lunes, 24 de junio de 2013

LA NEVADA por Mónica De Torres Curth*

            Despertó sobresaltado. Pero prestando atención se dio cuenta de que no había ningún motivo para el sobresalto. No había ruidos. Ninguno. Ni siquiera los habituales. Una claridad poco común entraba por la ventana, pero no fue lo suficientemente curioso como para salir de abajo de las cobijas. La económica ya estaba apagada y el Chucho dormía ovillado al lado, juntando los últimos calorcitos del hierro tibio.
Un aire helado le recorrió el rostro y se apretujó más entre las mantas. Hubo algo que sí le llamó la atención. El clarear entraba por la ventana pero no por debajo de la puerta. Juntó coraje, se levantó de un salto. Pasó la mano por el vidrio empañado y vio una nevada tupida y de varias horas que tapaba hasta donde podía ver.
Lo hecho hecho estaba. No había soltado los animales, no había llevado al caballo al galpón, no había guardado la montura. Era la última vez que volvía borracho. Sólo se había ocupado de aflojar la cincha, prendió la económica y así como estaba, mamado, se había tirado sobre el catre lleno de mantas revueltas. Después de eso no se acordaba nada más.
Acomodó unos troncos adentro de la estufa, tiró unas cucharadas de ceniza con querosén y un fósforo. Abrió un poco la puerta y detuvo la mirada un rato. Mientras calentaba agua para el mate se sintió acobardado. ¿Y si ya era tarde? Se calzó las botas, se puso el poncho y el sombrero y salió para los galpones.
El alazán estaba echado, con los ojos abiertos y tapado de una capa de nieve pareja y esponjosa. Hacía rato que se había muerto. Pobre bicho. Qué huevón que fui, pensó. Apenas si pudo sacar la montura. Las sogas mojadas, la cincha aún apretada bajo el cuerpo del caballo le dieron bastante trabajo. Sacudió el polvo blanco pegado al cojinillo, sacó el freno y el cabestro y los colgó dentro del galpón.
Fue, enterrando sus piernas hasta las rodillas, en pasos cortos y cautos hasta el corral. Las ovejas estaban todas juntas, pegadas unas al lado de otras, como una masa, como una unidad. Trepó a la tranquera  y saltó porque tendría que hacer mucha fuerza para abrirla. Vio cómo lo miraban, con esa mirada ida de las ovejas, y vio que ninguna se movía. Una manta de lana sobre la lana pensó, y las tocó a todas. Frías, hechas estatua de hielo, con la nieve reposando sobre hocicos, cabezas y miradas. Toda frías. Todas juntas y pegadas. Las empujó con el pie, primero a una, luego a otra, y la masa ovina se mantuvo de piedra. Menos una. Una hizo un gesto, un gesto sin sonido. Un parpadeo quizás.
A patadas partió el corral de hielo que apretaba a la única oveja que no estaba muerta. Le dolían las manos de tanto manipular el frío sólido que se pegaba a todas las cosas, a lo inerme, a lo yerto, lo material y lo vegetal.  Como pudo llegó a ella. Apenas respiraba y tuvo que arrancarle pedazos de lana para poder despegarla del resto. La alzó, y dio una última mirada a las otras. Como muñecos de juguete, estaban tiradas con las patas tiesas, pegadas de a dos, pegadas de a tres.
Empujó la tranquera y logró abrirla lo suficiente para pasar con la oveja en brazos. Caminó poniéndole el pecho al viento y a la nieve que caía cada vez más espesa. Empujó la puerta de la casilla  y se deslumbró por la oscuridad.  Apoyó la oveja en el piso, al lado de la económica y la cubrió con el poncho. Puso más leña y salió a buscar otro poco. Por lo menos estaba hachada. A pesar de unos cuarenta o cincuenta centímetros de nieve sobre los palos, estaba seca.
Cuando estuvo adentro, seguro de que había hecho todo lo que podía hacer, se preparó unos mates y armó un cigarro. Era imposible saber qué hora sería, ni cuánto tiempo había estado dormido. El Chucho tenía las orejas erguidas  y el hocico pegado al piso, con la mirada alabeada, como preguntándose y ahora qué.
El vapor del agua hacía unos rulos largos al lado de la bombilla cuando cebaba. Pasaron dos o tres pavas hasta que la oveja se movió. La empujó un poco con el pié y no paso más nada. La nevada seguía fecunda y constante, y el tiempo se había vuelto hielo también.
