viernes, 27 de diciembre de 2013

EL PASADO ESTÁ ADELANTE Y EL FUTURO MIRA ATRÁS


PARA UN INDÍGENA EL PASADO ESTÁ ADELANTE Y EL FUTURO MIRA ATRÁS por Luis Eduardo Pincén*  
 
Yo era un chico muy tímido y reservado, también de tez oscura. Estos datos parecían suficientes para dar rienda a algo negativo. Envíelo a una escuela especial porque este chico es fronterizo… Esa fue la sugerencia que una maestra particular le hizo a mi madre. En efecto, mi pertenencia a la comunidad de origen günün ä küna-mapuche, también conocida como tehuelche septentrional o del norte, hizo que siempre me vieran diferente. 

Para muchos sectores considerados más civilizados, los indios somos gente limitada. Recuerdo apenas me recibí de profesor, en una escuela de Bella Vista, el nuevo rector me escuchó comentar una idea y dijo algo así: “ Hablás mejor de lo que suponía ”. El no me conocía de antes pero pensaba que un morocho medio aborigen sólo podía decir cosas simples.

Soy tataranieto del Lonko (Cacique) Vicente Catrunao Pincén, hijo de Inocencio Nicasio Pincén y de Doña Rosa Irma Andrada, criolla mezcla de español y comechingón. Nací hace 55 años. Si bien mi familia no desconocía sus orígenes prefería ocultarlos por miedo a la discriminación. Les confieso que todavía hoy, yo y mis cuatro hijos somos mal mirados en el subte, en las calles y hasta en los boliches de Buenos Aires. Toda mi familia sufre la marginación sea por el color de piel o el pelo largo o por el simple hecho de ser morochos y grandotes, características salientes de nuestra raza.

Mi tatarabuelo fue uno de los más importantes líderes indígenas de la historia argentina. En 1878 cayó prisionero en manos del Ejército mientras su comunidad era destruida y dispersada. Fue y es una figura tutelar para nuestra gente. No así para los que nos despojaron de la tierra, la cultura y la vida dos siglos atrás. Los estigmas también cayeron sobre todos los integrantes de la comunidad. Como dije antes, yo era un chico ensimismado. Una de mis tías, acaso influenciada por los cánones de belleza occidental, hablaba de mí en un tono entre paternal y despectivo.

“Pobre Luisito –decía– tan negro, tan feo y encima mudo”.

Muchos años después sabría yo que en una carta dirigida a la Reina de España, nada menos que Cristóbal Colón le contaba desde una evidente ignorancia que los indios hallados en estas tierras no hablaban, es decir, eran mudos...

Con el pasar del tiempo mi madre y mis tías abuelas Rufina y Celestina Pincén me contaron quiénes eran mis ancestros y cómo vivían. Mediante esa paciente transmisión contribuyeron a que yo entendiera mejor los principales rasgos de mi personalidad. Ya en la adolescencia manifesté algunos problemas relacionados con ese desajuste entre los estereotipos y la realidad cotidiana. Me sentía inseguro, por lo que resurgió mi timidez de siempre y me refugié en el estudio. Dos factores que entonces me ayudaron fueron mi participación en la Asociación Cristiana de Jóvenes y mi militancia, heredada de una familia de obreros, en el peronismo. Ambas experiencias me dieron herramientas de lucha y disciplina que aún hoy me son útiles. Con el paso de los años, sin embargo, esos marcos teóricos entraron en conflicto con mi identidad indígena que valora sobre todo lo comunitario, lo solidario, la reciprocidad, el amor y el respeto por la naturaleza, por los ancianos, por los niños, por el simple hecho de mantener la palabra y manejarse con la verdad.

Del peronismo me alejé cuando descubrí que el concejal que nosotros habíamos llevado como candidato vendía drogas. Tampoco fue posible defender a la Iglesia Católica luego de que decidiera, en 1992, celebrar y legitimar quinientos años de conquista, saqueo y evangelización. Despojado entonces de aquellas líneas iniciales de pensamiento, y un poco a la deriva, fui a escuchar unas charlas en el Museo Roca del barrio porteño de Recoleta. Entonces observé que formando parte del público había antropólogos y también dos paisanos que yo conocía bien: Augusto Ramallo y el entonces cacique Coliqueo. Debo decir que en mi familia se odiaba mucho a estos paisanos de Los Toldos, sentimiento que surgía de conflictos del pasado.  Los Coliqueo, luego de luchar con los Pincén contra el blanco, decidieron formar parte del Ejército Nacional.

Yo era joven y esta idea me parecía aberrante. Para colmo en un momento de mi charla alguien le preguntó a Coliqueo cuál había sido el aporte de su tribu a la identidad nacional. La respuesta no pudo ser peor. Dijo que su contribución principal había sido el hecho de haberse integrado plenamente a la nacionalidad argentina y al cristianismo. En ese momento no pude contenerme y animado por la furia le dije al cacique que cualquier indio muerto en pelea hizo mucho más por la identidad nacional que los que se entregaron. Hoy me arrepiento del tono y la dureza encerrada en esas palabras.

Fui fiel a mis sentimientos pero de una manera irrespetuosa ante una autoridad con la que no estaba de acuerdo. Lo anecdótico fue que al salir del museo me esperaban en la puerta muchos paisanos. Pensé que estaban enojados conmigo por lo que había dicho pero no fue así. Eran integrantes de la rama juvenil de la Asociación Indígena de la República Argentina y me invitaron a participar en la lucha que llevaban adelante. Así empezó mi camino en favor de los pueblos originarios. Pude conocer las cuestiones históricas, sociales, políticas y culturales que nacían en la ciudad para luego alcanzar el espacio rural y comunitario. Había recorrido ya la mitad del camino. La otra mitad me la dio el destino o quizás Futa Chao (nuestro Dios o Gran Padre), que sabe muy bien por qué hace las cosas.

