viernes, 27 de diciembre de 2013

EL PASADO ESTÁ ADELANTE Y EL FUTURO MIRA ATRÁS


PARA UN INDÍGENA EL PASADO ESTÁ ADELANTE Y EL FUTURO MIRA ATRÁS por Luis Eduardo Pincén*  
 
Yo era un chico muy tímido y reservado, también de tez oscura. Estos datos parecían suficientes para dar rienda a algo negativo. Envíelo a una escuela especial porque este chico es fronterizo… Esa fue la sugerencia que una maestra particular le hizo a mi madre. En efecto, mi pertenencia a la comunidad de origen günün ä küna-mapuche, también conocida como tehuelche septentrional o del norte, hizo que siempre me vieran diferente. 

Para muchos sectores considerados más civilizados, los indios somos gente limitada. Recuerdo apenas me recibí de profesor, en una escuela de Bella Vista, el nuevo rector me escuchó comentar una idea y dijo algo así: “ Hablás mejor de lo que suponía ”. El no me conocía de antes pero pensaba que un morocho medio aborigen sólo podía decir cosas simples.

Soy tataranieto del Lonko (Cacique) Vicente Catrunao Pincén, hijo de Inocencio Nicasio Pincén y de Doña Rosa Irma Andrada, criolla mezcla de español y comechingón. Nací hace 55 años. Si bien mi familia no desconocía sus orígenes prefería ocultarlos por miedo a la discriminación. Les confieso que todavía hoy, yo y mis cuatro hijos somos mal mirados en el subte, en las calles y hasta en los boliches de Buenos Aires. Toda mi familia sufre la marginación sea por el color de piel o el pelo largo o por el simple hecho de ser morochos y grandotes, características salientes de nuestra raza.

Mi tatarabuelo fue uno de los más importantes líderes indígenas de la historia argentina. En 1878 cayó prisionero en manos del Ejército mientras su comunidad era destruida y dispersada. Fue y es una figura tutelar para nuestra gente. No así para los que nos despojaron de la tierra, la cultura y la vida dos siglos atrás. Los estigmas también cayeron sobre todos los integrantes de la comunidad. Como dije antes, yo era un chico ensimismado. Una de mis tías, acaso influenciada por los cánones de belleza occidental, hablaba de mí en un tono entre paternal y despectivo.

“Pobre Luisito –decía– tan negro, tan feo y encima mudo”.

Muchos años después sabría yo que en una carta dirigida a la Reina de España, nada menos que Cristóbal Colón le contaba desde una evidente ignorancia que los indios hallados en estas tierras no hablaban, es decir, eran mudos...

Con el pasar del tiempo mi madre y mis tías abuelas Rufina y Celestina Pincén me contaron quiénes eran mis ancestros y cómo vivían. Mediante esa paciente transmisión contribuyeron a que yo entendiera mejor los principales rasgos de mi personalidad. Ya en la adolescencia manifesté algunos problemas relacionados con ese desajuste entre los estereotipos y la realidad cotidiana. Me sentía inseguro, por lo que resurgió mi timidez de siempre y me refugié en el estudio. Dos factores que entonces me ayudaron fueron mi participación en la Asociación Cristiana de Jóvenes y mi militancia, heredada de una familia de obreros, en el peronismo. Ambas experiencias me dieron herramientas de lucha y disciplina que aún hoy me son útiles. Con el paso de los años, sin embargo, esos marcos teóricos entraron en conflicto con mi identidad indígena que valora sobre todo lo comunitario, lo solidario, la reciprocidad, el amor y el respeto por la naturaleza, por los ancianos, por los niños, por el simple hecho de mantener la palabra y manejarse con la verdad.

Del peronismo me alejé cuando descubrí que el concejal que nosotros habíamos llevado como candidato vendía drogas. Tampoco fue posible defender a la Iglesia Católica luego de que decidiera, en 1992, celebrar y legitimar quinientos años de conquista, saqueo y evangelización. Despojado entonces de aquellas líneas iniciales de pensamiento, y un poco a la deriva, fui a escuchar unas charlas en el Museo Roca del barrio porteño de Recoleta. Entonces observé que formando parte del público había antropólogos y también dos paisanos que yo conocía bien: Augusto Ramallo y el entonces cacique Coliqueo. Debo decir que en mi familia se odiaba mucho a estos paisanos de Los Toldos, sentimiento que surgía de conflictos del pasado.  Los Coliqueo, luego de luchar con los Pincén contra el blanco, decidieron formar parte del Ejército Nacional.

