sábado, 30 de marzo de 2013

MINAS

Ayer se presentó en Salón Araucanía  Paloma del Cerro, para los que no pudieron asistir aquí va su tema:

MINAS

http://www.youtube.com/watch?v=IB1inX_kfiY

ALERTAN POR EL ESTADO DE AVANCE DE 57 TRÁMITES DE PROYECTOS MINEROS DE ORO Y URANIO EN RÍO NEGRO

Un estudio minucioso del Catastro Minero de Río Negro permitió determinar que existen 57 derechos mineros de oro y uranio "listos" para comenzar la actividad. En total hay 1939 pedidos en toda la provincia, pero los trámites tienen distinto grado de avance.

El avance legal y administrativo de los proyectos mineros en la provincia fue analizado en un minucioso estudio del Padrón y Catastro Minero de las provincias de Río Negro y Chubut, realizado por el asambleísta Federico Soria, quien informó que hay 1.939 derechos o concesiones mineras otorgadas en Río Negro y 4.895 en Chubut.

El total, sin embargo, se encuentra en distinto grado de avance legal. Según expresa el informe  “el manejo de estas cifras es complicado; en esencia y por definición del propio Código de Minería, hay una expectativa futura de que esa sea las cantidad de explotaciones que podemos en algún momento llegar a tener en ambos territorios provinciales, sin embargo para determinar el grado de peligrosidad o afectación para el medio ambiente y las comunidades locales, conviene hacer un desglose mayor. Básicamente lo fundamental es determinar con el máximo grado de certeza posible, cuáles de esas explotaciones en expectativa pueden tener carácter mega y producir un daño ambiental significativo, ya sea por la destrucción del paisaje o por el empleo de sustancias tóxicas en la separación y concentración de los minerales a extraer”.

Según el cálculo que obtuvo Soria cruzando información, existen en todo el territorio provincial, 50 derechos o concesiones mineras de oro y 7 de uranio, que tienen alta expectativa de generar explotaciones, y son potencialmente riesgosas desde el punto de vista ambiental y social.

En el caso de la minería del oro, en base al análisis y cálculos efectuados, Soria expresa que “existen argumentos empíricos para demostrar que, de mantenerse o incrementarse las condiciones hiper favorables y de fomento con que cuenta la actividad minera, en pocos años podemos tener alrededor de 150 explotaciones de este mineral funcionando (unas 50 en Río Negro y 100 en Chubut aproximadamente)”.

El trabajo fue presentado este fin de semana en el 10º Aniversario del Plebiscito que rechazó la megaminería en la ciudad chubutense de Esquel, también fue difundido en la ciudad de Bariloche meses atrás.

En el marco de su exposición, Soria sostuvo que "el avance de la minería en Río Negro no es una sensación como el gobierno dice que es la inseguridad, por ejemplo. El avance de la minería es una realidad concreta". Se refirió a la dimensión y diagramación del catastro para señalar que no solo "no se ajusta a la definición de Desarrollo Sustentable" sino que además responde a una "matriz de saqueo".

"El Código Minero se aplica por el sector como si se tratara de una ley absoluta pero no es así, esa ley colisiona con la Ley General del Ambiente, de presupuestos mínimos y con la legislación que garantiza derechos a los pueblos originarios, entre otras", expresó.

Diario Digital Bariloche 2000, 26 de Marzo de 2013


  VIDEO:  
CURANDERA CURANDO:





domingo, 24 de marzo de 2013

RAYUELA a 50 años de su 1º edición - Luisa Peluffo

Publicado en Diario Río Negro, 24/3/2013

LEGENDARIA

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.

Julio Cortázar,“Rayuela", 1963

Ya no tengo el ejemplar de la legendaria edición de "Rayuela" , una de las obras centrales de Julio Cortázar y del boom latinoamericano, cuya aparición en 1963 motivó polémicas y deslumbró a la vanguardia cultural de Buenos Aires. Liderada por el Instituto Di Tella, esa vanguardia tenía su epicentro efervescente en una zona llena de librerías y galerías de arte que se extendía desde la plaza San Martín hasta la calle Viamonte, donde funcionaba la facultad de Filosofía y Letras.

