domingo, 26 de mayo de 2013

MIRADOR DE LIBROS: SE LLAMAN VALIJAS, de Luisa Peluffo (Gárgola Ediciones) por María Angélica Scotti *



Este curioso título reúne un total de 11 cuentos, la mayoría de ellos de excelente nivel. El primero, muy bien narrado (en tercera persona) desde el punto de vista de un pequeño niño, explica el nombre del libro que es también el de ese relato: el menudo protagonista va incorporando palabras a su reducido lenguaje, como cuando se expresa “Mamá le corta el pelo con eso que no le deja tocar. Se llama ‘tijera’.

Las sucesivas mudanzas del niño con sus padres (fundamentalmente desde Buenos Aires hacia el sur, que tienen carácter de huida pues la acción transcurre en la época de la última dictadura militar) convierten a las valijas en una especie de leitmotiv: “Ayer volvieron a aparecer esas cosas que se llaman ‘valijas’ “. Después de este cuento, interesante y tierno a la vez, se suceden unos pocos relatos amenos, bien trazados, pero que no llegan a deslumbrar como los que vienen a continuación. 

Efectivamente, a   partir del quinto cuento y hasta el final del libro se despliegan las narraciones más ricas y cautivantes: “Flechas”, sobre una joven y su compañero (en adelante el protagonismo lo tendrán las mujeres), quienes, en sus viajes, van descubriendo el sur y los rastros o despojos de indígenas mapuches, esos otros “desaparecidos” de nuestra historia; “Perros en Don Torcuato”, narrado en primera persona desde la perspectiva de la protagonista (la mujer de Marcelo y madre de Nahuel, como en el primer cuento), durante una estadía en una quinta donde el clima amenazante (es el año 1976) está representado por la irrupción de unos feroces dogos; “Materia viva”, que gira alrededor de las peripecias de la protagonista con respecto a la publicación de sus poemas; “Alimentos fríos”, sobre una fugaz relación adúltera de la protagonista en pleno embarazo; “Nosotros”, un cuento estupendo escrito como un monólogo sin ningún tipo de puntuación (una muestra de gran destreza narrativa, con un ritmo vertiginoso que impide interrumpir la lectura) y que va entreverando el relato con la letra de un bolero y apelando a distintos toques de humor e ingenio; “Captiva”, acerca de un viaje de la pareja (ella y Marcelo, ya en la madurez) a EE.UU., y con frecuentes alusiones literarias; y “Tunkelenikipaa..í”, relatado magníficamente desde el enfoque de una mujer de ascendencia indígena (“Rosalba”, al igual que la empleada doméstica del primer cuento), valiéndose de un lenguaje y un tono mapuches muy logrados (presentes en el mismo título del cuento). 

Como se ve, los diversos relatos guardan elementos comunes: la presencia recurrente de las valijas, el viaje hacia el sur (que es, a la vez, un ingrediente autobiográfico: la autora emigró con su familia en 1977 desde Buenos Aires a Bariloche, donde vive en la actualidad), los personajes y nombres que se repiten con variaciones, la inclinación literaria de la protagonista mujer, una suerte de álter ego de la autora. Es un juego de correspondencias que va esbozando una urdimbre sutil entre los diferentes cuentos. Los diálogos (sintéticos y, a la par, expresivos) y los personajes están muy bien elaborados, en particular los pertenecientes a sectores populares. 
Abundan los finales abiertos a la manera minimalista, como en el primer cuento, lo que subraya la incertidumbre y la alarma propias de los años 70. El estilo, ágil, despojado y a menudo coloquial, con predominio de oraciones breves, invita a la lectura, prescindiendo de pasos y elementos superfluos y creando un tono de espontaneidad, frescura y hasta encanto.

Fragmento:


     “Yo soy nacida en Paso de Indio. Rosalba, me llamo. Me supe criar allí hasta que falleció mi mamá. Más luego no, porque el papá se tiró a la pena y nos castigaba con el cinto. Éramos siete. La Gladys y yo fuimos donde Don Leiva y la señora que no tenían hijo. Mis otros hermano no sé dónde están. Vayan donde Leiva, dijo mi papá, que allí no les van a hacer faltar nada, porque esas tierras son buenas, no como aquí que la tierra es mala. Y él tampoco quería que hablemos la lengua porque decía que ahora se usa más el idioma de éste. La señora de Don Leiva, Doña Marta, ya estaba muy enferma, muy mala estaba, y falleció al poquito que llegamos nosotras. Yo la sabía cuidar y se me hacía rara la casa sin ella. ¿Sabe que cuando una piensa en los muertos ellos responden? Mire, días atrás yo la venía recordando a la finadita. Hacé que me pase algo lindo Martita, le pedí, no te hagas de rogar. Y al día siguiente gané el quini.”    

*Publicado en Revista El Vecino, Mayo 26, 2013.

María Angélica Scotti nació en Buenos Aires en 1945. Estudió Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde también ejerció la docencia. Desde 1976 reside en el interior del país, donde hizo periodismo y coordinó talleres de escritura. Ha publicado estudios críticos sobre literatura argentina y latinoamericana y las novelas Buenos augurios (Premio Fundación Konex-Fondo Nacional de las Artes 1985), Señales del cielo (1994; premio Alcides Greca, de Santa Fe), Diario de ilusiones y naufragios (Premio Emecé 1995/96, Primer Premio Municipal de Buenos Aires y Segundo Premio Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación) y Las orillas del fuego (2006), además del libro de testimonios de vida de viejos pobladores Las voces de la memoria (1997). Ha concluido otra novela: El pasajero del sueño.


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