lunes, 30 de septiembre de 2013

QUIMEY* NEUQUÉN (loncomeo*)


Version Remix José Larralde, Chancha Via Circuito

Flor de los arenales...
regada en sangre del
bravo Saihueque.
Grito que está volviendo,
en tu desbocado potro pehuenche.

Del cielo en la honda noche,
se oye del viento la serenata.
Tu voz la luna prende
en la negra simba* de mi araucana.

Aguas que van,
quieren volver,
aguas que van,
quieren volver,
río arriba en el canto aprendido,
Neuquén quimey,
quimey Neuquén.

Sol que se está gastando,
en piedras, lajas y turbias corrientes.
Beso la sombra india,
que vuelve crecida
de un tiempo verde.

Ya madura el silencio,
por el agreste vientre
de tus bardas.

Quiere rayén* dormirse,
tiemblan sus entrañas,
enamorada.

Aguas que van, quieren volver,
aguas que van, quieren volver,
río arriba en el canto aprendido,
Neuquén quimey, quimey Neuquén,
Neuquén quimey, quimey Neuquén,
Neuquén quimey, quimey Neuquén...

 
Me pregunto qué tendrá que ver “Quimey Neuquén” con la serie Breaking Bad, para que la utilicen en la banda de sonido:  https://vimeo.com/72739117

*quimey: hermosa 
*loncomeo: loncomeo o lonkomeo es una rogativa, un estilo musical y una danza del folklore tehuelche, adoptada por la cultura mapuche. Se trata de una "danza pantomímica e imitativa de carácter exclusivamente masculino", que se baila al son del kultrún. El loncomeo tradicional ha dado origen a una forma musical folklórica moderna, a la que recurren habitualmente compositores y músicos que interpretan música patagónica. En el rescate del loncomeo para componer canciones folclóricas se destacaron los Hermanos Berbel.
*simba (quechua): trenza
*rayén: flor


viernes, 27 de septiembre de 2013

FLECHAS por Luisa Peluffo


…El arte de perder no es muy difícil; tantas cosas contienen el gérmen de la pérdida…
Elizabeth Bishop – Un arte


La primera vez que llegaron al sur acamparon al borde del río Limay. Ella encontró una punta de flecha y decidió guardarla, como un talismán.
La leyenda asegura que si te bañás en el Limay, volvés a este lugar, dijo él. Entonces, vigilados por las figuras que esculpe el viento en los murallones de piedra, se sentaron en la orilla, se sacaron los zapatos y sumergieron los pies en el agua transparente.
Esa noche, el rumor y el fluir centelleante del río en la oscuridad los hizo sentir parte de su misterio y no durmieron. No quisieron. Se dejaron amanecer en suspenso, como el vapor irreal que se iba formando sobre el agua.
Regresaron a Buenos Aires con desgano. Al poco tiempo tuvieron un hijo y volvieron a Bariloche. Él construyó una cabaña en el lago Gutierrez, ella tuvo otro hijo, escribió un libro y plantó dos abedules.
Todos los años, a mediados de diciembre, cruzaban el desierto para pasar “las fiestas” con el resto de la familia. Al regresar de una de esas tórridas expediciones se detuvieron en Piedra del Águila. Arrimaron el auto bajo unos árboles, al borde de un potrero donde pastaban mansamente unos caballos. Querían descansar un rato, comer algo y sobre todo, liberar del encierro a los chicos.
Nahuel, el mayor, abombado por el calor y las horas de viaje, preguntó si faltaba mucho para llegar a Bariloche. Pehuén se despertó y se largó a llorar.
Ella buscó su bolso en el asiento de atrás, lo bajó, lo abrió y sacó la mamadera con agua. Además del agua, acarreaba de todo en ese bolso de plástico marrón, imitación cuero: sándwiches, galletitas, toalla, colonia, papel higiénico y hasta el alhajero, por si durante su ausencia entraban ladrones en la cabaña.
Estiraron las piernas, comieron, y cuando estaban acomodando las cosas en el auto, lo vieron a Pehuén corriendo alborozado hacia los caballos. Largaron todo y corrieron detrás. Lo agarraron justo antes de que se metiera entre las patas de un tordillo. Volvieron al auto y siguieron viaje.
Al llegar a Confluencia, a mitad de camino entre Piedra del Águila y Bariloche, ella busca el bolso en el asiento de atrás. No está. En el asiento de atrás no hay ningún bolso de plástico marrón, imitación cuero. Todavía hoy siente una cosa en el estómago al acordarse. ¡No está! Gritó. Fijate en el baúl, dijo su marido. No lo guardé en el baúl, contesta ella. Y ahí otra punzada. No lo guardé, repite, se quedó en Piedra del Águila. Igual corre a mirar adentro del baúl. No. No está. Lo dejamos en el camino, al lado del auto, cuando salimos corriendo detrás de Pehuén. Volvamos.
Él pone en marcha el motor y encara el regreso a Piedra del Aguila. Nahuel pregunta: ¿falta mucho para llegar a Bariloche? Pehuén, la mejilla húmeda contra el pecho de ella, se queda dormido.
Aunque tiene esperanzas no quiere pensar. Pero piensa: el relojito, el collar de perlas de la tía Ema, la gargantilla de la abuela, la medalla de su primera comunión, el broche de su mamá y el anillo de oro. También la punta de flecha que encontró en su primer viaje, a orillas del Limay.
Llegan al lugar, todavía están las huellas del auto, pero ni rastros del bolso. Hay unos ranchos ahí cerca. Van, baten palmas y los perros ladran. Algunos chicos asoman sus caras ardidas, con rastros de tierra y mocos. Los chicos que se crían en la Patagonia siempre tienen tierra y mocos en la cara, piensa ella, también los suyos. Preguntan. Nadie sabe nada.
Oscurece cuando regresan. Ahora la Patagonia se abre gris y hostil a los lados de la ruta. Su marido pregunta qué había en el bolso. Ella todavía no le ha dicho que estaba el alhajero. Se lo dice. Él pregunta qué había en el alhajero. Cuando pasan Confluencia ella llora en silencio.
Ya en Bariloche sigue con una desazón difícil de explicar. Como si bruscamente se hubiera cortado el cordón invisible que la aferraba a su pequeño mundo conocido.
A veces, todavía le vuelve esa congoja.