 Y "Rayuela", con su propuesta de "libro para armar" y su voluntad de juego - ya desde el título – fue un verdadero soplo de aire fresco. Creo que no exagero si digo que muchos de sus lectores pensamos (como García Márquez cuando leyó la primera frase de "La Metamorfosis") : "Ah, carajo, yo no sabía que se podía hacer eso…".

Porque "Rayuela" fue sobre todo una obra de provocación que exigía la participación activa del lector y en su momento propuso una renovación del lenguaje literario, tanto en el uso de neologismos, como en su estructura.

Desafiando eso de que "nada extravagante puede perdurar" (Samuel Johnson dixit) la novela se puede leer de cabo a rabo, como cualquier libro, o siguiendo el orden propuesto por Cortázar en el "Tablero de dirección":

 "A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en forma corriente y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue. El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo. En caso de confusión u olvido bastará con consultar la lista siguiente…" .

 De esta manera la novela incita al lector a cierta actividad y protagonismo, en contraposición con las novelas clásicas en las que es conducido por la linealidad de la historia.

Cortázar tenía pensado titular al libro "Mándala", en referencia a la búsqueda de la unidad del ser. Pero le sonaba pretencioso y decidió llamarlo "Rayuela", aludiendo al objetivo de alcanzar "el Cielo" que propone el juego y a la quimera de su protagonista Oliveira en perpetua búsqueda de algo que no puede definir.

En "Rayuela" el argumento no importa, o sólo importa en tanto es el escenario del deambular errático de un grupo de personajes en dos ámbitos: Buenos Aires y París. Estos pasajes entre distintos espacios, mundos y tiempos son un motivo constante en la obra de Cortázar y en este caso puede dividirse sumariamente en tres partes:

"Del lado de allá" cuenta la vida de Horacio Oliveira, un argentino en París y su relación con la Maga y su grupo de amigos del Club de la Serpiente, con los que entabla memorables conversaciones y discusiones.

"Del lado de acá", cuenta el regreso de Oliveira a Buenos Aires y el reencuentro con sus amigos Traveller y Talita.

"De otros lados", agrupa material heterogéneo: complementos de la historia anterior, recortes, citas de libros y textos atribuidos a Morelli, un viejo escritor (álter ego del autor).

Por otra parte, además de este corte abrupto con la novela "convencional", Cortázar estaba convencido de que "una de las razones que más se oponen a la gran literatura argentina de ficción es el falso lenguaje literario (sea realista o neorrealista o alambicadamente estetizante). Quiero decir que si bien no se trata de escribir como se habla en Argentina, es necesario encontrar un lenguaje literario que llegue por fin a tener la misma espontaneidad, el mismo derecho que nuestro hermoso, inteligente, rico y hasta deslumbrante estilo oral..." y menciona la admirable libertad de los escritores franceses e ingleses de... "escribir como quien respira y sin caer por eso en una parodia del lenguaje de la calle o de la casa...”.

"…Gracias a "Rayuela" – comenta Vargas Llosa - aprendimos que escribir era una manera genial de divertirse, que era posible explorar los secretos del mundo y del lenguaje pasándola muy bien, y, que jugando, se podía sondear misteriosos estratos de la vida vedados al conocimiento racional, a la inteligencia lógica, simas de la experiencia a las que nadie puede asomarse sin riesgos graves, como la muerte y la locura…"

Cortázar, que reconocía en su obra la influencia de dos autores tan opuestos como Borges y Arlt, también tiene sus referentes en Leopoldo Marechal, en Alfred Jarry, precursor del teatro del absurdo , en los delirios de Laurence Sterne y por supuesto en su admirado Raymond Roussel inventor de la inefable teoría "patafísica".