Yo era joven y esta idea me parecía aberrante. Para colmo en un momento de mi charla alguien le preguntó a Coliqueo cuál había sido el aporte de su tribu a la identidad nacional. La respuesta no pudo ser peor. Dijo que su contribución principal había sido el hecho de haberse integrado plenamente a la nacionalidad argentina y al cristianismo. En ese momento no pude contenerme y animado por la furia le dije al cacique que cualquier indio muerto en pelea hizo mucho más por la identidad nacional que los que se entregaron. Hoy me arrepiento del tono y la dureza encerrada en esas palabras.

Fui fiel a mis sentimientos pero de una manera irrespetuosa ante una autoridad con la que no estaba de acuerdo. Lo anecdótico fue que al salir del museo me esperaban en la puerta muchos paisanos. Pensé que estaban enojados conmigo por lo que había dicho pero no fue así. Eran integrantes de la rama juvenil de la Asociación Indígena de la República Argentina y me invitaron a participar en la lucha que llevaban adelante. Así empezó mi camino en favor de los pueblos originarios. Pude conocer las cuestiones históricas, sociales, políticas y culturales que nacían en la ciudad para luego alcanzar el espacio rural y comunitario. Había recorrido ya la mitad del camino. La otra mitad me la dio el destino o quizás Futa Chao (nuestro Dios o Gran Padre), que sabe muy bien por qué hace las cosas.

Yo trabajaba en la Fundación desde América, cuyo director era el antropólogo Carlos Martínez Sarasola. Un día llega a mí una señora descendiente de franceses con los restos óseos de un hermano tehuelche. Ella me pidió si yo podía enterrarlo de acuerdo con nuestras pautas culturales. Le dije que desconocía cuáles eran esos procedimientos pero que me comprometía a cumplir su deseo. El episodio no fue menor para mí. Me vi obligado a aprender la manera en que nuestros ancestros enterraban a los que partían. Profundicé también en los conceptos de salud y enfermedad, en el difícil equilibrio entre el bien y el mal, en las ceremonias… De paso eso me ayudó a conocer mejor la cultura y cosmovisión del mundo indígena, un aprendizaje que sólo se obtiene en contacto directo con nuestros sabios mayores y con la gente de la tierra, nuestros paisanos, nuestros hermanos.

La profunda experiencia de conocimiento cristalizó cuando participé, por invitación de la comunidad de Chorriaca, de una Rogativa o Nguillatún, en el norte neuquino. La Rogativa, también conocida entre nosotros como kamaruco, es una ceremonia circular que se celebra anualmente a campo abierto y a lo largo de tres días. No importa si llueve o cae nieve. No importa si hace frío o calor. Se reúnen entre trescientas y setecientas personas, hacen bailes colectivos, interpretan cantos, todo dirigido a fortalecer el espíritu de cada familia, a entrar en armonía con el cosmos, a agradecer.

En la provincia de Buenos Aires esa tradición se perdió y nosotros estamos trabajando de manera incansable para recuperarla. Lo cierto es que en aquella primera experiencia que tuve en Neuquén me convertí primero en bailarín (purrufe) del Choique Purrún (danza del ñandú); después fui primer bailarín del grupo y finalmente fui reconocido como Lonko (cacique), cargo que ya había sido establecido por mi comunidad. Nuestro objetivo es realizar nuestra propia Rogativa en territorio pampeano. El lugar elegido está ubicado en el partido de Puán, cerca de las montañas sagradas de Sierra de la Ventana. Hacia ellas nos dirigimos.

Concretar esta ceremonia en territorio bonaerense, algo que en principio se haría realidad en septiembre de 2016, requiere de un espacio físico, de la participación de bailarines, cantantes, caballos y toda la infraestructura y logística necesarias. En ese camino de formación y entrenamiento viajamos dos veces al año a Neuquén, sin ayuda alguna, lo que nos llena de orgullo y compromiso. Recuerdo a veces las épocas en que un hermano de la comunidad de Huncal decía: “ Pincén es un negro solo que anda por la gran ciudad ”. Hoy no estoy solo, muchos hermanos me acompañan y eso me da mucha alegría. Los Pincén prácticamente habíamos desaparecido. Hoy nuestra realidad es distinta. En diversos lugares de la región pampeana mis hermanos están volviendo y ya no somos sólo un recuerdo.

