lunes, 24 de junio de 2013

LA NEVADA por Mónica De Torres Curth*

            Despertó sobresaltado. Pero prestando atención se dio cuenta de que no había ningún motivo para el sobresalto. No había ruidos. Ninguno. Ni siquiera los habituales. Una claridad poco común entraba por la ventana, pero no fue lo suficientemente curioso como para salir de abajo de las cobijas. La económica ya estaba apagada y el Chucho dormía ovillado al lado, juntando los últimos calorcitos del hierro tibio.
Un aire helado le recorrió el rostro y se apretujó más entre las mantas. Hubo algo que sí le llamó la atención. El clarear entraba por la ventana pero no por debajo de la puerta. Juntó coraje, se levantó de un salto. Pasó la mano por el vidrio empañado y vio una nevada tupida y de varias horas que tapaba hasta donde podía ver.
Lo hecho hecho estaba. No había soltado los animales, no había llevado al caballo al galpón, no había guardado la montura. Era la última vez que volvía borracho. Sólo se había ocupado de aflojar la cincha, prendió la económica y así como estaba, mamado, se había tirado sobre el catre lleno de mantas revueltas. Después de eso no se acordaba nada más.
Acomodó unos troncos adentro de la estufa, tiró unas cucharadas de ceniza con querosén y un fósforo. Abrió un poco la puerta y detuvo la mirada un rato. Mientras calentaba agua para el mate se sintió acobardado. ¿Y si ya era tarde? Se calzó las botas, se puso el poncho y el sombrero y salió para los galpones.
El alazán estaba echado, con los ojos abiertos y tapado de una capa de nieve pareja y esponjosa. Hacía rato que se había muerto. Pobre bicho. Qué huevón que fui, pensó. Apenas si pudo sacar la montura. Las sogas mojadas, la cincha aún apretada bajo el cuerpo del caballo le dieron bastante trabajo. Sacudió el polvo blanco pegado al cojinillo, sacó el freno y el cabestro y los colgó dentro del galpón.
Fue, enterrando sus piernas hasta las rodillas, en pasos cortos y cautos hasta el corral. Las ovejas estaban todas juntas, pegadas unas al lado de otras, como una masa, como una unidad. Trepó a la tranquera  y saltó porque tendría que hacer mucha fuerza para abrirla. Vio cómo lo miraban, con esa mirada ida de las ovejas, y vio que ninguna se movía. Una manta de lana sobre la lana pensó, y las tocó a todas. Frías, hechas estatua de hielo, con la nieve reposando sobre hocicos, cabezas y miradas. Toda frías. Todas juntas y pegadas. Las empujó con el pie, primero a una, luego a otra, y la masa ovina se mantuvo de piedra. Menos una. Una hizo un gesto, un gesto sin sonido. Un parpadeo quizás.
A patadas partió el corral de hielo que apretaba a la única oveja que no estaba muerta. Le dolían las manos de tanto manipular el frío sólido que se pegaba a todas las cosas, a lo inerme, a lo yerto, lo material y lo vegetal.  Como pudo llegó a ella. Apenas respiraba y tuvo que arrancarle pedazos de lana para poder despegarla del resto. La alzó, y dio una última mirada a las otras. Como muñecos de juguete, estaban tiradas con las patas tiesas, pegadas de a dos, pegadas de a tres.
Empujó la tranquera y logró abrirla lo suficiente para pasar con la oveja en brazos. Caminó poniéndole el pecho al viento y a la nieve que caía cada vez más espesa. Empujó la puerta de la casilla  y se deslumbró por la oscuridad.  Apoyó la oveja en el piso, al lado de la económica y la cubrió con el poncho. Puso más leña y salió a buscar otro poco. Por lo menos estaba hachada. A pesar de unos cuarenta o cincuenta centímetros de nieve sobre los palos, estaba seca.
Cuando estuvo adentro, seguro de que había hecho todo lo que podía hacer, se preparó unos mates y armó un cigarro. Era imposible saber qué hora sería, ni cuánto tiempo había estado dormido. El Chucho tenía las orejas erguidas  y el hocico pegado al piso, con la mirada alabeada, como preguntándose y ahora qué.
El vapor del agua hacía unos rulos largos al lado de la bombilla cuando cebaba. Pasaron dos o tres pavas hasta que la oveja se movió. La empujó un poco con el pié y no paso más nada. La nevada seguía fecunda y constante, y el tiempo se había vuelto hielo también.
Tuvo hambre. Buscó algo de carne que tenía guardada y la calentó sobre la económica. Con el cuchillo comía y cortaba para el perro, que ahora estaba parado y atento a los movimientos del filo sobre el hueso.