Pero es su propio cuento, "El Perseguidor" (publicado en "Las armas secretas") el que marca un cambio en su obra: "… "Bestiario" es el libro de un hombre que no problematiza más allá de la literatura y los cuentos de "Final de Juego" pertenecen todavía al mismo ciclo. Pero cuando escribí "El Perseguidor" había llegado a un momento en que sentía que debía ocuparme de algo que estaba mucho más cerca de mí mismo. En ese cuento dejé de sentirme seguro. Abordé un problema de tipo existencial, de tipo humano que luego se amplificó en "Los Premios" y, sobre todo en "Rayuela"… "

Más que en cualquier otro de sus libros, Cortázar cuestiona aquí la dialéctica de la civilización occidental y su tradición racionalista. Dice el crítico Luis Harss:"´Rayuela es básicamente una obra que intenta transmitir la percepción de otra realidad. La idea de que las cosas no son tal como las vemos subyace en todo el texto".

En sus páginas lo lúdico recupera su carácter de ceremonia y de ritual y se transforma en una actividad de adultos, que jugando seriamente huyen de lo absurdo del mundo. Aunque serán juegos inquietantes los de sus personajes, juegos de revelación, de locura, tal vez de muerte.

Así "Rayuela" propone un cuestionamiento filosófico, una rebelión contra el "falso lenguaje literario" y la crónica de una aventura espiritual.

PERSONAJES INOLVIDABLES:

"Rayuela" nos dejó grabada la imagen de la Maga con medias negras y zapatos colorados, despeinada, fumando Gitanes. Edith Aron, mujer de extraña belleza, de ojos brillantes y pelo color azabache , a quien Cortázar conoció en su primer viaje en barco a Francia - y después reencontró en una calle de París (como les sucede a los protagonistas de su novela) - inspiró el personaje.

"En 1963, todas las muchachas de la Facultad querían ser la Maga –recuerda Julio Ortega, editor de la edición crítica francesa de "Rayuela" –; y todos los hombres querían buscar su Maga, la fantasía masculina de la mujer enigmática que se relaciona con las fuerzas más intuitivas con una sabiduría inocente".

 Otro personaje inolvidable: la pianista freak Berthe Trépat y el capítulo dedicado a la experiencia de su concierto.

Referencias:
Luis Harss "Los Nuestros", Editorial Sudamericana (l973).
Omar Prego "La fascinación de las palabras", Alfaguara (l997).
P. Varón "Acerca de Julio Cortázar y su obra", Norma (l994).
Mario Vargas Llosa "La trompeta de Deya", Alfaguara (1992).


viernes, 22 de marzo de 2013

DE PARTE DE LAS COSAS – Francis Ponge *




El ciclo de las estaciones

Cansados de haberse contraído todo el invierno, los árboles de golpe se jactan de estar engañados. No pueden contenerse más: sueltan sus palabras, una oleada, un vómito verde. Tratan de llegar a una foliación completa de palabras. ¡Qué importa! ¡Eso se ordenará como pueda! Pero, en realidad, ¡se ordena! Ninguna libertad en la foliación… Lanzan, al menos lo creen ellos así, ésta o cualquier otra palabra, lanzan tallos donde suspender más palabras todavía: los troncos nuestros, piensan ellos, están allí para asumirlo todo. Se esfuerzan por esconderse, por confundirse  unos  en  otros. Creen poder decirlo todo, recubrir enteramente el mundo con palabras variadas:  y  tan sólo dicen “los árboles”. Incapaces hasta de retener a los pájaros que de ellos vuelven a partir, ellos que se alegraban de haber producido tan extrañas  flores. ¡Siempre la misma hoja, siempre el mismo modo de desplegarse, y el mismo límite, siempre hojas simétricas a sí mismas, simétricamente suspendidas! ¡Intenta una hoja más! - ¡La misma! ¡Otra más! ¡La misma! Nada, en suma, podría detenerlos, sino, de pronto, esta observación: “Uno no sale de los árboles con medios de árbol”. Un nuevo cansancio, y una actitud moral completamente nueva. “Dejemos que todo esto amarillezca y caiga. Venga el taciturno estado, el despojamiento, el OTOÑO”.




