martes, 12 de julio de 2011

Tristeza de Viaje Por Virginia Ciótola *



Estoy viajando, es de noche y el colectivo corre agujereando apenas el silencio del campo. Y soy triste. Sí, cuando viajo, soy triste, con una tristeza acorralada y sin explicación. Todo me parece insustancial y sin sentido. Lo único real para mí sucede en las casas, y solo veo algunas por un instante cuando el colectivo cruza un pueblo, esos pueblos anónimos divididos al medio por una ruta que los ignora. Yo miro las casas fugaces, con un deseo pueril de que alguna sea la mía y de estar allí, metida en una vida mía, escuchando desde mi cama, un colectivo que corre atravesando la noche irreal.
Pero estoy acá, con esta irreductible sensación de estar al borde del plato de lo verdadero; subida a una indecente intimidad obligatoria, junto a los otros pasajeros que despernados duermen, en su mayoría, salvo algún triste y desvelado congénere.
Con la mirada lacia incrustada en la ventanilla, me dejo recorrer por los minutos, las horas, los kilómetros.
Nos detenemos en una terminal, que es una estación de servicio vieja, con un bar igualmente viejo, de cuatro mesas.
- Paramos veinte minutos- dice el chofer.
Bajo para hacer una excursión diurética y ver si el aire de las tres de la mañana, me licua la tristeza de viaje.
Mientras tomo un café en una de las cuatro mesas, me entretengo mirando una casa que está al otro lado de la ruta: dos ventanas previsibles y la puerta al medio, el jardín pequeño y una tapia baja que la limita.
- Ya nos vamos- me dice el chofer, con una familiaridad de 1200 kilómetros.
Y a mí me vuelve el sabor de la tristeza, como en un eructo.
- Yo me quedo acá- me escucho diciendo.
- ¿Cómo? ¡Usted tiene pasaje a Rosario!
- Sí, pero acabo de decidir que me quedo acá. - contesto.
- Bueno, como usted disponga. Ahora le bajo el equipaje.
El bolso me pesa mucho y cruzo la ruta con pasos cortos y atravesados. Traspaso la tapia baja y blanqueada y veo el jardín deshilachado como lo imaginé. Busco la llave en la cartera que tengo colgando en el otro brazo y cuando la hago girar en la cerradura, la puerta cede serena. Tanteo el interruptor de la luz que seguramente está al lado de la puerta, observo que a pesar del jardín amorfo, el living y los sillones bordó son prolijos.
Dejo el bolso en un lugar que no moleste y voy directo al baño que diviso al final de un pasillo corto, me desvisto y me miro en el espejo. ¿Esa soy yo?
- Mamá traeme jugo- dice la voz de una criatura.
Vuelvo al living y desde allí descubro la cocina, busco un vaso y de la heladera llena de imanes y con algunos calcos, saco jugo de manzanas. Le sirvo poco, para que no se orine en la cama, y se lo llevo sin prender la luz. Ya esta sentado o sentada (no se si es nena o varón), toma ávidamente y se acuesta de nuevo.
- Dame un beso…- me pide cuando me estoy yendo.
Me vuelvo en silencio y la /lo beso, tiene el cabello suave y lacio.
Dejo el vaso en living y voy al que adivino es el otro dormitorio, tanteo la cama. Me acuesto, las sábanas están tibias. Afuera la noche se rasga con la luz de un colectivo que pasa en un instante, llevando seguramente a alguien desvelado, inundado en tristeza de viaje. Alguien que mira acongojado las casas del lugar…
Y es lo último que pienso, antes de dormirme.


* Virginia Ciotola, nació en la provincia de Tucumán y cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras.
Ha participado en diversas antologías y obtenido varios premios y distinciones en el género cuento. Entre ellos el Primer Premio en el X Certamen Nacional de Narrativa Breve, organizado por Editorial De los Cuatro Vientos en 2005, por su libro de cuentos“Hasta que la muerte los separe” y el Primer Premio en el Concurso Internacional de Narrativa en Lengua Española, organizado por Jirones de Azul, Sevilla (España) en 2007.
Actualmente cursa la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Río Negro.