Es verdad que hemos perdido nuestro territorio. El tratado de 1873, que reconocía la propiedad de las tierras que ocupábamos, no fue respetado. Muchos mayores dejaron de enseñar y practicar la cultura y la lengua para que sus hijos no fueran discriminados. De la mano de nuevas formas de explotación del campo desaparecieron innumerables variedades animales y vegetales. El aire, el suelo y el agua han sido contaminados y el Lof, o comunidad material e inmaterial, se ha visto afectado. La pérdida de los propios valores derivó en algunos casos en violencia, alcoholismo y promiscuidad.

Los “civilizados” intentan corromper a nuestra gente hasta volverla dependiente de todo tipo de flagelos. La idea del salvaje transmitida por la escuela hasta hace poco llena de vergüenza a mis hermanos. Al punto de que muchos niegan su ascendencia y sus apellidos. El cambio de alimentación derivó en enfermedades nuevas como la diabetes y tantas otras; antiguamente se comía el choique (ñandú) y el guanaco, que no tienen colesterol. Antes sólo se ingería fruta de estación y se realizaba mucha actividad física. Hoy la vida de mucha gente es sedentaria, está llena de hidratos de carbono, colesterol y triglicéridos. Ya sabemos el final de esa historia: la muerte temprana de tantas personas. Somos conscientes de estas realidades. Pero hemos caminado mucho hacia nuestra esencia y hemos superado desgracia y dolor aprendiendo a vivir sin odio ni rencores, pacíficamente, dispuestos siempre a comenzar de nuevo en el mismo punto donde desaparecieron nuestros ancestros.

El camino que emprendí junto a mis hermanos indígenas en este regreso a las tierras ancestrales es irreversible. Sabemos que es largo, complicado, pero ni siquiera esa perspectiva nos desalienta. Algo que he aprendido de mis hermanos es una superadora noción del tiempo que los Pueblos de esta tierra tenían. A diferencia de la cultura occidental, el futuro está atrás y es desconocido; el presente es aquí y ahora y por lo tanto efímero y el pasado está adelante nuestro por lo cual nosotros caminamos hacia el pasado, hacia nuestros orígenes, hacia nuestra esencia.

*Luis Eduardo Pincén: Profesor de Ciencias Naturales, tataranieto del cacique Vicente Catrunao Pincén.

viernes, 20 de diciembre de 2013

La voz interna del nadador

Cada tanto comparto algunas cosas (no específicamente patagónicas) porque que me gustan mucho, como esta crónica:

La voz interna del nadador - Relato de Alejandro Lipszyc*  - Texto de Sebastián Zírpolo


Estoy flotando en el agua marrón del río Paraná, debajo de mí no hay nada, el suelo está lejos, mi casa está lejos. Tengo 41 años. Estoy nadando y mientras nado escucho a mi abuela María que me habla o me alienta, como cuando yo era chico y ella me apretaba los cachetes y me decía:
Dale, boludito. 

Cada dos segundos saco la cabeza hacia mi izquierda para respirar. Los buenos nadadores hacen respiración bilateral, una vez para un lado, otra vez para el otro. Yo respiro para la izquierda. Saco mi boca apenas por encima de la superficie, sin tragar agua, pero dejo entrar su humedad para que la garganta no se me seque. Cada dos segundos, cuando saco la cabeza para respirar, miro a mi bote de apoyo.

En el bote va Mariano Soraires, mi asistente durante la carrera. A su lado veo a Diego Sandstede, mi amigo y fotógrafo, y al remero, baqueano del Paraná, que me va llevando por los mejores lugares para nadar, que son los de mayor caudal de agua y corriente a favor. Del bote me llega cada tanto alguna indicación de Mariano y el olor del cigarrillo que fuma el remero.

La carrera se llama Maratón Acuática Dos Orillas. Lo de dos orillas es literal: 69 nadadores estamos nadando, un domingo nublado y frío de marzo, por el río Paraná, desde Villa Urquiza hasta Paraná, en Entre Ríos. El circuito consiste en cruzar el río, bordear la orilla que corresponde a Santa Fe y luego, a la altura del túnel subfluvial, volver a cruzar el río, y llegar a Paraná. También es literal lo de maratón: es una competencia de 21 kilómetros en la que gana el que llega primero.

Yo no quiero llegar primero. Quiero llegar.