*Francis Ponge (1899 - 1988) fue un ensayista y poeta francés. Trabajó como editor y periodista, hizo contactos con el movimiento surrealista, y se incorporó al Partido Comunista en 1937, saliéndose del mismo después de la Segunda Guerra Mundial en 1947. En su trabajo acaso más famoso Le Parti pris des choses (traducido como De parte de las cosas) describió meticulosamente cosas comunes como las naranjas, el pan y los cigarrillos, en un tono poético, pero con un estilo personal y en párrafos, como en un ensayo.  Ponge evitó apelar a las emociones y al simbolismo en sus obras, y en lugar de eso buscó recrear minuciosamente el mundo de la experiencia de los objetos de uso diario.

jueves, 14 de marzo de 2013

En la montaña - Sara Gallardo*


           

"Si dejo de mirarlo." Y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto rato. Estaban mis heridas.
Estaba el sol, también. A esa altura el sol es otro, no imaginable. Correspondiendo, la sombra también es otra. Buscar reparo es meterse en el hielo; buscar abrigo, ir a la hoguera. Así se muere, de dos zarpazos, en la indiferencia de la montaña.
Sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas hubieran seguido, estando: mi pierna rota, mi brazo roto, mis costillas rotas, algo en el costado de la cara.
Y estaba la sed. La sed valía por todo.
Alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso como la muerte.
¿Por qué estaba solo? Una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran mi compañía. Ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. Y el cóndor esperando.
Pensé: estoy muerto. El dolor me desmintió.
Comprendí que me había desbarrancado, a no dudar por culpa de la mula. Siempre nos odiamos. Habrá caído, de pura maldad, arrastrando pedruscos, arrastrándome, el cañón saltaría de su lomo. Podía jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de despedi­da—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los cóndores sobre algo cercano. Si podía alegrarme me alegré.
Sirvieron de señal, supongo, los cóndores.

Abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era mi lengua. Un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero, furtiva, encor­vada, armada. Luchaba con los cóndores por la mula.
Dije:
—Por Dios...
No me salió la voz.
Grité:
—Hermano, por el amor de Dios.
El recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame. Hay un ruidito: chac-chac. Es mi yes­quero. Una pequeña llama surge, veo al ser, veo un brillo en su frente calva. Se inclina a hacer fuego. El fuego se levanta. Él solloza inclinado ante la llama.
Es de día. El lugar resulta ser una cueva. Sigo atado —medicinalmente— con tiras de cuero peludas. Unas ro­cas cierran la entrada. A cierta hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. El personaje envuelto en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mu­cho más que yo.
¿Por qué me cuesta decir el hombre? Su emoción ante el fuego, su cuidado por mí son bien humanos. Su calvicie habla de sangre blanca. Algo me lo vuelve temible. Ante todo, su negativa a hablar.
Frente a él cambio. Yo, espontáneo, me vuelvo astuto. Corajudo, le temo. Agradecido, me obliga al rencor.
 Dos recuerdos más: días en que ahumó los pedazos de mula arrancados a los cóndores, la papilla con que me alimentó. Al restablecerme descubrí que era carne de la mula masticada por él.

Pasaron meses. Ceñudo, gigante, ojos celestes pegados a la nariz de pico rojo, agazapado ante el fuego. Y yo queriendo hacerlo hablar cuento historias, canto, hasta recito décimas, para nada. Sordomudo, ni pensarlo. Cuántas veces no le hablé sobresaltándolo con el sonido, haciéndole volver la espalda furioso. Mi batalla era hablarle. La de él, callar. Como no pudo convencerme, una vez me tiró una piedra. Pequeña, pero de efecto suficiente sobre mis heri­das. Acepté el silencio. Era renunciar a la amistad.
Español, decidí. Vasco, montañés. Desertor. O como yo, un desecho. ¿Qué me lo decía? Lo de vasco, su físico. Lo demás, sensaciones.
Llegué a pensar que mi uniforme le impedía hablarme. Gusano que roía el imperio. Pero allá arriba, ¿qué era esto? Sonaba a nada. La verdad para mí era que se negaba a lo humano. A pesar de que me había salvado a costa de muchos trabajos éramos enemigos. Por eso, por el silencio.
Pero ¿por qué quería callar?
Para dormir desaparecía en un rincón, supuse que la cueva hacía un codo, después lo comprobé.
El miedo —como si la montaña con toda su maldad se hubiera concentrado en su persona— hizo que al mejorar me fingiera más débil de lo que estaba. Cuando salía y todo ruido se extinguía —menos el viento y los rumores de la altura— me atrevía a sentarme.
Después me arrastré, gimiendo, comprendiendo que mi salud estaba lejos, que debía entregarme al tiempo y a mi anfitrión si quería vivir.
Entregarme, qué palabra. Entregarse es hablar, decir su nombre, ponerse al tanto.
Cuando pude dar unos pasos vi su yacija, sus tesoros: el cañón, correajes, restos de uniformes, de armas patriotas y españolas, el arnés de la mula, herramientas de piedra.
Pasaba horas y horas solo. Él salía de caza. Comprendí que en previsión del invierno. ¡El invierno! Fui herido en primavera, y ya el frío no se aguantaba en el vivac, qué decir en las marchas. El invierno. Me aferra­ba a la cueva como al vientre de mi madre. Morir no es cosa rara. Pero en la montaña...

