lunes, 17 de octubre de 2011

El ratón Pérez - Emilio Di Tata Roitberg *



El tío Alfredo había salido tiempo atrás del manicomio de Neuquén,
y ese domingo venía de visita a nuestra casa por primera vez. Era mucho mayor que mamá, nosotros no lo conocíamos.
Había quedado en venir al mediodía, después que volviéramos de misa.
Mi viejo no quería saber nada. Parece que una vez lo había visto al tío Alfredo descontrolarse durante un asado; estaban todos charlando lo más bien hasta que alguien dijo algo que al tío Alfredo no le gustó. Ahí nomás se puso a discutir a los gritos, tiró cosas al suelo y repartió varios tortazos antes de que lo pudieran reducir.
- ¿Me vas a decir que ahora está curado? Si todos saben que de esos lugares salen peor de lo que estaban.
Dijo que lo mejor era ir a un restorán. Así, si le agarraba la pataleta y quería romper todo…
- No – dijo mamá-. Es mi hermano y quiero recibirlo en mi casa,
no entre un montón de extraños.
No había de qué preocuparse, esta vez no iba a haber ningún problema.
- Le están dando una medicación nueva. Martita dice que le está haciendo muy bien.
Papá terminó por aceptar,con una condición: que en la mesa no hubiera ningún cuchillo.
- ¿ Y con qué vamos a comer entonces?
- No sé. Prepará algo que no se coma con cuchillo. Ni tenedor.
- ¿Diez años que no veo a mi hermano y querés que lo reciba con sopa?
- Yo no pienso sentarme al lado de ese tipo habiendo un arma cerca. Es lo único que digo.
- Es lo más estúpido que escuché en mi vida. Vos no lo conocés a Alfredo, no sabés cómo era cuando yo era chica. Me llevaba a pasear. Me contaba cuentitos. Es muy culto, además habla idiomas y todo. En casa tenía una biblioteca alta hasta el techo.
- Para lo que le sirvió
- Y siempre fue muy bueno, además. Lo único que hay que hacer es no llevarle la contra. Es lo que a él no le gusta. Hay que decirle todo que sí, como a los locos.
- ¡Como a los locos! Pero si el tipo está loco.
- Bueno, basta, me tenés podrida. Como si yo hablara tanto de tu familia.
- ¿Qué tenés que decir? Por lo menos no hubo nunca ninguno internado en un psiquiátrico.
El día estaba espléndido. La primavera empezaba al fin, y el jardín se despertaba de su letargo invernal. Por la ventana del comedor se veía el lago planchadito, allá abajo, y los cerros del Cuyín Manzano con nieve todavía.
Mamá preparó la mesa para seis. Aparte del tío Alfredo teníamos dos invitados más.
- Van a venir Claudio y don Calfueque – le dijo la noche anterior mi papá.
Claudio era un compañero suyo del trabajo, pero a don Calfueque apenas si lo conocíamos.
- ¿Invitaste al sepulturero?
- De joven era peón en una estancia, allá por Maquinchao. Sabe usar muy bien el lazo. Si la cosa llega a complicarse con el loco, entre Claudio y yo lo atajamos y don Calfueque lo ata como un matambre.
- ¿Te pensás que mi hermano es una vaca?
- Quedate tranquila. Si se porta bien no le va a pasar nada.
Pero sólo don Calfueque vino. Claudio llamó a último momento diciendo que no se sentía bien, que tenía angina o algo así.
- Ese cagón… - dijo mi viejo -. Ya va a venir a pedirme algo.
Dejaron el rollo de soga escondido atrás de una puerta. Mamá preparó una picadita, y antes de que mi viejo protestara le dijo:
- ¿Qué, tenés miedo que te ataque con un escarbadientes?
- Yo no le tengo miedo. Es por la nena.
- ¿Te pensás que le va a hacer algo a la Romi? Vos estás mal de la cabeza. Peor que él.
Todavía estaban discutiendo cuando sonó el timbre. Era el tío Alfredo, puntual como un inglés. Causó buena impresión. Era muy alto, con el pelo todo blanco; parecía más un abuelo que un tío nuestro. Tenía puesto un traje oscuro y la camisa abotonada hasta el cuello.
Mamá lo abrazó. Le dijo:
- Alfredo, tanto tiempo…
Estaba emocionada. El tío Alfredo se mostró muy natural, como si viniera de visita todos los domingos. A Romi le trajo de regalo un libro de cuentos con dibujos
- Es igualita a vos cuando eras chica.