Para competir en la maratón nadé entre cuatro, cinco y seis kilómetros por día, tres veces por semana, entre diciembre y marzo. Hacía poco había corrido la carrera de Baradero, nueve kilómetros a río abierto, y me había sentido bien. Pero la competencia del Paraná es más difícil, más larga y en un río más grande. Edgardo Castañón, mi entrenador en la pileta Caracola, que es el club en donde practico natación, me decía: ¿Y, te vas a anotar?, un poco para preguntarme y un poco para tocarme el orgullo. Entonces opté por entrenar para la carrera y postergar la decisión para cuando cerrara la inscripción. 

Viajé a Entre Ríos con otros cuatro compañeros de pileta.

La maratón se corre -se nada- por la tarde, para esperar que el agua tenga su mejor temperatura. Antes de entrar al río me cubrí el cuerpo de vaselina, para crear una capa grasa que me permitiera conservar el calor del cuerpo, pero ahora que estoy en el agua pienso que me puse poca y que no alcanzó: tengo frío. Tengo miedo, también. El río es descomunal.

Mi bote de apoyo me tranquiliza. Nado paralelo a él, es mi referente anímico -ahí está mi bote, en el bote están mis amigos, nada malo me va a pasar-, pero también visual. Es la única evidencia que voy a tener, durante las casi tres horas de carrera, de que el mundo sigue siendo tal cual lo dejé antes de tirarme al agua. Cuando paro a descansar -cada veinte minutos tomo agua mineral, cada cuarenta trago un gel de glucosa que me potencia los músculos-, lo único que veo desde el ras es una línea verde a mi derecha, la orilla de Santa Fe; una línea más lejana a mi izquierda, Entre Ríos; un manto de agua marrón hacia delante, y en el punto de fuga, el cielo gris que me vuelve frío. Tengo frío.

Nado. Nadar es aburrido. En otros deportes el que habilita el componente lúdico es el error, la habilidad instantánea de uno versus el menor talento, o la decisión equivocada, del otro. El juego de nadar, en cambio, consiste en obtener su mecánica, en lograr los movimientos sincronizados a repetición.

Pensá en la técnica. Escucho la voz de Edgardo, mi entrenador de la pileta, que me llega desde el recuerdo de los entrenamientos.

El codo mira al cielo. Entonces estiro bien el brazo y hago un empuje fuerte y profundo. Después, en el recobro, vuelvo a levantar el codo. Y otra vez. Y otra vez.

Nadá finito. El cuerpo compacto, estirado.

Ganado el partido de la razón, de la técnica, empiezo a sentir el río. Cuando menos pienso, mejor nado. Y siento, por ejemplo, que me voy agarrando del agua. La fuerza que hago es como si estuviera subiendo una escalera con los brazos. Me siento parte del río, me hago agua.

Y canto.

Soy de la orilla brava del agua turbia y la correntada

que baja hermosa por su barrosa profundidad;

soy un paisano serio, soy gente del remanso Valerio

que es donde el cielo remonta el vuelo en el Paraná. 


La canción es de Jorge Fandermole, se llama Oración del remanso*, y es la historia de un río y de un pescador en un río, y de cómo el pescador va viviendo en ese río. La repito como un mantra. Su tempo, su cadencia litoraleña, empata con el ritmo de mi nado.

Llevo mi sombra alerta sobre la escama del agua abierta

y en el reposo vertiginoso del espinel

sueño que alzo la proa y subo a la luna en la canoa

y allí descanso hecha un remanso mi propia piel. 


Entonces viene mi abuelo Isaac y me abraza. Lo veo, en ese viaje alucinógeno que hace el cerebro excitado por las endorfinas de los músculos exigidos al máximo, vestido con un traje y corbata marrón y camisa blanca. Es gordo Isaac, y me abraza porque tengo frío. Afuera hace 17 grados y en el agua 22, quizás menos. En la pileta el agua está a 28, así que siento la diferencia. Pienso mucho en el frío, pero no me desconcentra y no me desanima. Solo digo: "Esto viene con frío". Y nado. Juego a que tengo que alcanzar mi bote, que va un poquito adelante. El bote es mi Moby Dick. Me pregunto cuándo lo voy a alcanzar.

Nadar también es una utopía.