Vamos a la primera nevada.
El frío en la cueva era de solemnidad.
Me incorporé como cada vez que él salía. Qué mareos, me apoyé en la roca. Flexioné como siempre las piernas y los brazos. Una pierna y un brazo. Los otros eran un par de estacas. Había jurado poder más que ellos y me pasaba las horas friccionándolos, obligándolos a ceder. Resistían pero había progreso. Y ese progreso era mi idea fija, el sentido de mis días.
La luz distinta me hizo espiar el exterior. Vi la neva­da reciente. Vi las huellas.
Casi redondas. Un codo de diámetro. Con un pulgar aparte y el resto indeciso. Bípedas, descalzas. A juzgar por el hundimiento de la nieve el peso del dueño iba en proporción.
Me puse a temblar como una liebre. Imaginé el olfato del monstruo, mi debilidad. Imaginé a mi salvador afuera, a su merced. Estaba por arrastrarme en busca del sable cuando las piedras de la entrada se movieron. Retrocedí hacia el fuego dispuesto a incendiar la manta como primera defensa; pero apenas vislumbré la mano envuelta en tiras de lana que ya conocía volvió a primar la astucia, me eché al suelo bajo la manta, fingí dormir.
Esta vez me estudió antes que al fuego. Es verdad, yo no estaba en el sitio de siempre, pero era natural buscar calor con ese clima. Quería asegurarse de algo a mi respecto. Su respiración era contenida, no agitada. Él, que venía de ver las huellas, quería cerciorarse de mi sueño. Sabía del monstruo. Sólo le preocupaba saber si yo sabía.
Me sacudió. Fingí despertar aunque mi pulso brincaba. Señaló mi rincón. Señalé las brasas. En seguida, para no contagiarme su habla por señas:
  —Desde hoy pienso dormir cerca del fuego.
Hizo que no, las mechas grises que bordeaban su calva le barrían los hombros. Arrancó la manta, la tiró a mi rincón.