Él no entiende. Son cosas, le dice, nada más que cosas. Ella sabe que también lo perdió entonces. Él no se queda en el sur. Ella sí.
Muchos años después –los hijos ya son hombres– en un interminable viaje por Chubut, ve un cartel al costado de la ruta:

MAUSOLEO DEL CACIQUE INACAYAL

Frena, retrocede y encara una huella que termina al pie de una loma. Baja del auto y trepa la cuesta. Allí, en medio de la inmensidad, está emplazado el monumento, una construcción precaria y abandonada.
Antes de embarcarlo para Buenos Aires, a Inacayal lo despojaron de sus tierras y de sus caballos, y los jóvenes de su tribu fueron repartidos como sirvientes entre familias porteñas.
El cacique presintió su muerte y apareció una tarde en lo alto de la escalera del Museo de La Plata, donde lo habían confinado. Desde allí hizo un ademán al sol y otro muy lento hacia al sur.
Vuelve a la ruta y más adelante se detiene en Paso de Indios para cargar nafta. Como Piedra del Águila, como la mayoría de los pueblos patagónicos, Paso de Indios está atravesado por la carretera y sus pocas casas, cuadradas y sin revocar, se agrupan a los costados.
En la estación de servicio, al lado de los surtidores, una vieja y un chico ofrecen algo en una caja. Algo que venden a los turistas. Ella se acerca. La vieja –inmóvil, indiferente– sostiene un cartel que dice: “Flecha mapuche 4 peso”.
–Las hace la abuela, pa usar como colgante– dice el chico, y revuelve el montón de puntas de flecha, hasta seleccionar una.
–Para usté– dice, y le sonríe.
 “SE LLAMAN VALIJAS” cuentos, Gárgola Ediciones, 2012

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ARROWHEADS  by Luisa Peluffo 
 Translated by Beth Pollack


The art of losing isn't hard to master; so many things seem filled with the intentto be lost...
Elizabeth Bishop - “One art”


The first time they came into the south  they camped out in a place called Valle Encantado, on the banks of the Limay River, and she found an arrowhead. She decided to keep it as a good luck charm.

That first night, the murmur of the sparkling waters in the darkness made them feel as if they were part of the great mystery. They defied sleep.  At dawn, they remained in rapture, as a surreal mist slowly hovered over the water.