No supo cuántas horas pasaron. La claridad era indiferente y extraña. El silencio pesado. La oveja seguía inmóvil bajo el poncho y el perro de nuevo ovillado.
Esto no va a parar así nomás, pensó. Revolvió entre sus cosas y encontró el poncho de lona encerado que había sido de su padre. Ese era bueno para las nevadas. Agregó leña y salió hacia el galpón de nuevo. Ató un fardo de pasto con una soga, juntó en unas alforjas algunas cosas que pensó que podría necesitar, buscó la pala y volvió a la casa llevando el fardo a la rastra.
La única evidencia del paso del tiempo era la leña que se consumía. Nada más. La oveja seguía inmóvil, el perro suspiraba cada tanto y la nieve caía con ese empecinamiento que a veces tiene, suave, delicada, pero irremediable. Se aseguró de que hubiera suficientes palos en la económica y se acostó.
Despertó en algún momento, sin saber en qué momento. El tiempo había pasado, medido en cenizas en la base de la económica. La oveja, parada al lado del catre lo contemplaba con su mirada líquida, y el perro movía la cola.  Se acercó a la ventana y todo parecía igual, sólo que ahora podía ver nada más que dos hilos del alambrado.
Sacó un poco de harina, grasa, levadura y empezó a preparar una masa para hacer pan. Puso la mezcla cerca del calor de la estufa y fumando un cigarro esperó a que se hinchara. Amasó y metió el bollo en el horno. El pan se hizo y el ambiente se llenó de perfume. La oveja lo acompañaba fiel, pegada a sus talones, en los paseos cortitos alrededor de la mesa, el perro lo miraba desde su lugar cerca del fuego. 
Si esto sigue no voy a poder salir, pensó. Buscó varias cosas y las fue acomodando en la alforja: un cuchillo, una manta, fósforos, unas velas, el pan, un poco de carne charqueada. Se abrigó lo más que pudo, ató al lomo de la oveja una bolsa con pasto. Se puso el poncho de su viejo y el sombrero de ala ancha. Abrió la puerta. Era difícil decidirse. Intentaría ir río abajo hasta encontrar el camino. Ahí podría cruzar por el puente carretero y llegar al pueblo. Agarró la pala y salió. Cuando había dado unos pocos pasos sintió un ruido plástico, amortiguado. El techo del galpón se desplomó. Tendría que irse pronto. El de su casa no aguantaría demasiado tiempo.
No había viento. Empezó a caminar abriendo una huella honda y angosta, seguido por el perro que hociqueaba en sus talones y la oveja que lo seguía incondicional. Era un andar voluntarioso, pero le costaba bastante. Hasta ahora no había necesitado usar la  pala más que de bastón. Caminó bordeando el alambrado, sabía que eso lo mantendría alejado del río. No veía ni animales ni pájaros. No se oía nada.
Anduvo, calculaba, unas diez o doce leguas. Tenía sed y estaba muy cansado. El paisaje parecía estirarse. Cuando llegó al sauzal río abajo ya la nieve le llegaba a la cintura. Buscó con la mirada la cueva que lo había cobijado tantas veces. Apenas se veía la entrada. Paleando llegó hasta arriba. Le pareció glorioso el piso seco, pisoteado por millones de patas tras años y años de guarecerse de tempestades, lluvias y noches.
Se sacudió, juntó palitos y bosta y encendió un fuego. Comió algo de pan y compartió con el perro. Puso pasto para la oveja y se recostó tapado por su poncho.
Despertó con un nuevo sobresalto. Estaba cansado, muy cansado, le dolían las piernas, los brazos y la garganta. Apenas si podía ver afuera de la cueva por un resquicio que quedaba, ¿había más de dos metros de nieve?. Estaba tan cansado que el sueño lo venció otra vez.  ¿Cuánto tiempo? Imposible saberlo.
Cuando volvió a despertar la cueva estaba oscura, y podía sentir la mirada del perro y la oveja que esperaban que decidiera. Juntó todo. Se sentía increíblemente bien. Empezó a hacer un túnel desde la boca de la cueva hacia abajo. No era difícil. La nieve no estaba compactada, de modo que el túnel se cavaba fácilmente.
En un silencio sólido, ahora el tiempo se medía por el ritmo del impacto de la pala en la nieve esponja, adelante, arriba, atrás, y el perro y la oveja pisándole los talones.  Una y otra vez, en un camino infinito hacia alguna parte. Mirando para atrás parecía que iba derecho. Mirando hacia arriba parecía que había kilómetros de nieve sobre su cabeza.  No se filtraba una gota de luz, pero sin embargo todo era claro. No le extrañó.