Sigue un período en el que hubo algunos cambios. Mis piernas empezaron a funcionar mejor, mi brazo respondía.
Era algo que él parecía estar esperando. Inició un trabajo de herrería que al principio no entendí. Caños de fusil por pinzas, piedras por yunques. Y el fuego, naturalmente. Y un fuelle que había cosido con cueros ante mis ojos sin que me percatara de su uso. Empecé a admirarlo.
Como esclavista en primer término. Yo había notado que las gentes de montañas, las gentes de Europa, trabajaban como seres sin corazón, todo el tiempo. Me tuvo con ese fuelle durante un millar de horas. Se trataba de convertir mi cañón en otra cosa. Y lo logró. Lo logramos. En un par de palas, de especies de palas.
Si habremos paleado nieve.
A veces pensaba en las huellas como en una alucinación. A veces oía un ruido y saltaba a defenderme. Y veía como si ocurriera la escena de mi sable quebrado como paja entre las manos de un oso, de un mastodonte que se abalanza sobre mí, veía sus colmillos. Un día era peludo, otro cubierto de escamas, otro un gigante que agarraba en cada mano a un hombre y de un mordisco les rebanaba la cabeza. El fuego era mi idea: brasas a los ojos para empezar, una antorcha en seguida al hocico, al pecho, a la panza. Oía su alarido. Lo veía, retrocediendo, encogido, las garras retraídas.
Y nunca hablé de él.
Solo, sobando cueros, sacando tientos, cosiendo, ahumando carnes (mi actividad era doméstica; no estaba bien visto que saliera), pensaba. Imaginaba muchas cosas. La luz del día, cómo nos equilibra. Yo vivía en penumbras. Imaginé que mi hombre había domesticado al monstruo y lo hacía cazar para nosotros. Imaginé demasiado. Pretextando el viento rodeé mi cama de piedras, quería tener proyectiles a mano.
Cómo salté hacia ellos esa noche. Horrible, una voz me despertó. Clamaba con mil ecos. El monstruo. No. Un resplandor sereno echaba el rescoldo bajo las bóvedas oscuras. Todo tranquilo. Salvo esa voz, esos ecos, salvo el idioma no de gente, en que flotaban vocablos conocidos: María Luisa, Cayetano.
Mi compañero soñaba en vascuence.

Me acostumbré a tantas cosas en aquel tiempo que acostumbrarme a sus sueños no fue un esfuerzo del otro mundo. Del otro mundo eran su voz, su idioma, el resonar. Y el frío.
En una de mis inspecciones descubrí un hueco tapado con pedrisca, y muy sobado, el documento militar de Miguel Cayetano Echeverrigoitía, nacido en Hornachuelos, Vizcaya, soldado del 4 de Infantería Cazadores del Rey. Qué inteligente me sentí. Hasta llegué a reírme. Yo, a su merced, me sentí por un instante su dueño.
Eso me despertó la locuacidad, caída hasta el monosílabo, y en forma inesperada: conté chistes subidos. Nunca me divirtieron; en los vivacs se oyen demasiados. Los repetí uno por uno. Mi intención era despertar algo en él, no sabía bien qué. Risa. Eso, la risa; Después de la palabra, es lo más humano (si se exceptúa la traición). Sentí que una risa, una sonrisa, pueden ser aurora de una palabra. Una palabra, y el murallón de su locura podía caer.
Lo estoy viendo esa noche, en la luz rojiza, un hueso metido en la boca como una flauta mientras sorbe la médula. Los chistes, no le hacen gracia. Su respiración se agita. Lamento la posibilidad de haber removido su lujuria. Callo, tristísimo.
Me fijé fecha para hablarle del monstruo. “Mañana apenas amanezca.”

El amanecer es la mentira más cruel de la montaña. Hasta parece inocente; hasta bello.
No hubo amanecer. Desperté sin luz. La nieve nos bloqueaba. Ni pensar en las palas.
Sepultados.
Él parecía tranquilo. Decidí estarlo también. Si había que morir que fuera dignamente. Mi objeción: ya que era mi sino morir en la montaña, por qué no antes, en el desfiladero, entre el cañón y la herradura; por qué esta relación en la caverna, esta curación para llegar a lo mismo. Bien. No había cóndores, y ya es algo. Había...
Me sabía de memoria qué había. Provisiones, ahumadas; yuyos, colgados; combustible, apilado. Mi vasco era hacendoso como un marino.
Siempre confié en salir de allí antes de que fuera necesario consumir ciertas provisiones que ahumé durante el verano y el otoño. Serpientes, por ejemplo, arranca­das por mi compañero a los cóndores con pedradas como rayos. Las encaré con filosofía, considerando el alimento a que debía mis fuerzas.
Empezó la convivencia que lleva al asesinato, la de dos tapiados.

