viernes, 22 de febrero de 2013

MATERIA VIVA * - Luisa Peluffo





La primera vez que se me ocurrió enviar mis poemas a un concurso, las bases exigían original, dos copias, constancia de registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor  y la fecha de presentación  estaba a punto de vencer.

Yo tenía un solo original, laboriosamente tecleado a dos dedos,  lleno de  tachaduras  y enmiendas y  ninguna confianza en mi habilidad para lograr uno más decente. No existían las computadoras ni las fotocopiadoras y para hacer copias utilizábamos papel carbónico.

En mi desesperación decidí  recurrir a uno de los tantos locales que había por entonces en el barrio de Tribunales, donde pasaban en limpio escrituras, contratos y boletos de compra venta.
Abrazando la carpeta de cartulina con mis poemas adentro, entré a un salón bastante grande, donde tecleaban unas veinte dactilógrafas.

Solicité un turno y enseguida me asignaron una rubia platinada que mascaba chicle con desgano.
Extendió la mano para tomar mi carpeta, pero yo la apreté todavía más contra mi pecho  y le dije:

-             Mejor te dicto.

La rubia me miró escéptica y ni me contestó. Cuando se sentó frente a la máquina de escribir  me miró de nuevo con cara de “a ver con qué me salís ahora…”  y  yo le expliqué:

-             Bueno, en realidad esto no es un escrito… Son poemas. Yo te voy a ir dictando cada verso…
La rubia ahora me miraba  con desconfianza.

-             … mejor dicho te voy a dictar cada línea, que es un verso, pero no te preocupes porque son cortitos. Lo que pasa es que no soy de aquí y no tengo mi máquina de escribir  y los quiero enviar…

-             ¿Empezamos? – me cortó.
-             Sí, sí – y le dicté:
-             MATERIA VIVA  esto va todo con mayúsculas.

Me miró como si la hubiera insultado.

-             ¿Qué?
-             MATERIA VIVA y va todo con mayúsculas porque es el título.

    Lo escribió con expresión impenetrable, mirando al frente como si  estuviera en penitencia.

-             Bueno, ahora, en otra página, va el primer poema.  Te voy dictando cada verso, porque van separados, cada uno en un renglón  – le volví a explicar.

Cambió la hoja sin mirarme y se quedó esperando con cara de ofendida.

Yo empecé:

-             Mayúscula en la primera letra nada más: Nacer al desconcierto
Lo tecleó en un segundo y  esperó.

-             Y abajo, en otro renglón…
      Movió la palanca de la máquina y el papel subió.

-             y a la sombra coma.
Tecleó y esperó con cara de infinita paciencia.

-             Y abajo: sin conocer aún
 Tecleó.

-             las pequeñas espadas
 Siguió tecleando con cara de  “me estás tomando el pelo”.

-             que acosan
 Tecleó con ímpetu.

 -             contra una pared  punto. Y ahora,  en otra hoja: Ser el húmedo centro coma 

-             ¿En otra?
-             Sí.
-             ¿Y todo esto en blanco?
-             Sí, lo que pasa es que son haikus...
-             ¿Qué?
-             Poemas  muy, muy cortitos. En el renglón de abajo va: la atracción y el  rechazo

Y así seguimos.

Después del quinto poema, dejó de teclear, me miró de arriba abajo y con infinito desprecio dijo:

-             No le veo la gracia.

Debo reconocer que el jurado del concurso tampoco les vio la gracia, pero  Enrique Pezzoni, en aquel entonces asesor de una editorial importante, sí.
Me recibió con la cabeza vendada como una momia y me explicó que había tenido un accidente tremendo y que su auto había quedado destruido.

-             No sé qué pasó, si yo manejo bien… -  protestaba, todavía incrédulo. Un mes después  me citó para darme su veredicto: 

-         Tus poemas son buenos, eh. Condensados, como los haikus, pero no se quedan en la imagen... Tienen una tensión…  Ahora, nosotros no podemos en este momento, porque como vos sabés, una editorial  es también una empresa comercial  y…

Y  parecía que la empresa comercial tampoco les había visto la gracia a mis poemas.

-             Ah los poetas… –  dijo  mirándome compasivo - pobres, nadie quiere editarlos… Es que nadie lee poesía, se leen entre ustedes…
-            Pero ésto lo tenés que publicar – agregó enfático, devolviéndome el original - a mí me gustan mucho.

Entonces fui a Avellaneda, a la imprenta de Bartolomé U. Chiessino, que había comenzado su oficio en una casa vieja de por ahí cerca, con el abuelo de  mi marido.  Chiessino imprimía los libros de prácticamente todas las editoriales  grandes de Buenos Aires y me recibió en un escritorio tapado de  papeles y rodeado de una estantería llena de libros y  fotos dedicadas.  Me acuerdo que había de  Borges, de Neruda, de Cortázar y de Bioy Casares. También de Rafael Alberti y otros escritores españoles que se exiliaron en Buenos Aires durante la guerra civil.