De repente la pala se hundió más de lo debido. Un hueco se abrió ante él. Asomó la cabeza. Un túnel largo, ancho y cálido corría perpendicular al suyo. Entraron los tres, se sacudió la nieve y sintió que la ropa le sobraba. Se sentó a un costado de la abertura que había hecho y se quedó un rato mientras comía un poco de pan. Por un costado corría un arroyito. Los tres acercaron los hocicos al agua y bebieron despacio, disfrutando. El perro tomó la decisión. A la derecha.
El camino se hacía cada vez más ancho, más apisonado, como si muchísimas personas  y animales hubieran transitado por ahí, pero aún así estaba limpio. Impecable. Se fijó que el arroyo corría en su misma dirección. Vamos hacia el río pensó, y se apuró un poco. El perro se alejaba y volvía hasta él, agitando la cola.
Un ladrido lo asustó. Le sonó como hueco de tan acostumbrado al silencio. El perro estaba ante una nueva bifurcación,  alerta, dibujando ochos en el suelo con el hocico. De a tanto levantaba la cabeza como tratando de escuchar. Se movía nervioso de un lado a otro. De pronto se sintió un chasquido.  El hombre quedó inmóvil, la oveja sólo miró y el perro salió lanzado hacia la izquierda. Era importante no perderlo de vista. Apuró el paso, pero con cautela. El piso de hielo podía ser traicionero. Un hombre estaba sentado a un costado del túnel, junto a un agujero por el que seguramente había entrado, como él. Le pareció familiar. Como si algo en él le hiciera sentirse confiado. El hombre comía un pedazo de carne asada, jugosa y caliente sobre un trozo de pan que parecía recién horneado.
Se acercó con el sombrero en la mano y el hombre hizo un gesto como invitándolo a sentarse.  Compartieron la carne en silencio. La comida caliente, el mate y la compañía del hombre lo reconfortaron y lo llevaron lejos en sus recuerdos. Rememoró las comidas a la tarde con su padre, mientras perfumes de su infancia invadieron el espacio. El pan crujiente, el puchero siempre hirviendo en la económica. Orégano fresco colgando en ramitos en la pared del fondo, el tomillo, la menta.
Le pareció sentir la presencia  de una mujer en la trastienda del hueco, que quizás se ocupaba de las cosas de la casa. Pensó en su madre pero el pensamiento fue furtivo y la imagen se desvaneció.
La sombra de una madre joven con un niño se dibujó al fondo del túnel, hacia donde corría el agua. Una añoranza de cosas no habidas le cerró la garganta y deseó haber tenido un hijo. Se levantó, le tendió la mano al hombre y su tibieza le dio un escalofrío. Miró por el hueco esperando ver a la mujer de la trastienda, y la vio de espaldas, con un delantal anudado a la cintura, amasando quizás, lo que dedujo de un movimiento rítmico hacia adelante y hacia atrás estirando los brazos.  No dijo nada, juntó sus pocas cosas, le dio una mirada al perro, que ya se le adelantaba. 
Retomó la marcha, apurando para ver si alcanzaba a la madre y al niño, pero los había perdido de vista completamente. Cuando tomó el mismo recodo que ella, se encontró frente a un laberinto de túneles blancos, algunos más luminosos que otros, algunos mas anchos y otros más estrechos, unos que subían, otros que bajaban.  Miró al perro pidiendo ayuda. Se dio cuenta de que hacía años que era su único compañero. ¡Busque! le dijo, pero el perro se quedó pegado a su pierna esperando su decisión.
Recorrió con la mirada todas las bocas que aparecían frente a él. Le pareció que escuchaba rumores, como de voces, quizás alguna guitarra, y de a poco muchas personas empezaron a aparecer sólidas frente a él, cada una ocupándose de sus cosas, algunos caminando, otros sentados, de a dos, de a tres, viejos, niños, mujeres. Se los veía plácidos, despreocupados. Llegué, pensó, y se sentó a fumar un cigarro.
Un hombre muerto, recostado sobre su poncho y abrazando a su perro, formaban una estatua de hielo. A la derecha una oveja con los ojos bien abiertos, inerte, parecía controlar la situación.  Hizo un gesto, un gesto sin sonido. Un parpadeo quizás. 


* Mónica de Torres Curth  nació en San Carlos de Bariloche el 6 de julio de 1961, en medio de una nevada persistente y tranquila. Nunca pudo alejarse de la magia de este sitio y, cuadras más cuadras menos, aún vive en el mismo lugar. Es profesora de matemática.
 Para mí escribir es como sacar una buena foto, pero para adentro.

No hay comentarios: