domingo, 13 de noviembre de 2011

EL VIAJERO por Juan José Saer *



Rompió el reloj el vidrio que protegía el gran cuadrante en el que los números romanos terminaban en unas filigranas prolijas delicadas lo diseminó sobre el montón de ceniza húmeda que dos noches atrás había sido la hoguera temblorosa que él mismo había encendido

Estuvo acuclillado un momento entregado al trabajo pueril de espolvorear de vidrio la masa grisácea y pegoteada de la ceniza después se paró y miró a su alrededor

La llovizna seguía impalpable lenta adensándose pareciéndose más y más a la niebla a medida que se alejaba hacia el gran horizonte circular

Su cara permaneció más dura y más tranquila que si la hubiese alzado para mirar la hora en el Big Ben

Estaba tan acostumbrado a esa llanura que parecía retroceder a medida que él avanzaba que sentía por momentos la ilusión de no progresar se había familiarizado tanto con ella y al mismo tiempo se concebía a sí mismo como un hombre tan resignado y gentil que el hecho de vagabundear por ella desde hacía cinco días su caballo había tropezado en un agujero se había quebrado la pata delantera el hecho de dar vueltas en redondo sin poder encontrar un punto de referencia un rancho un árbol ni la posibilidad de guiarse por las estrellas porque apenas si había dejado de lloviznar unas horas en cinco días y en todo caso en ningún momento el cielo se había despejado el hecho de estar perdido en la llanura sin nada con qué alimentarse sin hablar otra cosa que inglés sin haber visto nada viviente como no hubiesen sido unos pájaros negros rígidos altos en el cielo
que emigraban no parecían producir en él ningún sentimiento la comprobación serena la desesperación fría la perplejidad

Un momento antes de romper el reloj la perplejidad creció un poco
descubrir que después de caminar dos días parándose únicamente de tanto en tanto para jadear más cómodo se llegaba otra vez al punto en que la tregua de la llovizna había permitido encender una hoguera débil con la esperanza de que alguien divisase su resplandor la perplejidad creció un poco instalándose en su cara bajo la forma de una semisonrisa

Nadie había divisado nada ni la hoguera que había encendido ni las otras hogueras la cara rojiza las ojeras azuladas los cabellos color zanahoria rodeando la gran frente y la coronilla calva el agua implacable las hace relucir

Está otra vez en el punto de la hoguera sacó el reloj de su bolsillo lo rompió diseminó los pedacitos de vidrio sobre la ceniza acuclillado

Se paró y miró el horizonte el pajonal no sabía que se llamaba así se extendía hasta el horizonte gris parejo monótono

Le llegaba a la altura de las caderas

A veces entre las matas había claros estrechos estrictos
un hombre podía tenderse y desaparecer había que estar ahí para saber que existían

Cuando avanzaba las hojas filosas se abrían chasqueando se cerraban por detrás se paraba se daba vuelta ni rastro de su paso
estaba dado vuelta no notaba ninguna diferencia ninguna
su lengua su recuerdo decían me he dado vuelta me he dado vuelta no estuve todo el tiempo mirando en esta dirección

No se percibe la más mínima diferencia

Es exactamente igual la lluvia más transparente o más densa ya está más lejos o más cerca del horizonte el cielo gris bajo el pajonal no sabía que se llamaba así hasta el horizonte gris parejo monótono

Razonable y gentil acepto me he dado vuelta estoy en otra dirección ahora giro otra vez estoy de nuevo en la antigua yo creo persevero Jeremy Blackwood en nombre de la Compañía establece los puntos cardinales encontrará el saladero

Miró el montón de ceniza el reloj roto diseminado siguió caminando

Anduvo un tiempo incalculable negrura más pareja todavía que el pajonal más densa que la llovizna chasquido de las hojas flexibles se hundía hasta las caderas sonaba y resonaba en la mente en el recuerdo durante horas incluso y más si se paraba un momento no dejó grieta el silencio no se pudo colar
Un chasquido seco terminando en una especie de deslizamiento al volver hacia atrás las hojas desplegaban ese sonido y lo hacían cimbreante y resonante

Amaneció

Todo sigue ahí idéntico férreo implacable la llovizna el cielo el horizonte el pajonal

Sé que avancé la Compañía desde Londres sabe que caminé que avancé veo en el alba un punto idéntico a los otros un punto idéntico no el mismo estoy seguro es mi propia palabra contra los pajonales el cielo el horizonte la llovizna

Jadea

Está todo mojado el sacón de cuero retorcido pegoteado al cuerpo el agua chorrea por la cara los cabellos rojos color zanahoria oscurecidos llameantes

Caminó todo el día voy a parar cuando el agua pare parándose únicamente para jadear llegó la noche y la llovizna

Paró

Se dejó caer hacia adelante sobre los pajonales que se abrieron y se cerraron como un látigo

Quedó dormido inmóvil

Al alba únicamente el sueño se desplegó un abanico fosforescente vio Londres flotando iluminada como una catedral transparente Londres ladrillos rojos el ruido de los coches de los caballos resonando sobre el empedrado gritos de comadres de ventana a ventana mercados pirámides truncas de tomates pescados blandos blancos abiertos como en los mostradores de las pescaderías reses rojas mujeres cangrejos todavía vivos arrastrándose impúdicas descuartizadas prostitutas mostrando sus senos manchados de pecas chicos corriendo entre los vendedores ambulantes la música de las tabernas y de los mendigos ciegos elevándose por encima de la muchedumbre

Se despertó inmóvil la cara aplastada contra los pajonales se movió un poco los oídos todavía cerrados la sonrisa deshecha por la posición y por el estremecimiento

Llegaré al saladero porque la Compañía me eligió digno honrado predestinado Jeremy Blackwood pelirrojo y gentil con la razón y la memoria de su parte para vencer la tentación de lo idéntico de lo inmóvil

Bendita sea Londres

Bendita sea la muchedumbre que camina por sus veredas benévolas

Bendita sea la luz que sale por las ventanas de sus casas

Benditos sean el ruido y el color de las ciudades

Jeremy se sentó despacio se quedó un momento con los ojos abiertos orgullosos

Baja la cabeza y ve otra vez el montón de ceniza negruzco los fragmentos de vidrio diseminados el reloj roto abierto el gran cuadrante circular en que los números romanos terminan en unas filigranas prolijas delicadas

Gloria

A los viajeros ingleses y sobre todo

Gloria

A Jeremías Blackwood que no dejó ni rastro de su viaje




* Juan José Saer nació en Serodino (Provincia de Santa Fe) el 28 de junio de 1937 y falleció el 11 de junio de 2005. Fue profesor de la Universidad Nacional del Litoral, donde enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica. En 1968 se radicó en París. Su vasta obra narrativa, considerada una de las máximas expresiones de la literatura argentina contemporánea, abarca cuatro libros de cuentos –En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar (1967), La mayor (1976)– y diez novelas: Responso (1964), La vuelta completa (1966), Cicatrices (1969), El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983), Glosa (1985), La ocasión (1986, Premio Nadal), Lo imborrable (1992) y La pesquisa (1994). En 1983 publicó Narraciones, antología en dos volúmenes de sus relatos. En 1986 apareció Juan José Saer por Juan José Saer, selección de textos del autor, y en 1988, Para una literatura sin atributos, conjunto de artículos y conferencias. En 1991 publicó el ensayo El río sin orillas, y en 1997, El concepto de ficción. Su producción poética está reunida en El arte de narrar (1977), título que expresa el intento de Saer por "combinar poesía y narración". Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, italiano y portugués.

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