Cada uno fue ubicándose en la mesa. Papá en la cabecera. Mamá y Romi de un lado, del otro el tío Alfredo y don Calfueque, que se había venido con el sombrero de gaucho y el traje gris que usaba todos los días para ir al cementerio.
El tío Alfredo no probó la picada, y mientras esperaba el almuerzo prendió un cigarrillo negro que apestó todo el ambiente. Mi viejo se revolvió en la silla y tosió un par de veces pero él no se dio por enterado.
- ¿Tuviste un buen viaje de Neuquén, Alfredo? – le preguntó mamá - . ¿Estaba bien la ruta?
El tío Alfredo dio una pitada y se quedó pensativo, como si no se hubiera fijado en ese detalle. Dijo que sí, había viajado sin problemas.
- Menos mal – dijo mamá -. La semana pasada volcó un micro en la bajada de Collón Curá. Parece que pisó un manchón de hielo en una curva…
Era la única que hablaba, a lo mejor para que nadie se sintiera incómodo. El tío Alfredo se mostraba interesado, aunque de a ratos parecía como si pensara en otra cosa. Papá no le sacaba la vista de encima, y cada tanto miraba de reojo a don Calfueque para indicarle que no se descuidara.
Llegó la sopa. Mamá la fue sirviendo. Cuando los platos estuvieron llenos el tío Alfredo se colocó la servilleta al cuello, sostuvo la cuchara levantando el meñique y la empezó a tomar. Hacía un ruido espantoso; cada sorbo retumbaba como un martillo neumático. Mi viejo la miró a mamá como diciendo “¿Ves? Ya empezó a hacer de las suyas.” Mamá estaba mortificada, después de toda la propaganda de hombre culto que le había hecho. Romi lo miraba divertida; el único a quien parecía no importarle era a don Calfueque. Chiquito y encorvado, el sepulturero no parecía muy en condiciones de contener a nadie, menos a un hombre del tamaño de tío Alfredo, si es que llegaba a ponerse violento.
El concierto de cuchara llegó a su fin. El tío Alfredo se sacó la servilleta, se
limpió educadamente las comisuras de la boca y se dispuso a charlar. Habló con Romi, más que nada. Le preguntó qué hacía, si le gustaba el jardín de infantes y cosas así. Romi estaba un poco tímida, primero, después se largó. Le habló de sus amiguitos, le cantó una canción,fue a su pieza y trajo un cuaderno con garabatos. El tío Alfredo la escuchó con una paciencia que la mayoría de la gente no suele tener con los chicos. A don Calfueuqe también le preguntó qué hacía, y encontró muy interesante que trabajara en el cementerio.
- ¿Qué hace? ¿Es sereno?
- Soy encargado – dijo el viejo, señalándose con el pulgar -. Controlo a la gente que entra, arreglo las tumbas. A veces hago pozos…
- Mire usted, qué interesante.
- Sí - dijo Don Calfueque, aunque comentó que el cementerio ya no es lo que era unos años atrás. Estaba muy descuidado. Los pocos empleados que había no daban abasto, y los del Plan Trabajar que puso el gobierno eran todos una manga de atorrantes.
- ¿Más sopa Alfredo?
- No, te agradezco.
- ¿Alguna fruta de postre? Hay manzanas, peras...
- Una manzanita podría ser.
- ¿Usted, Don Calfueque?
- No, señora. Muchas gracias.
El tío Alfredo eligió una manzana roja y miró por encima de la mesa, como si hubiera perdido algo.
- ¿Un cuchillo, no tenés? – le preguntó a mamá.
- Sí – dijo ella, y sin mirarlo a mi viejo fue y le trajo un tramontina.
- Servite.
- Gracias. ¿Así que está muy lleno el cementerio, me decía?
- Está que no da más – dijo el viejo Calfueque, contento de volver al tema que mejor dominaba – . Ayer nomás tuvimos que desenterrar a dos que se les había vencido el plazo. Hay que hacer lugar todo el tiempo para los muertos nuevos que van llegando.
- ¿Qué te parece la manzana, Alfredo? – preguntó mamá, tratando de dar por terminado el asunto de las sepulturas – recién llegadas del Valle, me contó el verdulero.
- Está buena – dijo el tío Alfredo, que terminó de pelarla y la fue cortando en pedazos antes de llevársela a la boca.- ¿Y cuánto tiempo los dejan antes de sacarlos de la fosa?
