrás de la lluvia espesa, pensando en que tal vez para el viernes haría la torta de manzanas, cuando la sobresaltó la puerta que se abría. Un hombre entró.
Saludó con un gesto, se sacó el abrigo, apoyó su valija a un costado y se sentó de espaldas a la ventada cerca de la salamandra. Cruzó las piernas y la miró.
Emma buscó la libreta y el lápiz y se acercó a la mesa. El hombre estaba empapado. Tal vez había estado un rato largo parado en la vereda, tal vez esperaba a alguien que no había venido a buscarlo. Una gota se desprendió del mechón de pelo que de deshilachaba sobre la frente. La sopló, antes de pasar la mano.
- ¿Señor?
El hombre olía a hombre, no a ese olor rancio de los borrachos de siempre, no a ese olor pegajoso del Carlos cuando se le acercaba demasiado. Un olor distinto, abundante, generoso.
Él la miró con esos ojos oscuros, y ella se dio cuenta de que tenía la piel dorada, que tal vez tuviera unos cuarenta y cinco o cincuenta años, el doble de los que tenía ella. Se dio cuenta de que hacía varios minutos que lo miraba y se sintió desarreglada.
- ¿Señor?
- A coffee, please.
No entendió lo que dijo, no supo qué contestar, pero en realidad, pensó, qué podría querer sino un café. Caminó al mostrador, sabiendo que él la observaba. Por qué no me puse la pollera roja que es más nueva, pensaba, y sentía que él la miraba, la miraba toda.
Puso café negro en una taza, leche en una jarrita y la llevó a la mesa. Los ojos grandes y negros le sonrieron, él dijo algo que ella no entendió, pero se quedó parada al lado, esperando algo. El hombre hizo un gesto con la mano como enrulando el vapor del café con su dedo. Entendió: azúcar.
El hombre puso los pies sobre una silla y se inclinó un poco hacia atrás. Cerraba los ojos cuando tomaba el café. Emma parada atrás del mostrador lo miraba largamente tratando de descubrirlo.
Pasó un buen rato, él parecía dormitar cuando el cassette de Julio Iglesias se terminó. Un golpe seco del grabador al apagarse los sobresaltó a ambos. El hombre se levantó sólo un poco y mirando a Emma sin decir nada abrió la salamandra y puso dos o tres troncos adentro.
Ella buscó en su caja de cassettes uno romántico. Encontró uno de Los Plateros. Él le sonrió ampliamente y levantó su taza de café. Ya debían ser como las nueve, y tendría que pensar en hacer algo de comer. Le llevó café caliente.
- ¿Va a cenar, señor?
El hombre sólo la miraba y sonreía. Tendría que decidir ella. Fue a la cocina y al poco rato aromas mezclados empezaron a llenar el lugar. Una carne a la plancha, algo de ajo, cebollas fritas, perejil, un tomate cortado en rodajas, orégano y aceite. Llevó la bandeja a la mesa.
Él recibió complacido lo que ella iba poniendo en la mesa. Comió hasta la última miga. Pasó el pan por el plato. Dijo algo, no supo qué, pero era de contento, eso seguro.
Un cassette tras otro, un silencio sólo cortado por sonrisas, miradas y cada vez más suspiros. Entró el Carlos. Receloso miró al hombre que con las manos cruzadas sobre la nuca se hamacaba en la silla al lado de la salamandra. Tomó tres o cuatro ginebras, estirando el tiempo para poder quedarse sólo con la Emma, pero el gringo parecía no tener apuro.
El Carlos empezó a cabecear y se quedó dormido acodado en la mesa de la esquina. Emma fue a la cocina y desapareció por un buen rato. Hizo más café, le acercó al hombre la cafetera y la botella de ginebra. Él sólo corrió la taza mientras la miraba a los ojos. Ella desviaba la mirada un poco turbada pero el olor del hombre la hacía quedarse cerca.
Un perfume a torta empezó a llenar los rincones y ella corrió hacia adentro. En un ratito la traía sobre un plato. Una camioneta oscura se acercó por el camino embarrado. El cuchillo se hundió en la masa esponja, tropezando de a ratos con los pedazos de fruta. La camioneta paró frente al bar sin apagar el motor. Sonó una bocina. El hombre se puso el abrigo y levantó la valija, metió la mano al bolsillo y dejó unos billetes sobre la mesa. Emma estiró la mano y le alcanzó una servilleta de lino blanca con un pedazo de torta todavía caliente adentro.
Él soltó la valija, tomó con cuidado la torta y como al descuido rozó la mano de Emma que temblaba. Le sonrió, dijo algo y abrió la puerta.

(*) Mónica de Torres Curth nació en San Carlos de Bariloche. Estudió matemáticas en la Universidad Nacional del Comahue, donde se desempeña como Profesora Adjunta. Integra la antología de cuentos “Casi Nada en el Viento”, Ediciones La luna que (2000). En el año 2002 recibió el primer premio en el concurso “Cien años de Bariloche”, organizado por la dirección de Cultura Municipal de la ciudad. En 2003 recibió mención de honor en el Concurso de Narrativa Breve del XVIII Encuentro De Escritores Patagónicos, Puerto Madryn, Chubut, en el que participó como jurado el escritor Abelardo Castillo.

1 comentario:

Alberto dijo...

Hola! Me gustó tu relato, pero no el final. Daba para más. Cariños, ALBERTO