lunes, 27 de junio de 2011

¿Te acordás? por Albertina Rahm *



¿Te acordás del loco Díaz? Cuando éramos chicos lo mirábamos pasar por la ventana de nuestras casas. A veces nos animábamos a acercarnos a la calle, porque, aunque nos divertía, le teníamos miedo. El loco Díaz. Me acuerdo que tenía barba, siempre andaba rotoso y la ropa le quedaba grande. Caminaba con grandes trancos y de golpe se paraba, reculaba tres o cuatro pasos, daba unas vueltas, se acomodaba el sombrero gris y seguía su camino. Mamá nos decía que se daba cuenta cuando lo estábamos mirando y por eso se ponía nervioso.
¿Te acordás que no faltaba a misa de diez los domingos? Nosotros, con nuestro misal abierto y el rosario apretado en las manos, hacíamos como que rezábamos: padre nuestro que estás en el cielo... pero en realidad estábamos pendientes del loco, y a cada rato, disimuladamente - eso creíamos - nos dábamos vuelta para mirarlo. En medio de la ceremonia, cuando no volaba una mosca, porque el cura estaba dando la hostia o el sermón, daba un resoplido o pegaba un zapateo. Ahí no le teníamos miedo, al contrario, nos agarrábamos unas tentaciones... Con una mano en la boca y la cara tapada con el libro, tratábamos de reprimir la risa. Entonces mamá nos sacaba de un brazo, nos daba un buen reto y nos amenazaba con no llevarnos nunca más a misa.
¿Te acordás que una vez mi papá lo contrató para hachar unos troncos y después de terminar siguió volteando todos los arbolitos de alrededor? Si papá no hubiera aparecido a tiempo no quedaba árbol en pie. Mamá le dijo que aunque cobrara barato no lo trajera más para hacer trabajos porque podía ser peligroso. Era feroz con el hacha el loco. Por eso nadie le daba changas.
¿Te acordás de ese invierno que nevó tanto? Cuando se cortó el camino y muchos animales se murieron de hambre, un metro había delante de la casa y después vinieron las heladas. También... era pleno julio. La nieve tardó como un mes en irse. Nosotros chochos jugando con los trineos y nuestros padres meta secar la leña y cortar maitenes para los animales. Las estalactitas que colgaban del techo medían más de un metro. Una vez saqué una que era más alta que yo. Fue un invierno bravo. Ahí dejamos de ver al loco. Todos empezaron a extrañarlo. Se juntaron varios vecinos y fueron detrás del cerro, donde vivía. Nadie conocía de cerca su guarida, pero igual se contaban historias fantásticas del lugar. Tenés que acordarte. Recién cuando se fue la nieve - sería por setiembre – fueron a ver qué pasaba. Seguro que de esto sí te acordás porque nos impactó. Al loco lo encontraron tieso, desnudo, tapado con unas jergas viejas, rodeado de latas, botellas y su propio excremento reseco. El lugar donde vivía tenía tres paredes de chapa y según dijeron en el piso de tierra encontraron un crucifijo de madera, parece que labrado por él mismo. Eso es lo que contaron, y que tenía los ojos abiertos.
¿Te acordás que una vez le pasamos cerquita? Él se paraba atrás, al lado del confesionario y le vimos los ojos claros. ¡Qué raro que tuviera los ojos claros! ¿no?

* Albertina Rahm es docente de lengua y literatura y coordinadora de talleres de escritura para niños. Su producción literaria, cuentos y relatos costumbristas, es el resultado de sus experiencias de vida en esta zona. Participó en las antologías "Casi nada en el viento" y "Amor sin fin". Recibió mención en el concurso de Metrovías "Cuentos para leer en el subte". El relato “¿Te acordás?” pertenece al libro "Cuando el agua se vuelve vidrio".

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