domingo, 8 de septiembre de 2013

UN PUÑADO DE POLVO EN TIERRA ADENTRO



UN PUÑADO DE POLVO EN TIERRA ADENTRO

por Luisa Peluffo


En 1934 Evelyn Waugh *  publicó la novela “Un puñado de polvo” (A handful of dust). La historia, una irónica descripción de la aristocracia británica de los años ’30, desemboca abruptamente en el Amazonas. Algunos críticos la descalificaron porque para resolver el desenlace el autor recurrió a  “El hombre que amaba a Dickens” (The Man Who Loved Dickens) un cuento que había escrito y publicado anteriormente. 


“El hombre que amaba a Dickens”narra la historia de un explorador inglés perdido en la jungla, milagrosamente socorrido por un anciano compatriota que ha nacido allí.  El anciano gobierna una aldea y es dueño de algo insólito en ese ambiente: las obras completas de Charles Dickens.  Él mismo no sabe leer, pero recuerda con nostalgia que su padre solía leérselas cuando era chico y le ruega al explorador que le lea mientras esperan que vayan a rescatarlo.

Al principio éste lo hace con gusto, pero a medida que se va recuperando, se da cuenta de que se ha convertido en una suerte de “lector oficial” y que su “bienhechor”, capaz de emocionarse y llorar al escuchar las historias de Dickens, es perfectamente insensible al dolor ajeno real y no tiene ninguna intención de dejarlo partir.


La “perla” de esta historia fue la revelación de Stephen King,  quien confesó que el cuento  “El hombre que amaba Dickens” fue la inspiración para su novela “Misery”: “…lo leí mientras  dormitaba en un Concorde de Nueva York a Londres – comentó -  el cuento de Evelyn Waugh  era sobre un hombre en Sudamérica tomado prisionero por un jefe que está enamorado de las historias de Charles Dickens y obliga al hombre a leérselas. Me pregunté qué pasaría si  el propio Dickens fuera retenido cautivo...”.

Lucio V. Mansilla


Lejos de los personajes de Stephen King  y  Evelyn Waugh  y más cerca de nuestros propios escritores, viajeros y aventureros,  tanto el personaje  ficticio del escritor secuestrado de “Misery”, como el  protagonista de “El hombre que amaba Dickens” me recordaron a un personaje real,  mencionado por Lucio V. Mansilla (sobrino de Juan Manuel de Rosas) en la famosa crónica de su incursión a las tolderías ranquelinas.

El  30 de marzo de 1870, Mansilla  partió desde el Fuerte Sarmiento, en el sur de Córdoba, hacia las tolderías de  Leuvucó  (Agua que corre) al norte de La Pampa. Recorrió unos 400 kilómetros para negociar con los indios  un tratado de paz  y  la liberación de  cautivos,  entre ellos la del médico Jorge Macías, conocido suyo.

Leuvucó  era el asiento de las tolderías del cacique de los ranqueles:  Paghitruz  Güor ("Zorro Cazador de Pumas")  más conocido por su nombre de cristiano bautizado: Mariano Rosas.


La historia del cautiverio del Dr. Macías comienza cuando el coronel  Elía,  jefe de la frontera de Córdoba, inició una negociación de paz con los indios. Macías se ofreció y partió con las credenciales correspondientes. Pero fue abandonado a su suerte y de plenipotenciario pasó a prisionero oficiando como escriba obligado de Mariano Rosas.


“…El doctor Macías me preocupaba… Su espíritu abatido por los padecimientos que había sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres… Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como uno de tantos al toldo del cacique… Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una tumba de carne; sus vestiduras eran pobrísimas… Sus pies estaban destrozados, sus manos encallecidas...”  anota  Mansilla en su cuaderno de viaje, que editará como apostillas en el diario La Tribuna,  bajo el título “Una excursión a los indios ranqueles”.  Y  le pide a Mariano Rosas su liberación. El cacique acepta, pero cuando vuelven a conversar sobre el tema, cambia de opinión:

 “-Hermano, el dotor es mejor que se quede.

-Usted me lo había cedido ya -le contesté.

-Es cierto; pero es mejor que se quede.

-¿Y el Tratado de Paz, hermano?

-Yo no se lo niego, hermano, le digo que se lo daré después.

-¿Y qué dirán en el Río Cuarto los cristianos luego que sepan que vuelvo sin Macías? Dirán que no me he atrevido a reclamarlo, se quejarán y con razón.

-¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!

-Usted me compromete, hermano.

-La conciencia de ese hombre es mía.”

Lucio V. Mansilla  tuvo que negociar dura e insistentemente  durante días para obtener - ya con “el pie en el estribo” -  el consentimiento de Mariano Rosas para  la liberación de Jorge Macías.

Las razones de Mariano Rosas se comprenden cuando nos enteramos de que en su niñez se había encontrado en la misma situación que Jorge Macías, al ser capturado cerca de Melincué .  En las tolderías los chicos aprendían temprano a prepararse para luchar contra los huincas y cuando los adultos salían a maloquear se quedaban cuidando las caballadas de reserva.


Aquella vez la partida militar lo apresó y lo llevó engrillado junto a otros ranqueles hasta Santos Lugares. Poco después estaba en presencia de Juan Manuel de Rosas quien al enterarse de que ese chico  era Paghitruz Güor (Zorro cazador de leones), hijo del gran cacique Painé Güor (Zorro Azul) lo hizo bautizar y sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila, le dio su apellido y lo mandó de peón a su estancia del Pino con los otros capturados.


Entre rebencazos gratuitos y muestras de afecto, Mariano Rosas se hizo diestro en las faenas rurales. "Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él", diría Mansilla. Pero en seis años los chicos ranqueles no perdieron la nostalgia por la toldería. Una noche de luna llena de 1840  montaron los mejores caballos y escaparon.


Al poco tiempo MarianoJuan Manuel de Rosas le envió un regalo a su sobrino. "Consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas oscuras, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de yerba y azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas divisas coloradas", relata Mansilla. Con el obsequio venía una carta y la invitación a visitarlo. Pero Mariano  juró no dejar nunca su tierra.


En 1858 asumió la máxima conducción del cacicazgo flanqueado por otros dos grandes caciques: Baigorrita y Ramón el Platero. Fue un gran jefe en la guerra contra el huinca, hospitalario con las familias unitarias prófugas de los federales. Y en los largos períodos de paz que consiguió pactar fomentó la agricultura y la ganadería.


Mariano Rosas murió de viruela en 1877. Fue enterrado con tres de sus mejores caballos y una yegua. Un año después su cráneo fue robado por disposición del coronel Eduardo Racedo y llevado al Museo de La Plata, de donde fue devuelto a sus antiguos dominios en 2001 tras la movilización de la comunidad ranquel.



* Evelyn Waugh (28/10/ 03 – 10/4/66), novelista británico de la primera mitad del siglo XX, caracterizado por su humor negro y satírico en novelas como Un puñado de polvo (Espasa-Calpe, 1995)), Decadencia y caída  y por la obra Retorno a Brideshead (Tusquets Editores, 1993). Waugh, que también escribió relatos, biografías y libros de viajes, atacaba la ausencia de valores de la vida moderna y, en especial, de la sociedad londinense.


Lucio V. Mansilla



Mariano Rosas
Entrega de la urna con los restos de Mariano Rosas a su nieto.