Tuvo hambre. Buscó algo de carne que tenía guardada y la calentó sobre la económica. Con el cuchillo comía y cortaba para el perro, que ahora estaba parado y atento a los movimientos del filo sobre el hueso.
No supo cuántas horas pasaron. La claridad era indiferente y extraña. El silencio pesado. La oveja seguía inmóvil bajo el poncho y el perro de nuevo ovillado.
Esto no va a parar así nomás, pensó. Revolvió entre sus cosas y encontró el poncho de lona encerado que había sido de su padre. Ese era bueno para las nevadas. Agregó leña y salió hacia el galpón de nuevo. Ató un fardo de pasto con una soga, juntó en unas alforjas algunas cosas que pensó que podría necesitar, buscó la pala y volvió a la casa llevando el fardo a la rastra.
La única evidencia del paso del tiempo era la leña que se consumía. Nada más. La oveja seguía inmóvil, el perro suspiraba cada tanto y la nieve caía con ese empecinamiento que a veces tiene, suave, delicada, pero irremediable. Se aseguró de que hubiera suficientes palos en la económica y se acostó.
Despertó en algún momento, sin saber en qué momento. El tiempo había pasado, medido en cenizas en la base de la económica. La oveja, parada al lado del catre lo contemplaba con su mirada líquida, y el perro movía la cola.  Se acercó a la ventana y todo parecía igual, sólo que ahora podía ver nada más que dos hilos del alambrado.
Sacó un poco de harina, grasa, levadura y empezó a preparar una masa para hacer pan. Puso la mezcla cerca del calor de la estufa y fumando un cigarro esperó a que se hinchara. Amasó y metió el bollo en el horno. El pan se hizo y el ambiente se llenó de perfume. La oveja lo acompañaba fiel, pegada a sus talones, en los paseos cortitos alrededor de la mesa, el perro lo miraba desde su lugar cerca del fuego. 
Si esto sigue no voy a poder salir, pensó. Buscó varias cosas y las fue acomodando en la alforja: un cuchillo, una manta, fósforos, unas velas, el pan, un poco de carne charqueada. Se abrigó lo más que pudo, ató al lomo de la oveja una bolsa con pasto. Se puso el poncho de su viejo y el sombrero de ala ancha. Abrió la puerta. Era difícil decidirse. Intentaría ir río abajo hasta encontrar el camino. Ahí podría cruzar por el puente carretero y llegar al pueblo. Agarró la pala y salió. Cuando había dado unos pocos pasos sintió un ruido plástico, amortiguado. El techo del galpón se desplomó. Tendría que irse pronto. El de su casa no aguantaría demasiado tiempo.
No había viento. Empezó a caminar abriendo una huella honda y angosta, seguido por el perro que hociqueaba en sus talones y la oveja que lo seguía incondicional. Era un andar voluntarioso, pero le costaba bastante. Hasta ahora no había necesitado usar la  pala más que de bastón. Caminó bordeando el alambrado, sabía que eso lo mantendría alejado del río. No veía ni animales ni pájaros. No se oía nada.
Anduvo, calculaba, unas diez o doce leguas. Tenía sed y estaba muy cansado. El paisaje parecía estirarse. Cuando llegó al sauzal río abajo ya la nieve le llegaba a la cintura. Buscó con la mirada la cueva que lo había cobijado tantas veces. Apenas se veía la entrada. Paleando llegó hasta arriba. Le pareció glorioso el piso seco, pisoteado por millones de patas tras años y años de guarecerse de tempestades, lluvias y noches.
Se sacudió, juntó palitos y bosta y encendió un fuego. Comió algo de pan y compartió con el perro. Puso pasto para la oveja y se recostó tapado por su poncho.
Despertó con un nuevo sobresalto. Estaba cansado, muy cansado, le dolían las piernas, los brazos y la garganta. Apenas si podía ver afuera de la cueva por un resquicio que quedaba, ¿había más de dos metros de nieve?. Estaba tan cansado que el sueño lo venció otra vez.  ¿Cuánto tiempo? Imposible saberlo.
Cuando volvió a despertar la cueva estaba oscura, y podía sentir la mirada del perro y la oveja que esperaban que decidiera. Juntó todo. Se sentía increíblemente bien. Empezó a hacer un túnel desde la boca de la cueva hacia abajo. No era difícil. La nieve no estaba compactada, de modo que el túnel se cavaba fácilmente.
En un silencio sólido, ahora el tiempo se medía por el ritmo del impacto de la pala en la nieve esponja, adelante, arriba, atrás, y el perro y la oveja pisándole los talones.  Una y otra vez, en un camino infinito hacia alguna parte. Mirando para atrás parecía que iba derecho. Mirando hacia arriba parecía que había kilómetros de nieve sobre su cabeza.  No se filtraba una gota de luz, pero sin embargo todo era claro. No le extrañó.