Pasan otros veinte minutos de nado, de nada. Paro a tomar agua. Por primera vez en la carrera, Mariano me da una referencia de distancia: faltan siete kilómetros. Miro hacia el cielo y veo los cables de las torres de alta tensión que cruzan el Paraná. Más adelante, están las siluetas de los edificios de la ciudad. El agua del río ya tiene otro gusto, es más ácida. Debajo de mis pies pasa el túnel subfluvial. Me chequeo: no estoy cansado. Llevo una hora cuarenta de carrera. Cerca veo a Pablo, un compañero de mi entrenamiento en la pileta que es más veloz que yo, nada mejor o nada más. Es mi referencia. Y pienso que si él está acá y yo también estoy acá, tan mal no estoy. Una vez leí que una nadadora profesional decía que si la carrera es buena, no te acordás de que te haya pasado nada malo. Y yo siento que no pasó nada malo.

Entonces por primera vez pienso que voy a llegar.

Empecé a nadar hace dos años, que pensado desde un río anchísimo y dos horas continuas de nado -solo yo y mis brazos y mis patadas, y mi boca buscando oxígeno- suena a poco. Me tiré a la pileta por primera vez en 2011, cuando estaba por nacer Oliverio, mi primer hijo. Y decidí nadar esta maratón con la llegada de Eloísa, mi hija. Antes de nadar hice boxeo. Antes de boxeo jugué al fútbol. Antes de fútbol hice básquet. Corrí.

Mi trabajo como fotógrafo tiene mucha relación con el deporte. Hice una serie que se llama Los clubes, que son fotografías de espacios interiores de clubes sociales y deportivos de Buenos Aires. Clubes de barrio, como al que yo iba en mi adolescencia de San Martín, el club Peretz, de Villa Lynch, un club judío y comunista. Un club de barrio es también Caracola, la pileta donde me entreno. Es una empresa familiar, con problemas económicos y una amenaza latente de cierre. Corro por ellos, tengo que llegar por ellos también. No corro solo.

Me faltan dos kilómetros.

Te faltan dos kilómetros, es la última vez que te doy agua. Mariano me habla desde el bote. Yo reconozco el lugar. Ayer nadé dos kilómetros desde acá hasta el lugar donde está la llegada, para calentar el cuerpo, para sacarme la ansiedad. Tardé, ayer, 23 minutos. Eso es todo lo que me queda: 23 minutos.

Son los peores de todos. Todo el método que venía ejercitando y controlando en los 19 kilómetros anteriores se me vuelve en contra. Sé que voy a llegar, entonces estoy ansioso. Mariano me grita, me alienta. Estoy lento, pesado. Me cuesta nadar, levantar los brazos. Estoy agotado como no estuve en las dos horas y veinte que vengo nadando. Una corneta que suena cerca de la línea de llegada me va orientando.

Ya no escucho a Mariano, ya no sé cómo estoy nadando, ya no canto mi himno litoraleño, ya no recuerdo a mis abuelos. Paso las boyas que marcan el comienzo de los últimos metros y empiezo a llorar. Lágrimas sobre el agua. Toco la plataforma.

Llegué. 

Me paro, todavía sobre el agua, y siento el piso fangoso del fondo del Paraná.

Me mareo.

Nunca había estado tanto tiempo sin pisar tierra firme.

*Oración del remanso

* Alejandro Lipszyc nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, en 1971. Reconocido integrante de la denominada Fotografía Contemporánea, actualmente vive y trabaja en Ciudad de Buenos Aires. Comienza sus estudios fotográficos por el año ’92 asistiendo al fotógrafo Eduardo Gliksman; simultáneamente cursa la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UBA. Continúa su camino en la Fotografía realizando talleres con Juan Travnik y Alberto Goldenstein; con Nora Dobarro y Pablo Suárez estudia pintura. Ha trabajado como fotógrafo independiente para diversos medios gráficos, instituciones y empresas, tanto nacionales como internacionales. Desde 2005 es fotógrafo del MALBA. A partir del 2001 ha participado en diversas muestras individuales y colectivas. Desde el año 2008 da talleres de fotografía en forma particular. Dicta además la materia Expresión en la Escuela Argentina de Fotografía (EAF). Su visión sobre el quehacer fotográfico ha ido mutando con el correr de los años motivado por sus experiencias, el camino recorrido y una fuerte relación con el deporte,




martes, 17 de diciembre de 2013

Estudiar o educar por Tomás Abraham*


 
Estudiar y recibir una educación no es lo mismo. A veces es lo contrario. Estudiar puede convertirse en una actividad necesaria para resistir al proceso educativo. El estudio no deriva de un canon ni de un procedimiento regulado que prescribe las etapas de una formación disciplinaria. Aprender es una experiencia personal imposible de imitar. Tampoco se transmite aquello que se aprende como si se fuera propietario de un producto terminado.

