viernes, 1 de febrero de 2013

"LA ELFLEIN"




Muy pocos de los que caminan por "la Elflein", en Bariloche, conocen la historia de Ada María Elflein (1880-1919) y su entrañable atracción por el sur.

Ada María Elflein fue, como señala Mónica Szurmuk* en la antología “Mujeres en viaje” (Alfaguara, 2000):  «la primera argentina que practicó el turismo de aventura» dejando constancia minuciosa de sus viajes por el extenso territorio argentino en cada una de sus crónicas.

Ella, y muchas otras mujeres de su tiempo, componen un mosaico de escritoras y viajeras que nos revelan las iniciativas emprendidas en procura de conquistar sus derechos esgrimiendo como arma el conocimiento.

Fomentaron la unión de las mujeres a través de organismos y publicaciones que crearon con el fin de mejorar su situación y de exigir reivindicaciones tales como el sufragio universal, la igualdad de los sexos, el derecho al divorcio, la igualdad legal de los niños legítimos e ilegítimos. La trascendencia que alcanzaron las colocó en la vanguardia del feminismo latinoamericano.

Para no olvidarnos de estas mujeres que recorrieron y abrieron caminos, reproduzco la semblanza de Elflein, escrita por Julieta Gómez Paz** en el libro “De tierra adentro" (Librería Hachette S.A. Buenos Aires, 1961):

 Ada María Elflein nació en Buenos Aires en una casita con jardín en la calle Arenales 1491, el 22 de febrero de 1880. Sus padres eran alemanes y Ada María fue única hija. Su madre, que había estudiado en Colonia, su ciudad natal, y en Bruselas, fue su primera maestra.

Educada cuidadosamente, además de alemán, y el castellano, Ada María dominó perfectamente el francés y el inglés. A los doce años escribió a escondidas en alemán un cuento de hadas titulado "El nacimiento de la rosa". La profesora le recomendó que sería mejor que estudiara matemáticas. Pero la aprobación de sus padres le proporcionó la más grande alegría: “nunca después, en mi carrera de escritora, fecunda en satisfacciones, volví a experimentar ese triunfo. Mi vida estaba orientada”.

Se dedicó dos o tres años a la enseñanza, hizo traducciones, escribió algunas comedias y llenó cuadernos de versos que destruyó para ya no cultivar ese género. Por esa época comenzó a escribir sus primeros cuentos sobre temas argentinos. La historia le había atraído desde niña y el cuento le pareció siempre “placentero al espíritu del hombre, grato al corazón del niño, fecundo entre el pueblo”, dice en su prólogo a "Leyendas argentinas".

Llegó a la dirección del diario La Prensa con una carta de presentación del general Bartolomé Mitre. Llevó también algunos cuentos, entre ellos, “La cadenita de oro”, que apareció en La Prensa el 30 de abril de 1905. Quedó incorporada así a la redacción del diario que le encargó un cuento semanal que se publicaba todos los domingos, de abril a octubre de cada año.

La escritora dejó consignado en un cuaderno de notas íntimas la emoción y la esperanza con que emprendía la labor: “me dura aún la impresión de haber llegado al lugar que inconscientemente buscaba. Allí piensan como yo, aman lo que yo amo, sienten lo que yo siento. Caminamos hacia el mismo fin, giramos en el mismo círculo. He hallado allí lo que buscaba instintivamente: actividad, labor fecunda, la vida misma febril y agitada. Veremos lo que hace de mí”.

A partir de ese instante es fácil imaginar la vida de esta mujer apasionadamente entregada a su labor intelectual, trabajando en archivos y bibliotecas, y en la redacción del diario donde tenía su salita especial y adonde concurría todos los días.

Metódica y retraída, sus paseos más frecuentes eran las cabalgatas. Era este su ejercicio predilecto y los bosques de Palermo, los alrededores de Buenos Aires y La Plata conocieron su silueta elegante de amazona, sus cabellos bronceados, tempranamente encanecidos y sus profundos ojos azules.

A partir de 1913 hizo constantes viajes por el país, Chile y Uruguay y lo que representaban para ella ha quedado bien documentado en sus crónicas vivaces donde impensadamente se retrató con toda nitidez. Fue su compañera inseparable en estas excursiones una sanjuanina de origen irlandés, Mary Kenny.

Inteligente y espontánea aunque reservada, la autora de “Del pasado” debió tener un natural muy atrayente a juzgar por la dispar calidad y condición de sus amigos desde el doctor Francisco Pascasio Moreno hasta el cacique Abel Curruhuinca que veneró su memoria, enseñó a venerarla a las gentes de su tribu e impuso el nombre Ada María a una de sus hijas.