De repente la pala se hundió más de lo debido. Un hueco se abrió ante él. Asomó la cabeza. Un túnel largo, ancho y cálido corría perpendicular al suyo. Entraron los tres, se sacudió la nieve y sintió que la ropa le sobraba. Se sentó a un costado de la abertura que había hecho y se quedó un rato mientras comía un poco de pan. Por un costado corría un arroyito. Los tres acercaron los hocicos al agua y bebieron despacio, disfrutando. El perro tomó la decisión. A la derecha.
El camino se hacía cada vez más ancho, más apisonado, como si muchísimas personas  y animales hubieran transitado por ahí, pero aún así estaba limpio. Impecable. Se fijó que el arroyo corría en su misma dirección. Vamos hacia el río pensó, y se apuró un poco. El perro se alejaba y volvía hasta él, agitando la cola.
Un ladrido lo asustó. Le sonó como hueco de tan acostumbrado al silencio. El perro estaba ante una nueva bifurcación,  alerta, dibujando ochos en el suelo con el hocico. De a tanto levantaba la cabeza como tratando de escuchar. Se movía nervioso de un lado a otro. De pronto se sintió un chasquido.  El hombre quedó inmóvil, la oveja sólo miró y el perro salió lanzado hacia la izquierda. Era importante no perderlo de vista. Apuró el paso, pero con cautela. El piso de hielo podía ser traicionero. Un hombre estaba sentado a un costado del túnel, junto a un agujero por el que seguramente había entrado, como él. Le pareció familiar. Como si algo en él le hiciera sentirse confiado. El hombre comía un pedazo de carne asada, jugosa y caliente sobre un trozo de pan que parecía recién horneado.
Se acercó con el sombrero en la mano y el hombre hizo un gesto como invitándolo a sentarse.  Compartieron la carne en silencio. La comida caliente, el mate y la compañía del hombre lo reconfortaron y lo llevaron lejos en sus recuerdos. Rememoró las comidas a la tarde con su padre, mientras perfumes de su infancia invadieron el espacio. El pan crujiente, el puchero siempre hirviendo en la económica. Orégano fresco colgando en ramitos en la pared del fondo, el tomillo, la menta.
Le pareció sentir la presencia  de una mujer en la trastienda del hueco, que quizás se ocupaba de las cosas de la casa. Pensó en su madre pero el pensamiento fue furtivo y la imagen se desvaneció.
La sombra de una madre joven con un niño se dibujó al fondo del túnel, hacia donde corría el agua. Una añoranza de cosas no habidas le cerró la garganta y deseó haber tenido un hijo. Se levantó, le tendió la mano al hombre y su tibieza le dio un escalofrío. Miró por el hueco esperando ver a la mujer de la trastienda, y la vio de espaldas, con un delantal anudado a la cintura, amasando quizás, lo que dedujo de un movimiento rítmico hacia adelante y hacia atrás estirando los brazos.  No dijo nada, juntó sus pocas cosas, le dio una mirada al perro, que ya se le adelantaba. 
Retomó la marcha, apurando para ver si alcanzaba a la madre y al niño, pero los había perdido de vista completamente. Cuando tomó el mismo recodo que ella, se encontró frente a un laberinto de túneles blancos, algunos más luminosos que otros, algunos mas anchos y otros más estrechos, unos que subían, otros que bajaban.  Miró al perro pidiendo ayuda. Se dio cuenta de que hacía años que era su único compañero. ¡Busque! le dijo, pero el perro se quedó pegado a su pierna esperando su decisión.
Recorrió con la mirada todas las bocas que aparecían frente a él. Le pareció que escuchaba rumores, como de voces, quizás alguna guitarra, y de a poco muchas personas empezaron a aparecer sólidas frente a él, cada una ocupándose de sus cosas, algunos caminando, otros sentados, de a dos, de a tres, viejos, niños, mujeres. Se los veía plácidos, despreocupados. Llegué, pensó, y se sentó a fumar un cigarro.
Un hombre muerto, recostado sobre su poncho y abrazando a su perro, formaban una estatua de hielo. A la derecha una oveja con los ojos bien abiertos, inerte, parecía controlar la situación.  Hizo un gesto, un gesto sin sonido. Un parpadeo quizás. 