Estudiar no reúne en un espacio compartido a un ignorante y a un sabio, sino a dos ignorantes en cuestiones diferentes. El maestro, o el profesor, muestra el modo en que trabaja su ignorancia, cómo la recorre, el modo en que la disfruta o el efecto que le produce. No hay razón alguna para que se muestre autosuficiente o seguro de su erudición. Esa postura de un supuesto saber consolidado esteriliza las mentes, tanto la del depositario de la información como la del receptor de la misma.

La ignorancia consciente de sí provoca una inquietud persistente conocida con el nombre de “curiosidad”. Una de las cualidades que puede transmitir un enseñante es su insatisfacción. Su búsqueda permanente, la interrogación irrestricta sobre los conocimientos adquiridos, la necesidad que tiene de confrontar puntos de vista y de incitar al debate, su asombro ante las novedades del mundo, sus ganas de vivir.

Si no tiene nada de lo que acabo de mencionar, poco puede hacer para aportar algo de valor a los otros ya que nada se aporta a sí mismo.

Estudiar es una experiencia vital que se comparte. A pesar de ser una experiencia personal no se la lleva a cabo solo. Se estudia con libros y textos que han escrito otros. Se estudia en espacios diseñados a tal fin, escuelas, universidades, institutos. Estudiamos entre alumnos y maestros. Ponemos en práctica la ignorancia activa que pregunta el porqué, la que no se satisface con el enunciado de una autoridad y busca una verdad.

Estudiamos porque necesitamos trabajar para expandir nuestra mente y descubrir el mundo. Estudiar es un oficio. Tiene todas las exigencias de cualquier artesanía. Es una tarea productiva. Estudiar no es sólo leer o calcular, sino activar las distintas formas de nuestra sensibilidad para producir algo que no somos nosotros y que nos permite hacernos a nosotros mismos como proyecto inconcluso.

Estudiar nos saca de nuestra identidad recibida y de la que nos venden cada día. Es una barrera resistente al aluvión consumista. Pero también nos autoriza a descreer de las verdades y de los bienes patrióticos abusados para legitimar el poder de turno.

Nos permite decir que “no” sabiendo por qué. Estudiar es una manifestación guerrera. Nos curte en el arte de la lidia, del combate ante los obstáculos, nos templa ante los desafíos. Nos arma contra la acción corrosiva e implacable del tiempo que se muestra infinito, ilimitado, repetitivo, cuya consecuencia de no ser de alguna manera domado es el aburrimiento y la resignación.

Estudiar nos hace productivos, lo que nos ahorra la necesidad de querer ser felices a la manera extática de un goce sin altibajos o de un sistema inmunológico que nos ahorra cualquier infortunio.
Estudiar nos permite conocer tanto la frustración como el esfuerzo por superarla, lo que nos vuelve más generosos y tolerantes con virtudes y defectos tanto propios como ajenos.

Estudiar es una ética de la voluntad.
Y además, estudiar es un problema.

La adolescencia. Aquí comienza el apartado conocido con el nombre de educación. Se estima que hay alrededor de 800 mil docentes en el país. Es una fuerza gremial gigantesca. Sus reivindicaciones son las del cualquier gremio y las que ejerce todo poder de esa magnitud. Las luchas internas hegemonizan su acción. Los temas del ausentismo, la calidad laboral, los resultados, los sueldos y las condiciones de trabajo son materia de discusión diaria. Se trata de un problema político, sin duda, además de ser cuestiones históricas y tradiciones culturales. Mover un elefante con una mano no es más difícil que cambiar los engranajes y el rumbo de una burocracia de esta magnitud que como tal se reproduce a sí misma.

Se dice que en estos años se ha incluido a cientos de miles de menores de edad al aparato escolar y que poco se puede pretender en términos de calidad en un tiempo tan exiguo. Pero la tendencia no parece avalar que el tiempo juegue a favor de una mejora educativa.

El problema no son la escuela primaria ni la universidad, sino lo que está en el medio, es decir la adolescencia en la enseñanza media. No porque los dos extremos del proceso educativo no necesiten forjarse metas más ambiciosas que su performance actual, sin duda que las necesitan, sino porque desde los 13 hasta los 18 años hay algo así como una tierra de nadie.

Pedagogos bienintencionados y con ánimo auténtico de pensar el problema han dicho que la brecha generacional no es colmable desde la enseñanza. Desde este punto de vista, un profesor no puede captar la atención del alumnado con la puesta en escena de su pasión, de su vocación y de su entrega al estudio. Por lo que todo lo que dije en un principio de esta disertación sería inútil.