- Diez años. Después, si los parientes no renuevan, se saca y se tira todo a la fosa común.
- Romi, ¿por qué no te vas a jugar un ratito a tu pieza?
Pero Romi también parecía interesada en lo que contaba el viejo Calfueque y no se movió ni un milímetro. Mamá lo miró a mi viejo, como pidiéndole que interviniera, pero él hizo un gesto que quería decir “Ah, no sé. Arreglátelas vos.”
- ¿Y el cajón cómo está, después de tanto tiempo?
- No queda nada. Unas maderas sueltas nomás, algunos huesitos…
- Don Calfueque…
- Un pedazo de cránio, sabe haber, un par de dientes. Ni eso, a veces.
- A mí se me salió un diente – dijo Romi, feliz de poder intervenir en la conversación. Y para que vieran que era cierto sonrió, mostrando un huequito en la dentadura.
- Mirá vos – dijo el tío Alfredo -. ¿Te dolió mucho?
- No, pero el Ratón Pérez no me va a traer nada.
- ¿Por qué no?
- ¡Porque se me perdió! Me lo tragué cuando estaba durmiendo.
- Ay ay ay…
- Y si no lo dejo debajo de la almuada el ratón no sabe que se me salió.
- Lo sabe, sí – dijo el tío Alfredo -, tiene todo registrado en su computadora. Taca taca taca… - hizo como si escribiera en un teclado-. No se le escapa un solo diente. Seguro que uno de estos días te encontrás con algo debajo de la almohada.
- ¿Sí?
- Sí, sí. No gran cosa, eh. Los ratones no son animales que manejen demasiado efectivo; pero alguna monedita, de repente…

Don Calfueque se fue un rato después. Se despidió con mucho afecto del tío Alfredo, y lo invitó a visitarlo al cementerio cuando quisiera.
- Cualquier cosa que precise, ya sabe.
Mamá levantó la mesa. Papá se sentó a leer el diario en el sillón, como hacía siempre los domingos a esa hora. Romi tomó de la mano al tío Alfredo y se lo llevó al jardín. Se sentaron en el pasto, abajo del ciprés. Por la ventana del comedor mis viejos vieron como el tío Alfredo le explicaba algo moviendo los brazos y ella lo escuchaba sin perderse una palabra.
- Parece que ya está mejor, ¿no? – dijo mi papá -. Esas pastillas le deben estar haciendo bien.
Mamá salió un rato después. Escuchó al tío Alfredo que decía:
- Al hijo mayor le dejó la mitad de su reino; al segundo la otra mitad, y al tercero…
- ¿Qué es un reino?
- ¿Un reino? El castillo, los campos, todo lo que tenía.
- Ah.
- Pero al tercer hijo le dejó solamente… una moneda.
- ¿Una moneda de cincuenta?
- Mmm, no estoy seguro. Sí, una moneda de cincuenta, pero nada más. El muchacho se enojó tanto que subió a la torre del castillo y tiró la moneda bien lejos.
- ¿Por qué la tiró?
- Porque estaba enojado, pensó que era muy poco. Pero cuando metió la mano en el bolsillo se dio cuenta de que la moneda estaba otra vez ahí. Era la famosa Moneda Volvedora. La podía gastar todas las veces que quisiera que siempre volvía a aparecer.
Mamá se acercó y le apoyó una mano en el hombro. El tío Alfredo se interrumpió para mirarla. Ella le dijo:
- Estamos muy felices de que hayas vuelto, Alfredo.
El tío Alfredo puso su mano sobre la de ella y le dijo:
- Yo también.


* Emilio Di Tata Roitberg nació en la ciudad de Buenos Aires. Vivió en Madrid y Jerusalem, y reside en San Carlos de Bariloche desde 1986. Alternó su actividad literaria con diversos oficios (panadero, albañil, empleado de comercio, camionero). Editó, entre otras, las novelas “El oso” y “El oso en Villa La Angostura” y el libro de cuentos “Mosquita muerta”. Recibió el Premio de Narrativa “Buenos Aires No Duerme” (1998), el 1º Premio en el Concurso de Cuentos “Donde tu historia hace historia” de la Subsecretaría de Cultura de San Carlos de Bariloche (2006) y el Premio del Fondo Editorial Rionegrino (2007). Fue director y co-fundador de la revista literaria Castillo de Palabras (1999-2003). En la actualidad colabora con el magazine cultural Tríptika.