* Mónica de Torres Curth  nació en San Carlos de Bariloche el 6 de julio de 1961, en medio de una nevada persistente y tranquila. Nunca pudo alejarse de la magia de este sitio y, cuadras más cuadras menos, aún vive en el mismo lugar. Es profesora de matemática.
 Para mí escribir es como sacar una buena foto, pero para adentro.

martes, 18 de junio de 2013

LLEGÓ LA NIEVE


miércoles, 12 de junio de 2013

UN MAIL por Graciela Cros*


Un mail

Recién comí
dos empanadas de roquefort
y  dos de pollo
que me alegraron
el cerebro
cuenta Mansilla en un mail.

Dice que va
a inaugurar una biblioteca
en Las Lajas
acompañado de motoqueros
y paracaidistas
cosas de la Patagonia, agrega.

Yo me acuerdo de Osvaldo Soriano
y le digo eso,
que parece una escena
de alguna
de sus novelas.

Tener amigos poetas
Salva el día. 

de Mansilla, Ediciones en Danza, 2010



*Graciela Cros publicó los libros de poesía: Poemas con bicho raro y cornisas; Pares Partes; Flor Azteca; Decimos; La escena imperfecta; Urca; Cordelia en Guatemala; Libro de Boock; La Cuna de Newton; Hacer la de Elvis-Re/escrituras: Mansilla y esta nueva edición de Cordelia en Guatemala. En España la editorial Amargord prepara la publicación de su obra reunida "Cantos de la gaviota cocinera" (1985-2013). Como antóloga preparó Marcas en el tránsito, Antología de Poetas Jóvenes de Bariloche , Selección y prólogo, (Último Reino, 1995). En narrativa la novela Muere más tarde (Colihue, 2004), Primer Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación por la Región Patagónica. En 2003 editó el disco compacto Cordelia en Guatemala / Poemas leidos por su autora. Su obra, traducida y distinguida en numerosas oportunidades, aparece en antologías del país y del extranjero como Poesía en tierra (Fondo de Cultura Económica, 2005), Antología de Poesía de la Patagonia (Cedma, Málaga, 2006);  En el revés del cielo, Diálogo entre dos orillas (Paradiso, 2006) y la reciente 200 años de poesía argentina, selec. y pról. de Jorge Monteleone, (Alfaguara, 2010). Del 2008 al 2011 mantiene la biblioteca virtual de poesía “Una de poetas”, en el diario digital Bariloche2000 www.bariloche2000.com y actualmente lo hace en el blog del mismo nombre http://unadepoetas.blogspot.com.ar. Reside en San Carlos de Bariloche donde dicta talleres de poesía y escritura creativa.