Era un enamorado de su oficio y de la literatura. Generoso, prácticamente me regaló la impresión del libro. También me convenció de hacer una tirada grande. Como editaba  para editoriales  importantes y escritores famosos, no concebía imprimir 300 o 500 ejemplares de un libro, por más que fueran poemas y la autora una desconocida. Era un optimista nato. Y yo, una ingenua total.

El libro quedó precioso: blanco, iniciático y Enrique escribió un prólogo* bellísimo a esos poemas y  los presentó.

La primera persona que llegó a la presentación fue un desconocido que me saludó, compró el libro y fue el último en irse sospechosamente alegre.

Fue uno de los pocos libros que vendí.

Además de ese personaje, que vendría a ser algo así como el soldado desconocido de las letras, tuve una visita ilustre. Íbamos por la lectura del cuarto poema cuando sonó el timbre del portero eléctrico:

-             ¿Quién es?
-             Borges - contestaron del otro lado.

Emocionado, mi cónyuge se aprestó a recibirlo, cuando unos golpes en la puerta y la voz de un gallego anunciándose: “Borges, con el hielo” lo ubicaron rápidamente en la realidad. Aunque, parafraseando al maestro; ¿qué realidad? Por otra parte a mí nadie me podrá negar que Borges quiso estar, apelativamente al menos, en la presentación de mi primer libro.

Pero volviendo al hecho cierto del optimismo de Bartolomé U. Chiessino - que imprimió dos mil quinientos ejemplares de Materia Viva - esa noche tuve que enfrentarme no al hecho literario sino al concreto de regresar a mi casa con casi toda la edición a cuestas.

Cuando Rimbaud escribió Une Saison en Enfer, además de genial fue astuto. Retiró a cuenta unos pocos libros que regaló a sus amigos. Después se esfumó y lo clavó al editor con el resto.

Pero yo, que obviamente no soy Rimbaud, quedé como paralizada ante el volumen de mi creación. Providencialmente apareció mi hermana con un altillo más providencial todavía. En ese momento descubrí que antes de asumirse como poeta  hay que disponer de un altillo. Ahí fueron a parar los libros. Yo contenta. Olvidaba.

Un par de años después, mi hermana me dice:

-            Che, a tu libro se lo están comiendo las ratas.

Al día siguiente me encaramé al altillo para comprobar in situ el feliz y ecológico desenlace. Chasco: las ratas ignoraron descaradamente las páginas blancas, iniciáticas y en cambio mordisquearon a conciencia las tapas.

Regalé el libro a cuanta persona se me cruzó y  lo envié a todas las bibliotecas del país y del mundo (gasté una fortuna en correo).  Inútil,  los paquetes de libros me siguieron acompañando en todas mis mudanzas: dos en Buenos Aires y cuatro en Bariloche.

Pasaron los años  “y mil desengaños…”  como dice el tango. Los  libros disminuyeron algo. No mucho. Supongo que algunos se habrán perdido, o todavía estarán en la baulera de alguien. Finalmente se me ocurrió, llevaría los que me quedaban  a una recicladora. Me fijé en la guía, había una en el barrio Ñireco.

El papel madera de algunos paquetes estaba destruído,  pasé esos libros a dos valijas de cuero que conservaba por nostalgia. Mientras las arrastraba hasta el auto, me acordé del día de la presentación, de mi marido recibiendo a un improbable Borges gallego, del soldado desconocido de las letras, de mis amigos…

Antes de cerrar el baúl, abrí una de las valijas y saqué un ejemplar para quedármelo de recuerdo. Ahí mismo, al lado del auto, lo abrí en cualquier página y me leí:

Ignorar la señal, el grito,

el refugio  de unos signos conocidos.

Presenciar la muerte de unos peces en el mar.


 Lo cerré.  Lo último que quería sentir era eso que estaba sintiendo. No, ni un poquito de pena, es la última vez que los cargo, pensaba. Además, no tenía idea cuánto, pero algo me iban a pagar.