Ninguna oferta desde el educador llega al alumno sin una demanda previa. Si no hay demanda, repiten, no hay recepción. Los pibes hacen la suya y viven su vida mientras el maestro tira sus botellas al mar.

Sin embargo, lejos de proveer así una visión pesimista, señalan que los adolescentes tienen sus modos de buscar información, sus conocimientos tecnológicos a los que acceden con una facilidad que supera a la de cualquier enseñante, y que de alguna manera pueden hacer caso omiso de la función profesoral para abrir los surcos de la vida en el camino a la adultez.

Filósofos respetables de edad avanzada abren su corazón a las nuevas generaciones a las que les reconocen las habilidades del pulgar sobre la tecla y los beneficios de la dispersión. Así lo hace Michel Serres en su libro Pulgarcita. Pero otros se enojan ante la misma realidad a la que condenan por una fábrica de cretinos, como lo señala Jean Paul Brighelli.

En conclusión, la escuela secundaria, ya fuere por las nuevas tecnologías o por cambios culturales, ha dejado de tener sentido.

La verdad es que no tengo ni fuerzas ni argumentos para refutar esta afirmación. Reconozco mi fracaso. No tengo elementos para la réplica ni convicciones para ofrecer alternativas. Puede ser que las cosas sean como se dice. 

Esta idea de un mercado en el que la demanda posibilita la oferta puede ser real o verdadera. Pero ni me gusta ni me atrae. Nos convierte a los maestros en seres pasivos, individuos en estado latente, culpables por haber trabajado.

Dicotiledónea. Creo que es una buena medida admitir un fracaso. No seremos la primera generación de docentes en haber fracasado. Fracasaron con nosotros en la década del 60. Mis profesores de la secundaria me hablaban de asuntos que no me interesaban para nada. Las palabra dicotiledónea, como Yan Tsé o Nefertiti no me decían más que una marca de medicamentos. La pasión de la profesora de Literatura por Tirso de Molina me resultaba una excentricidad de una señora en función gramatical.

¿Por qué no podemos fracasar nosotros ante chicos de 15 años? ¿Por qué debemos interesarlos?
Pero entonces ¿qué hacer? Nada. Nada más que lo que hacemos. En cuanto a mí, quizás por razones de edad, no concibo adaptarme a los nuevos tiempos. No me dan ganas de seguir los consejos de los políticos de la educación, quienes dicen que antes de enseñar una materia hay que escuchar a los alumnos, acercarnos a ellos. Todo eso me parece una ideología legitimadora de todo tipo de mediocridades y facilismos. Fruto de un afán de pendeviejo por ser un profesor admirado y encantador a la manera de un Robin Williams en películas edulcoradas. Creo que en estos años se ha inculcado una ideología derrotista y mezquina en nombre de derechos, poderes falsos, y una demagogia felizmente compartida.

Ideología pedagogista que oficia de policía educativa que habla de educar en lugar de enseñar; que se olvida de la palabra “aprender” porque así como enseñar exige esfuerzo y actualización; que hace del alumno el centro de la escena y que lo invita a expresarse para hacer de la clase un pasatiempo de una ideología neorrousseauniana, caritativa y conductista; que cree que la escuela debe ser un ecualizador social y que se escuda en la pobreza para nivelar para abajo; o que hace de la educación una coartada para justificar explotación, marginación y miseria vital que nada tiene que ver con ella; que se place en la renuncia al pensamiento encarnado en el trincherismo binario: trabajo o juego; divertirse o aburrirse; profesión o vocación; ciudadanía o mercado; meritocrático o inclusivo.

En lugar de hablar de derechos y deberes, podríamos decirles a los jóvenes que ayuden a los profesores que aún quieren enseñar su materia, que compartan su esfuerzo por transmitirles algo que creen importante, colaborar para dignificar su oficio, por no dejarlo solo dependiendo de un carisma personal o de la demagogia ante la total indiferencia de la sociedad.

Pero no, es tanto más fácil rendirse, y resignarse a que los que ingresan al profesorado lo hacen sin ganas, para asegurarse un sueldo mínimo y un puesto cómodo; y que los adolescentes están en otra cosa, y que la escuela sólo tiene sentido si se muestra la injusticia del mundo neoliberal y la esperanza de la patria grande y de los héroes y mártires de un panteón montado por todo tipo de manipuladores.