domingo, 9 de junio de 2013

LA PÉRDIDA DEL PATRIMONIO CULTURAL - Federico Silin*


 
 
"La madre de todas las artes es la arquitectura. 
Sin una arquitectura propia nuestra civilización no tendría alma" 
  Frank Lloyd Wright

La arquitectura es tal vez la mayor expresión artística del hombre. Pioneros e inmigrantes que arribaron a estas latitudes crearon espacios que hoy se reflejan en el espíritu de la sociedad de un determinado período de nuestra historia local, manifestándose a través de los estilos, los materiales elegidos para su construcción como así también en el emplazamiento para llevarlos a cabo. Asimismo la función o uso para el cual fueron diseñados, definen algunas edificaciones y sitios como “Patrimonio Arquitectónico y Urbano”.

Antiguamente San Carlos de Bariloche era una colonia Agrícola-ganadera y forestal nutrida por una importante comunidad de pobladores originarios de Europa y Chile conviviendo bajo el mismo techo; su organización social, política y económica dependía en buena medida de nuestro país vecino. En este marco  la arquitectura local se caracterizó por ser cooperativa y homogénea; la suma de formas, texturas y estilos ideales desarrollados, generaron una verdadera polifonía en las manos de los maestros constructores Chilotes (oriundos de la Isla de Chiloé), quienes sin planos, ejecutaban sus obras con los materiales disponibles, en base a su memoria oral, con pautas foráneas y con muchas generaciones detrás.

Posteriormente a partir de la década del 30 surge de la mano de la Dirección de Parques Nacionales, una arquitectura de estilo Europeo orientada a un selecto publico adinerado del país y en una escala que expresa la grandeza nacional, tema principal del programa de desarrollo que el Estado argentino le confiere al Arq. Alejandro Bustillo secundado por el Arq. Ernesto De Estrada y el Arq. Miguel A Cesari, impulsando a través de la institución, el desarrollo de una nueva actividad: la industria turística pensada a gran escala en la “Región de los Lagos”. En adelante la historia es conocida por todos.

Sin embargo, desde que el hombre convive con la naturaleza y sus expresiones, la urbanización, en tanto proceso sostenido de crecimiento, se convirtió en uno de sus mayores retos y desafíos. El equilibrio arquitectónico en conjunción con lo paisajístico e histórico se transformó paulatinamente en uno de los temas de mayor importancia práctica y teórica. Este tema que devino en problema, abordado por arquitectos, ingenieros y urbanistas, sigue siendo una pregunta retórica central para pensar nuestras ciudades modernas.

En este sentido, entre otras cuestiones,  cabe preguntarnos: ¿Cuál es el criterio que permite la modificación de lo urbano? ¿Por qué ciertas modificaciones son aconsejables y otras no lo son?
Una respuesta se encuentra en las disposiciones de preservación del Patrimonio Histórico, las cuales fueron elaboradas en algunos lugares del mundo a partir de una propuesta que intenta armonizar lo estético, lo paisajístico y la identidad de un lugar, para otorgarle de esta manera una unidad que repercuta en la calidad de vida de sus ciudadanos. Lamentablemente, estas disposiciones, fruto de un importante trabajo previo realizado por expertos en el área, no siempre se han cumplido, y tampoco hoy se cumplen.