En 1919 se sintió enferma en las provincias andinas y decidió regresar a Buenos Aires. Acababa de preparar para la imprenta el volumen “De tierra adentro” que recogía algunas de sus correspondencias de viaje  y  que después apareció con el título “De campos históricos”.

Visitó Tucumán, Salta y Jujuy y realizó con un grupo de maestras, bajo la dirección de Moreno, su ascensión al cerro Pelado. Estuvo en Uruguay y recorrió la región de los lagos en compañía de Mary Kenny y Sara Abraham. Pasó por Mendoza y Chile llegando hasta Santa Rosa de los Andes, San Luis y Córdoba.

Viajó en trenes pintorescos apretujada entre pasajeros y equipajes, en automóviles compartidos con ocho o más personas, que muchas veces tenían que ser aligerados o arrastrados por caballos, navegó en barco a remo por los lagos del sur y cruzó en balsa a polea el río Neuquén.

Durmió en carpas o modestísimos albergues. Otras veces disfrutó de la hospitalidad de viejas casonas tradicionales cuya exquisita cortesía no se cansa de alabar y del refinamiento de hogares extranjeros que le deparaba inesperadamente su buena estrella.

En “Por campos históricos” Ada María Elflein expresa: “si alcanzamos buen éxito podrán estimularse otros grupos que deseen llevar a cabo parecidos paseos, saludables e instructivos, por los sitios históricos o simplemente pintorescos del territorio argentino.  A mi juicio, esta es la forma eficientísima de educación física y moral: la mujer extiende sus propios horizontes, adquiere conocimientos geográficos valiosos, comprende y se vincula más al alma nacional y desarrolla energías que son fuerzas vitales, latentes en todas las mujeres, condenadas por ambientes de ficción o por necesidades profesionales, a vivir ovilladas durante meses o años en las ciudades, en aulas o en oficinas."

Desde las páginas de La Prensa señalaba el 8 de abril de 1918: “¡Cuántas señoras y niñas pasan el verano tristemente en sus casas por no tener un padre, un hermano o un esposo para acompañarlas! Pienso que si se reuniesen, formasen pequeños grupos o grandes comitivas, prescindiesen de las tradiciones moriscas y salieran a gozar de las bellezas de nuestra tierra, pronto adquirirían la convicción de que en todo momento las rodeaba la exquisita cultura argentina”.

Tras su recorrido por los lagos del sur recordará: “aquí palpitó una leyenda. Aquella que perduró durante siglos, acerca de la Ciudad de los Césares, tras la cual, empeñados en transformarla en realidad, corrieron los aventureros y creyentes de la colonia. Estas aguas fueron surcadas, esos bosques cruzados y tramontados esos terribles peñascos por Mascardi, el valeroso jesuita mártir, descubridor del lago”.

“En la región de los lagos un día, cuando el gusto por los viajes esté más desarrollado entre nosotros y mayores comodidades formen un aliciente para muchos que se arredran por la falta de ellas, ningún argentino dejará de visitar ese pedazo de suelo donde la naturaleza ha amontonado, en conjunto estupendo, dentro de un espacio relativamente pequeño, bellezas que suelen encontrarse diseminadas a través de todo un continente”.

Al despedirse de las casitas de madera de San Carlos de Bariloche promete regresar a ese “futuro emporio de riqueza”.

No pudo ser. Tenía treinta y nueve años y falleció el 24 de julio de 1919 dejando la mayor parte de su obra desperdigada y aquel y otros sueños inconclusos.

* Mónica Szurmuk: Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) con sede en el instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Buenos Aires, donde también colabora en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género. Doctorado en Literatura en la Universidad de California. Profesora e investigadora en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Oregon y  en el Área de Historia Social y Cultural del Instituto Mora de la ciudad de México.

**Julieta Gómez Paz (Buenos Aires, Argentina, 1920-1995) fue poeta, ensayista y crítica literaria. Profesora de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, destaca su contribución, como investigadora y crítica literaria, de la obra de Alfonsina Storni, María Elena Walsh, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Rosalía de Castro y Elizabeth Barret Browning. Fue colaboradora del diario La Prensa de Buenos Aires y de la revista Ínsula de Madrid.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente artículo. Tengo la manía de querer conocer la historia de las calles que camino, y acá encontré una muy interesante. Excelente blog por cierto. Saludos de alguien más que se fue a vivir al sur y vivió para contarlo.

migma dijo...

QUE GRANDE LA ELFLEIN!