Legend asserts, he said the day before they broke camp, if you bathe in the Limay you will return here. Then, guarded by the wind-sculpted figures on the massive rock walls, they sat on the bank, took off their shoes and dipped their feet into the transparent water.

Reluctantly they returned to Buenos Aries and shortly thereafter they had a son: Nahuel. After that they returned to the south, this time to live. He built a cabin on Lake Gutierrez and she wrote a book and planted two birch trees. And they had another son: Pehuén.

Each year in mid-December they drove across the deserted plains to spend the holidays with the rest of their family. On one of these return trips in the sweltering heat without air conditioning they stopped near Piedra del Aguila, a small village. They parked their car under some trees next to a pasture where several horses calmly grazed.  They wanted to rest awhile, eat something and, above all else, let the kids out after being cooped-up so long in the car

 Nahuel, drowsy from the heat and the long hours of traveling, asked if they were far from Bariloche.  Pehuén woke up and began to cry.

She searched for her bag in the back seat, hauled it out, opened it and pulled out the baby bottle with water. Besides water, she carried a little bit of everything in that bag: sandwiches, crackers, a towel, cologne, toilet paper and even her jewelry box, just in case thieves broke into the cabin while they were away.

They stretched their legs, ate, and when they were putting their belongings back into the car, they saw Pehuén running excitedly towards the horses. They both took off running after him, and caught him just as he was about to run headlong into a dappled gray horse. They returned to the car and continued on their journey.

When they arrived at Valle Encantado, the halfway point between Piedra del Aguila and Bariloche, she looked for her bag in the backseat. It wasn’t there. There wasn’t any bag there. Even today when she thinks about it, she still has a sinking feeling in the pit of her stomach. She shouted, “It’s not here!”  Her husband told her to look in the trunk, stopping the car on the shoulder. “I didn’t put it in the trunk,” she answered. And, there was another stab to her heart. “I didn’t put it anywhere,” she repeated, “it’s back in Piedra del Aguila.”  Just the same she ran to look in the trunk. No, it’s not there. We must have left it next to the car when we went running after Pehuén. Let’s go back.”

He puts the car in gear and turns back towards Piedra del Aguila. Nahuel  asks:  “Are we there yet?”  Pehuén, his damp cheek against her chest, remained asleep.

Although she is hopeful, she doesn’t want to think about it. But she recalls: her watch, her Aunt Emma’s pearl necklace, her grandmother’s choker, the medal from her first communion, her mother’s brooch and her gold ring. Also, the arrowhead she’d found during their first trip, along the banks of the Limay.

They arrive back at the spot, their tire tracks still visible, but not a hint of the bag. There are a few ranches nearby. They walk towards them, clap their hands, and the dogs bark.  Some boys peer out, their faces all wind-burned and streaked with dirt and snot. Children who are brought up in the Patagonia always have dirt and snot on their faces, she thinks, her’s too. They ask.  Nobody knows anything.

It’s almost dark when they get back on the road. Now the Patagonia looks gray and hostile. Her husband asks what was in the bag. She still hadn’t told him about the jewelry box. So she does and he asks what was in the box.  As they leave the Valle Encantado behind, she weeps in silence.

Back in Bariloche her uneasiness grows, as if the cord that tied her to her small familiar world had abruptly been severed. Sometimes, still, the sorrow returns.

He doesn’t understand.  They’re just things, he’d say, trying to console her, nothing more than things. . .

And she knows then that she’s lost him. He doesn’t stay in the south. She does.  Years later – her sons now grown men – on one of her endless trips across the Patagonian desert heading towards Madryn, she sees a sign along the side of the road:

Tomb of Chief Inacayal


She backs up and guides the car over a trail that leads to the base of a small hill. There, in the middle of the earthy vastness, was the monument. She gets out of the car and climbs up the slope.  At the top, she finds a precarious structure in extremely poor condition, abandoned, and in ruins.

She gets back on the road. Before sending him to Buenos Aires, Inacayal was deprived of all his land and horses, and the young people of his tribe were distribute as servants in Buenos Aires.

The  Indian chief  had a presentiment of his death, and an afternoon appeared at the top of the  Museum’s entryway stairs, where he had been held in confinement. From there he did a gesture to the sun and other very slow to the south.

At Paso de Indios, she stops to get gas. Like Piedra del Aguila and the majority of small Patagonian villages, Paso de Indios is divided by the highway with a few run-down houses grouped together on either side.