Yo trabajaba en la Fundación desde América, cuyo director era el antropólogo Carlos Martínez Sarasola. Un día llega a mí una señora descendiente de franceses con los restos óseos de un hermano tehuelche. Ella me pidió si yo podía enterrarlo de acuerdo con nuestras pautas culturales. Le dije que desconocía cuáles eran esos procedimientos pero que me comprometía a cumplir su deseo. El episodio no fue menor para mí. Me vi obligado a aprender la manera en que nuestros ancestros enterraban a los que partían. Profundicé también en los conceptos de salud y enfermedad, en el difícil equilibrio entre el bien y el mal, en las ceremonias… De paso eso me ayudó a conocer mejor la cultura y cosmovisión del mundo indígena, un aprendizaje que sólo se obtiene en contacto directo con nuestros sabios mayores y con la gente de la tierra, nuestros paisanos, nuestros hermanos.

La profunda experiencia de conocimiento cristalizó cuando participé, por invitación de la comunidad de Chorriaca, de una Rogativa o Nguillatún, en el norte neuquino. La Rogativa, también conocida entre nosotros como kamaruco, es una ceremonia circular que se celebra anualmente a campo abierto y a lo largo de tres días. No importa si llueve o cae nieve. No importa si hace frío o calor. Se reúnen entre trescientas y setecientas personas, hacen bailes colectivos, interpretan cantos, todo dirigido a fortalecer el espíritu de cada familia, a entrar en armonía con el cosmos, a agradecer.

En la provincia de Buenos Aires esa tradición se perdió y nosotros estamos trabajando de manera incansable para recuperarla. Lo cierto es que en aquella primera experiencia que tuve en Neuquén me convertí primero en bailarín (purrufe) del Choique Purrún (danza del ñandú); después fui primer bailarín del grupo y finalmente fui reconocido como Lonko (cacique), cargo que ya había sido establecido por mi comunidad. Nuestro objetivo es realizar nuestra propia Rogativa en territorio pampeano. El lugar elegido está ubicado en el partido de Puán, cerca de las montañas sagradas de Sierra de la Ventana. Hacia ellas nos dirigimos.

Concretar esta ceremonia en territorio bonaerense, algo que en principio se haría realidad en septiembre de 2016, requiere de un espacio físico, de la participación de bailarines, cantantes, caballos y toda la infraestructura y logística necesarias. En ese camino de formación y entrenamiento viajamos dos veces al año a Neuquén, sin ayuda alguna, lo que nos llena de orgullo y compromiso. Recuerdo a veces las épocas en que un hermano de la comunidad de Huncal decía: “ Pincén es un negro solo que anda por la gran ciudad ”. Hoy no estoy solo, muchos hermanos me acompañan y eso me da mucha alegría. Los Pincén prácticamente habíamos desaparecido. Hoy nuestra realidad es distinta. En diversos lugares de la región pampeana mis hermanos están volviendo y ya no somos sólo un recuerdo.

Es verdad que hemos perdido nuestro territorio. El tratado de 1873, que reconocía la propiedad de las tierras que ocupábamos, no fue respetado. Muchos mayores dejaron de enseñar y practicar la cultura y la lengua para que sus hijos no fueran discriminados. De la mano de nuevas formas de explotación del campo desaparecieron innumerables variedades animales y vegetales. El aire, el suelo y el agua han sido contaminados y el Lof, o comunidad material e inmaterial, se ha visto afectado. La pérdida de los propios valores derivó en algunos casos en violencia, alcoholismo y promiscuidad.

Los “civilizados” intentan corromper a nuestra gente hasta volverla dependiente de todo tipo de flagelos. La idea del salvaje transmitida por la escuela hasta hace poco llena de vergüenza a mis hermanos. Al punto de que muchos niegan su ascendencia y sus apellidos. El cambio de alimentación derivó en enfermedades nuevas como la diabetes y tantas otras; antiguamente se comía el choique (ñandú) y el guanaco, que no tienen colesterol. Antes sólo se ingería fruta de estación y se realizaba mucha actividad física. Hoy la vida de mucha gente es sedentaria, está llena de hidratos de carbono, colesterol y triglicéridos. Ya sabemos el final de esa historia: la muerte temprana de tantas personas. Somos conscientes de estas realidades. Pero hemos caminado mucho hacia nuestra esencia y hemos superado desgracia y dolor aprendiendo a vivir sin odio ni rencores, pacíficamente, dispuestos siempre a comenzar de nuevo en el mismo punto donde desaparecieron nuestros ancestros.

El camino que emprendí junto a mis hermanos indígenas en este regreso a las tierras ancestrales es irreversible. Sabemos que es largo, complicado, pero ni siquiera esa perspectiva nos desalienta. Algo que he aprendido de mis hermanos es una superadora noción del tiempo que los Pueblos de esta tierra tenían. A diferencia de la cultura occidental, el futuro está atrás y es desconocido; el presente es aquí y ahora y por lo tanto efímero y el pasado está adelante nuestro por lo cual nosotros caminamos hacia el pasado, hacia nuestros orígenes, hacia nuestra esencia.

*Luis Eduardo Pincén: Profesor de Ciencias Naturales, tataranieto del cacique Vicente Catrunao Pincén.