La identidad y la memoria colectiva que aún perdura en las viejas edificaciones de Bariloche se vienen perdiendo a un paso veloz, producto de la desidia de los propietarios, los incendios, la falta de pertenencia y apropiación de estos espacios, como así también, a partir del desarrollo inmobiliario que ha incentivado su inminente demolición.

En los últimos años la desaparición de inmuebles como la Vivienda Juracich en Belgrano esq. 20 de Febrero, la Vivienda de la Familia  Bachmann de Quaglia y Elflein, la Hostería Ciervo Rojo (Ex Pensión de la Familia Speranza) en la esquina opuesta, la Vivienda Cáceres-García (a las que en breve se sumaran algunas ubicadas en el Barrio Belgrano), han dado lugar a la aparición de varias construcciones de torres que pretenden sustituir por completo las características arquitectónicas que la ciudad supo consagrar a lo largo de décadas de permanencia.

Casa Pefaure (Mitre y Palacios) 1940
Lo curioso y lamentable de esta realidad, es que gran parte de este patrimonio, víctima de las reiterados negociados y presiones inmobiliarias por hacerse de los valiosos metros cuadrados, estaba protegido legalmente, a través de la ordenanza 215-C-89, la cual le confería a la “extinta” Comisión Municipal de Preservación del Patrimonio Histórico Urbanístico y Arquitectónico la misión de asesorar a quienes “realicen o propongan modificaciones sobre estos importantes inmuebles”, en “intervenir en los casos en que los mismos se encuentren en peligro” como así también de  “gestionar medidas de protección” y proponer, entre otras cosas, “las normativas de preservación correspondientes”. Hoy la Comisión es parte de la historia de la ciudad; y con ella también desaparecieron las sucesivas disposiciones y ordenanzas que le fueran conferidas desde el ejecutivo municipal para salvaguardar los preciados bienes de interés cultural que debían ser custodiados.  

Sin embargo, a pesar de todo ello, el resultado tangible en nuestra ciudad es el de un centro urbano fragmentado y confuso que, con gran cantidad de sitios desvirtuados no aportan a la construcción de un entorno urbano armónico y estéticamente saludable, ni al mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes y mucho menos a enaltecer la imagen de una ciudad como Bariloche que se precia de ser uno de los principales centros turísticos de Sudamérica.

La falta de apoyo del Estado Nacional, Provincial y Municipal hacia los propietarios de los inmuebles patrimoniales, en general, se erige como la principal motivación para no cuidar esta herencia. Si bien es cierto que esta es una situación que por décadas ha sido así, algunas iniciativas particulares han ido generando conciencia sobre la puesta en valor de una parte de este significativo y valioso acervo construido por los primeros pobladores. Ejemplo de esto fue el rescate llevado adelante en el año 2007 de  la “Vivienda Speranza”, una de las construcciones fundacionales del Nahuel Huapi.
Seria bueno preguntarnos, si la destrucción del pasado arquitectónico, no mantiene alguna relación con la falta de memoria de esta ciudad. Parecería que solemos mirar hacia el pasado con añoranza y nos asombrarnos ante lo que otros documentaron en antiguas fotografías, sin embargo, somos incapaces de percibir el gran cambio que sucede ante nuestros ojos. 

Vivienda Speranza (Moreno y Palacios)  **
 En el tiempo, Bariloche ha importado, asimilado y aceptado conceptos basados en modelos dudosamente acordes a su entorno geográfico como excusa para ser visto con buenos ojos por los fines comerciales de algunos, al tiempo que ha profundizado en la misma medida su propia idiosincrasia, diversificando su raíz cultural y construyendo de esta manera una nueva identidad que no tiene por qué excluir el pasado arquitectónico de la ciudad: ¿O acaso nos hemos olvidado de qué manera se ha preservado el casco histórico de Paris, solo por mencionar un ejemplo?