There at the service station, next to the pumps, an old woman and boy offer up something in a box, something to sell the tourists. She goes over to them. The old woman – motionless and indifferent – holds a sign saying:


Mapuche Arrowheads. 4 peso.


“Grandma makes’em to use as pendants,” says the boy and he shakes the pile of arrowheads that are in the box until he picks one out.

“For you,” he says, with a smile.


“A Traveler's Literary Companion"
Edited by Jill Gibian
Whereabouts Press, Berkeley, California















lunes, 23 de septiembre de 2013

Las motos encabezaron la marcha el día mundial contra el fracking



El día mundial contra el fracking también se recordó en Bariloche, en el Centro Cívico, ante la atención de numerosos turistas y vecinos que se llevaron información y manifestaron su preocupación por las consecuencias de estas destructivas y contaminantes actividades extractivas que ya se están llevando a cabo en el Valle de Río Negro, en Allen; que se han autorizado en Neuquén con el contrato suscripto con Chevron, y en Chubut con el contrato con Tecpetrol.
Más tarde, y espontáneamente se organizó una breve movilización por calles céntricas que, como nota de color, fue precedida un par de cuadras por los motoqueros que se reúnen habitualmente en la plaza.
Los participantes expresaron su convicción y su decisión de continuar sin bajar los brazos y sin abandonar el reclamo por la restitución de la Ley 3981 anti cianuro, y la prohibición del fracking en la Provincia de Río Negro.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

PREMIACIÓN FESTIVAL AUDIOVISUAL BARILOCHE 2013

 


Con el acto de entrega de premios y la proyección de películas ganadoras, finalizó la primera edición del FAB Festival Audiovisual Bariloche.

En la Sala 1 del Shopping Patagonia colmada, se llevó adelante la premiación. Aplausos, emociones, palabras de aliento y deseos de continuidad, se sucedieron a lo largo del acto.

Los miembros del jurado de la Competencia Nacional de Largometrajes y la Competencia Regional de Largometrajes, conformado por María Iribarren, Aymará Rovera y Carlos Echeverría, decidieron que en la Competencia Nacional de Largometrajes hubiera dos menciones especiales: P3ND3J0S, de Raúl Perrone y Deshora, de Bárbara Sarasola-Day, y que el premio FAB fuera para Samurai, de Gaspar Scheuer, por considerar que desenvuelve un guión sin fisuras, un relato que se sostiene de principio a fin, sin fallar en el verosímil, con interpretaciones que responden a ese propósito. Finalmente, rescatamos la belleza de la imagen y el trabajo escrupuloso de la fotografía y el sonido".

El mismo jurado, en la Competencia Regional de Largometrajes, otorgó una mención a El verano del camoatí, de Federico Laffitte, mientras que el premio fue otorgado a Refugiados en su tierra, de los barilochenses Fernando Molina y Nicolás Bietti. Los realizadores, más allá del premio, agradecieron la posibilidad que les otorgó el FAB de haber podido proyectar su película en una sala grande, con buena imagen y buen sonido, algo que para quienes llevan adelante proyectos de esta índole en la región no suele ser nada fácil.

El jurado de la Competencia de Cortometrajes, tanto nacionales como regionales, estuvo conformado por Susana Landau, Rubén Guzman y Rodrigo Magallanes.


En lo que hace a los cortos nacionales, le otorgaron una mención especial a El año pasado en Mardelplá, de Santiago Korovsky y Celeste Contratti y a La casa, de Paola Michaels. El primer premio, fue para Luminaris, de Juan Pablo Zaramella.



En la competencia regional, las menciones fueron para Qué queda de los otros, de Verónica Padín y 5 vientos, mientras que el ganador fue Equilibrio, de los estudiantes de la Licenciatura de Artes Audiovisuales de la Universidad Nacional de Río Negro Martín Alba y Anabella Rivero.

En la sección Work in Progress (WIP) regional, para obras en proceso, fue para  Guillermo Glass de Esquel y su proyecto ¡Namasté! El jurado conformado por Mariana Loterszpil, Hernán Andrade y Lisandro Martínez Geoffroy.

Luego, desde las 16, se proyectaron todas las obras ganadoras.

Fueron cinco días cargados de películas, encuentros, fiestas y brindis, charlas, talleres, capacitaciones y disfrute.