Envueltos en pieles, pegados al fuego conservado en un pozo, vivíamos. Las cabezas empaquetadas en tiras de uniformes de todos los regimientos, escarchadas, sin mostrar los ojos; las piernas y los pies en mandiles rellenos de paja y pelo de cabra. Afuera el viento era, no sé, la montaña vuelta aire, dando tumbos. Nosotros en su vientre éramos amebas listas a ser evacuadas hacia la nada.
Gusano del imperio, gusano de la libertad, retorciéndonos todavía un momento, ¿por cuánto? ¿para qué?
Y sin hablar.
Él mandaba. Era dueño de casa. Nada que objetar. Qué se come, qué se bebe, qué se fabrica, cuándo se hace ejercicio, todo, todo, mudo.
¿Qué se bebe? Ah, sí. Cada comida se completaba con una tisana. La mía, descubrí, era para mí solo. Amarga, de las raíces de un vegetal negruzco.
Tardé en notar que era narcótica. Empecé a dormir mucho. Despertaba pesado, soñaba, andaba todo el día adormilado. Mejor así, pensé. Hasta los clamores de "¡María Luisa, Cayetano!" pasaban sin despertarme.
Dormido estaría la noche que el monstruo entró en la cueva. Dormido las horas que tardó en cavar la nieve exterior, los días que le llevó llegar a la entrada, dormido cuando se abrió paso removiendo las rocas. El viento no apagó el fuego. No nos mató de frío. Porque una mano estaba lista para rodear el rescoldo con piedras, para cerrar la abertura desde dentro, para dejar salir y cerrar otra vez. La mano de un cómplice del monstruo.
Noté los cambios al otro día, luz por los resquicios, el parapeto que rodeaba el fuego, las piedras de la entrada puestas de otro modo. Y cierto olor.
Mi despertar era vigilado con tal atención que comprendí: vida o muerte. Decidí ser imbécil. Exulté:
—¡Ah! ¡Se derritió la nieve afuera!

La alianza de don Miguel Cayetano Echeverrigoitía con un monstruo de especie desconocida era bastante para borrar los efectos de su narcótico. Encaucé mi exaltación. Inclinado sobre las piedras que entrechocaba desde semanas atrás para lograr algo parecido a un hacha, obligué a mi sistema nervioso a entrar en la regularidad de los golpes. La percepción de mi compañero podía notar el cambio.
Supe, como si lo viera escrito con letras sobre el muro, que mi muerte había sido decretada, que dependía de mi capacidad de disimulo. Que mi hacha, los cueros que sobé y cosí, las carnes que ahumé, mis propias carnes, ahumadas, servirían para la supervivencia del que me había salvado, porque el despotismo del invierno estaba a punto de descubrirme su secreto. De ese descubrimiento dependía mi vida. Decidí demorarlo. Sería el más idiota de los idiotas.
Pero como la curiosidad es común a los idiotas y a los otros, no quise beber la tisana. Conté para ello con el pudor de mi compañero, que apenas uno iba hacia el pozo preparado junto a un correspondiente montón de arenisca, volvía la espalda. Allí fue a parar el té, Y su hu­mo no difirió de otros habituales al sitio.
Fingí la mayor somnolencia. Me eché a dormir. Y dormí, como todas las noches siguientes. Porque del monstruo no hubo más noticias. Hasta hacer olvidar que existía. Hasta hacer pensar en otra alucinación.
Olvidar, no del todo. La excavación que lo condujo hasta nuestra puerta fue mantenida a pala viva por los dos. Era para morirse de cansancio. Y la inmensidad blanca era para morirse de pesar. Y no preguntar qué milagro había abierto esa brecha era casi, casi, suicidio.
Hice un comentario sobre la buena suerte que nos había deparado ese "derretimiento". Desperté la más feroz, atenta de las miradas. Inclinado sobre mi pala parecía inocente. Mi despreciable condición de hombre de llanura podía explicar esa falla y otras.
¿Dije que la curiosidad es común a muchos? Sí. También a los monstruos.
Mi hombre se había fabricado algo parecido a raquetas para los pies. Se las arreglaba para salir sin alejarse, cosa que una gran nevada no lo cortara de la cueva. Es decir que yo volvía a pasar mis horas solo. Con qué alivio.
Solo estaba pues puliendo mi hacha, cuando me sentí observado. Los pelos se me pusieron lentamente de punta. Seguí en mi tarea. Pensé que el vasco, en un giro de su locura, había resuelto matarme. O bien...
Como para agregar combustible a la brasa hice un ademán y espié. Algo, fuera de las piedras, pispeaba hacia el interior. Algo que cubría más resquicios de luz que los que cubriría un hombre, aun con pieles, aun con turbante. Una gran sombra.
Traje las antorchas. Traje un fusil con bayoneta que había junto a la cama del vasco. Traje la pala y la llené de brasas. Me rodeé de piedras.
Desapareció. La triste luz de afuera volvió a entrar por las junturas.
Decidí: terminemos esa vida de rata; a pelear; a pelear.
Y pensé. El pensamiento, como a muchos, me volvió escéptico. Así matara al monstruo, y matara a mi bienhechor, ¿qué podría hacer en el invierno en aquel sitio? Había que esperar al deshielo antes de intentar cualquier partida.
Bien. Esperaría.