 La recicladora era un galpón. Al  llegar  fui directo a un muchacho que estaba maniobrando una balanza con unos fardos de diarios y le dije que traía papel para vender.
-             ¿Qué papel es señora? ¿Cartón, diarios?
-             Son libros…
-             ¿Libros?
-             Sí,  cuando llamé por teléfono  me dijeron que aceptaban libros si  tenían  mucho  papel en blanco y estos tienen, mire –  y le mostré las páginas casi desnudas del Materia Viva.
-             Bueno – me dijo con una  sonrisa de oreja a oreja - pero nosotros no pagamos, únicamente  canjeamos.
Dudé… Ma sí, que me dieran lo que quisieran.
Cuando el  muchacho levantó una de las valijas se le fue la sonrisa.
-             Pesa... - resopló.
(Si lo sabré, pensé, pero me callé la boca).
-             Todo bien –  dijo,  y  cargó la valija. Después la abrió  y empezó a  pesar los libros. Cuando terminó se internó en el galpón y volvió con dos paquetes enormes,  pero aparentemente muy  livianos porque los  transportaba sin ningún esfuerzo.
Agarré uno  y  rompí un poco el envoltorio para ver.
Eran rollos de papel higiénico.


* MATERIA VIVA   (poemas) Prólogo Enrique Pezzoni:


Remota y a la vez inmediata; ajustada a una voluntad de austeridad, casi de laconismo, pero también extrañamente ligada a la opulencia y la celebración: la poesía de Luisa Peluffo tiene la persuasión de  un ritual cuyas fórmulas estrictas van ciñendo sin franquearlos los contornos de un espacio dentro del cual se precipitan el arrebato y el vértigo. Ceremonia secreta que no admite espectadores: presenciarla es volverse partícipe. “El falso poeta habla de sí mismo, casi siempre en nombre de los otros. El verdadero poeta habla con los otros al hablar consigo mismo.” (Octavio Paz).
Cada poema de Materia viva, cada una de sus frases rigurosas y diáfanas como las máximas de un  libro sacro, se integra en la narración de una historia iluminada por el fulgor del reconocimiento: reconocemos las etapas de ese tránsito que es nuestro ingreso al mundo; reconocemos el desasosiego ambivalente que es sentir nostalgia por la soledad con nosotros mismos y, al mismo tiempo, ceder al anhelo de entrar en contacto con lo otro y con los otros. Viaje ilusorio cuyo fin es su comienzo. Atestiguar la diversidad no es sino corroborar la unidad original de que creímos desgarrarnos. La última frase de este libro celebra el pacto con todo lo visible y lo invisible de que somos parte: “Hay temblores y lava. El universo se encabrita en una fiesta sacra.”
Definición del ser, incrustado en sí mismo pero a la vez central, y por lo tanto inmerso en una profusión que lo acecha como para devorarlo; presunción de lo otro, invención de un tú en que nos reconocemos; triunfo penoso de la tentación del apartamiento, sumersión en el espacio total que somos. Tales son las etapas del viaje inmóvil narrado en Materia viva. Hay formas verbales que sirven como hitos: el infinitivo-imperativo impersonal de los primeros versos (“Nacer al desconcierto y a la sombra...”), ya unido a indicios de individualización (“Comprobarme, confirmar mi permanencia”).
La primera persona se diluye al comienzo en la pluralidad (“ligándonos y desatándonos/ serpientes del diálogo mudo”... “besábamos la humedad secreta/ hasta elevarnos desesperados y atávicos de alas”), para afirmarse después en una individualidad que sólo se reconoce en la inminencia del otro (sólo tú, llegando, cercándome pobre/ derrotado mío, formando mis propios límites”). La expansión en la totalidad se da en el último tramo de Materia viva mediante el paso del verso a la prosa. Distinción superficial, más espacial que verbal: los versos aislados se funden en el transcurrir de frases que, sin perder tensión, reproducen el ritmo de la totalidad.
El ceremonial de esta busca del yo en lo otro que es Materia viva se agiganta en una suerte de cosmogonía. Una vez más: describir el mundo es describirse. Primero es el encuentro del propio yo que de Materia viva (cuerpo, piel, cáscara, excrecencia de la tierra) se desdobla sucesivamente: encontrar el yo es inventar (invenire = descubrir) al tú. La identidad original así desdoblada e identificada con la voz que narra (que se narra) se transmuta en elementos primordiales: voz-agua, asociada a la permeabilidad, la penetración, el descenso; voz-fuego, unida a la verticalidad, a la posesión de un espacio aterrador e invitante. Los ritos ancestrales de destrucción-renacimiento, muerte-vida vuelven a oficiarse en Materia viva. La reconciliación última del aire, el fuego, el agua y la tierra, el “basta presentirla” con que se alude a esa fusión, es la luz más intensa  entre las que fascinan en este libro.
Es asombroso que la brevedad, la límpida economía a que se ha consagrado Luisa Peluffo haya rehuído a tal punto el halago de la imagen atrayente o los hechizos de la tradición japonesa del destello instantáneo. Situada en las fronteras mismas del silencio, su poesía se oye como el decir que ha sacrificado cuanto no sea esencial.


SE LLAMAN VALIJAS (cuentos), Gárgola Ediciones, Buenos Aires, 2013.-




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