En un mundo que tiende a estandarizar y globalizar las culturas que la conforman, la arquitectura como un componente esencial de trasmisión y cambio, muta hacia la síntesis de sus contenidos, creando estilos y hábitos de consumo inmobiliario que se sustentan además, en una segregación social cada vez más amplia y que en Bariloche encuentra particularmente, y como contrapartida, la casi nula intervención del Estado y la provincia en una planificación ordenada y sustentable. Una pregunta pertinente podría ser: ¿Quien se hace cargo de esto? 

Considero, a partir de lo expuesto, que sería valioso considerar el compromiso con el Patrimonio que nos queda como punto de partida para una problemática urbana mucho más amplia; compromiso que no sólo redunde en la crítica y la inoperancia, si no que permita abrir una vía que promueva el aprendizaje responsable y el razonamiento vinculado al proceso: Identidad-Cultura-Naturaleza.
El Patrimonio Construido es testimonio de nuestro pasado,  pero también es parte de nuestro presente. Depende de nosotros que  siga teniendo un lugar en el futuro.
Mitre entre Rolando y Villegas (1941)


*Titular Proyecto Archivo Visual Patagónico / archivovisualpatagonico@yahoo.com

Publicado en Bariloche 2000, 19 de Mayo de 2013.-



** La vivienda Speranza fue construida en 1915 en el naciente San Carlos de Bariloche, y fue testigo del crecimiento de la ciudad hasta la actualidad. Forma parte del patrimonio histórico y cultural de los barilochenses, y para preservarla, sus propietarios la desarmaron y reconstruyeron en el Barrio Las Margaritas. 
El crecimiento explosivo de la ciudad pronto la vio rodeada de comercios pertenecientes a cadenas internacionales y grandes hoteles para albergar a los numerosos turistas que llegan, cada año, a uno de los destinos más importantes del continente. Sin embargo, pese a las modernas construcciones, Speranza nunca pasó desapercibida. La calidad de sus terminaciones, el contraste arquitectónico y sus importantes dimensiones obligaban al transeúnte a dedicar al menos una curiosa mirada. 
En el Bariloche de los pioneros, uno de los tantos inmigrantes del inicio del siglo XX, el italiano Gaetano Speranza, la construyó en la esquina de Moreno y Palacios, y allí funcionó por años una carpintería especializada en muebles y aberturas.  Durante décadas su estructura y sus maderas sufrieron las inclemencias de los fríos inviernos barilochenses, potenciados por la falta de mantenimiento. Aún así, estoica, parecía desafiar el clima, el crecimiento abrumador y la presión inmobiliaria. 
Sin embargo, un proyecto de gran envergadura abarcaba el predio donde se emplazaba Speranza, y sus propietarios vieron la necesidad de quitarla del sitio. 
Las alternativas eran tres: la más sencilla, sin dudas, era desmantelarla. La segunda, era donarla al Estado para que la desarme y reconstruya en otro lugar cuando el presupuesto y los tiempos así lo permitieran. Y la última, asumir la responsabilidad y los costos del traslado a través de una iniciativa privada. 
Ninguna de las dos primeras alternativas convencieron a los propietarios. Más allá del factor económico, otra variable entró en juego: los sentimientos. Consecuentemente, resolvieron desarmar cuidadosamente la casa, tabla por tabla. Luego, someter a la madera a un proceso de recuperación y, finalmente, reconstruirla en un predio ubicado en el Barrio Las Margaritas, en la calle Primera Junta, entre Austria y Francia, para preservarla para las actuales y las generaciones venideras. 
La gran mayoría de las piezas pudo ser reutilizada, pero debieron reemplazar las añejas tejuelas y algunas tablas de los balcones, que estaban en pésimo estado de conservación. Con gran esfuerzo, madera tras madera, recuerdo tras recuerdo, la familia Guallini Pastore dio vida nuevamente a una etapa de la historia local, que pierde páginas día a día. 

Fuente: El Portal de Bariloche