Ahora llega la noche en que entró el monstruo. En que la ráfaga de frío me despertó. En que vi su silueta encaminarse al rincón del vasco.
Me incorporé, el grito de alarma sofocado por el sonido de una voz, la de mi compañero, en una orden breve. Después... que Dios me perdone, aquellos gruñidos, qué puedo decir de ellos. Qué puedo decir de la luna cuando iluminó al gigantesco ser en su retirada, las mamas colgando sobre el vientre, sí, preñado. Era una hembra.
De la vida a partir de esa noche diré: armas en mano, espaldas al muro, comíamos sin hablar, sin un gesto. El secreto era más fuerte que toda alianza. Y cobré simpatía por aquel que no quería volver al mundo de la palabra, el gran desterrado, que había cedido a la compasión por un semejante para su vergüenza. Así la cosa.
Así la cosa hasta el deshielo.
Así hasta el sonido de la caballería, de un clarín, en un desfiladero, abajo.
Salté, frenético, moví los brazos. Después vi la bandera, roja y oro. La bandera del rey.
Algo me agarró por los hombros. No el monstruo, aunque lo parecía por la fuerza. Mi compañero, los ojillos como vidrios al sol, me pone un papel en la mano, su matrícula. Me empuja, desbarrancándome, igual que mi mula.
Así caí inconsciente entre las tropas del rey, gusanos de la libertad, yo, gusano del imperio. Así se rompió otra vez mi pierna. Así me transformé en Miguel Cayetano Echeverrigoitía, natural de Vizcaya, vestido de pieles, mudo por razones de prudencia, no sordo según notaron y comentaron mis compañeros.
Atado sobre una mula, entablillado exhausto supe que los precipicios, barrancos, cavernas, paredones, empezaban a quedar atrás. Sólo eso pedía.
Entonces fue el alarido. El más extraño, el más terrible. Resonó allá arriba. Golpeó en los abismos, botó, rebotó.
Mis compañeros andaluces se miraron temblando.
Un artillero aragonés murmuró:
—El irrintzi...
Había oído mencionar aquello: el grito de los vascos.
Las sospechas empezaron después. Por el momento quedaron mudos.
—¿Qué celebra? —preguntó un joven a mi lado.
Y yo, para mí, mudo:
—Celebra una raza nueva.
Me reí, con carcajada espantosa. Pero todos me tenían por loco. 

de El país del humo


* Sara Gallardo (1931-1988) nació y murió en Buenos Aires. Su primera novela, Enero (1958), situada ya en la “América salvaje, imposible de catequizar” que sería el escenario de todos sus relatos, le valió un inmediato reconocimiento de la crítica. Fue traducida al checo y al alemán. Siguieron las novelas Pantalones Azules (1963), y Los galgos, los galgos (1968), Eisejuaz (1971), alucinado monólogo de un indio mataco en busca de la santidad, y los relatos de El país del humo (1977) son habitualmente considerados sus obras maestras, ubicadas sobre el camino de Juan Rulfo o Mario de Andrade. La rosa en el viento (1979), su último libro, fue escrito en España, primero de una serie de países por los que erró, junto a sus hijos, hasta el fin de su vida.