Es tanto más fácil plegarse a las tomas de los colegios, ir de la mano con los hijos para sumar indignados a la televisión que reforzar la concepción de un mundo que engaña, que destruye, en el que la tarea de edificación de un ladrillo sobre otro es un mito de Sísifo. Repetir como si eso fuera una muestra de juventud el lema de la esclerosis troskista que dice que ser bueno en un mundo malo hace del mundo algo peor.

La palabra “ideología” ha transitado por los mismos canales que otras palabras cuando están en manos de ciertos personajes. Lo mismo ha pasado con los derechos humanos. El problema es que la ideología no es una representación del mundo que guía nuestra conducta como si fuéramos entes racionales programados de acuerdo con valores. La ideología no tiene otra función que la de un placebo que decora nuestros intereses. Es moralina confitada de la peor manera y a la vez un aparato de censura.

Por mi parte, mientras viva en el mundo y no me retire a una cueva para esperar la muerte, si la salud me acompaña, no tengo más remedio que estudiar, y buscar prójimos a quienes mis estudios interesen. No veo otra forma de hacerlo que exigiendo atención, no abdicar de la lucha contra la pereza, sumar voluntades en lugar de subordinar inteligencias, generar pasiones, comprometerse en la acción y en la palabra con la tarea, inventar y descubrir mundos.

Me excusarán de que no hable de sociedad de conocimiento, de que la educación es lo único que nos saca de la pobreza y del atraso, si es mejor subsidiar la demanda de escolaridad que financiar la oferta, si es mejor la descentralización comunitaria o la estatización tradicional, y de otras cosas igualmente aplastantes. La vida continúa

Texto leído en las jornadas La hora educativa, organizadas por el Cippec en la Biblioteca Nacional.


Diario Perfil  14/12/2013

martes, 10 de diciembre de 2013

EL HUMOR (Pequeña Enciclopedia ilustrada) en Bariloche


Adhiriendo a la muestra "PERIODISMO DIBUJADO" - humor gráfico, caricaturas e ilustraciones del periodismo argentino - se exhibió en la sala Chonek (Centro Cívico) de San Carlos de Bariloche, el documental “EL HUMOR (Pequeña Enciclopedia Ilustrada)” de Mariano Llinás e Ignacio Masllorens.


 "PERIODISMO DIBUJADO", organizada por FOPEA (Foro de Periodismo argentino) y la Alianza Francesa de Argentina, recorre el país en el marco de su 10º aniversario.
Acompañan Asociación de Periodistas Y Alianza Francesa de Bariloche.





El Humor (Cap. 4)

lunes, 9 de diciembre de 2013

Desarrollo y Ecopolítica: los grandes debates de la Tecnología, el Ambiente y la Sociedad

Comparto esta información porque el tema me interesa especialmente, como a muchos seguidores de este blog:

El martes 10,  en la Sala de Prensa de la Municipalidad de San Carlos de Bariloche (Centro Cívico), Tomás Buch* presentó su último libro: “Desarrollo y Ecopolítica: los grandes debates de la Tecnología, el Ambiente y la Sociedad”, introducido por Roberto Kozulj y auspiciado por la Universidad Nacional de Río Negro.

En palabras de su autor, el libro “trata de mostrar los peligros a los que se ve expuesto el mundo, como consecuencia de los desarrollos tecnológicos, urbanos y poblacionales, tratando de mantener una mirada crítica”.

Sus temas generales son: La Tierra como Sistema; Desarrollo demográfico y urbanización; contaminación ambiental y efecto invernadero; amenazas contra la biodiversidad; monocultivos y depredación; crítica a la tecnofilia y a la tecnofobia.

*Semblanza del Doctor Tomás Buch por el Lic. Lucas López Dávalos:

El Dr. Tomás Buch nació en Berlín, Alemania, en 1931, y sus padres se radicaron en la Argentina cuando él era todavía un niño. Completó en nuestro país sus estudios primarios y secundarios, para luego ingresar a la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, donde se graduó como Licenciado en Ciencias Químicas. Ya en 1960 se doctoró en la Northwestern University de los Estados Unidos. A lo largo de su profusa carrera académica y profesional, se ha destacado como investigador, tecnólogo, docente universitario, escritor e historiador de la ciencia y la tecnología argentinas. Entre sus obras se destacan El Tecnoscopio (Aique, 1996), Sistemas Tecnológicos (Aique, 1999) y Tecnología en la vida cotidiana (Eudeba, 2004). Asimismo, entre 1977 y 1992 se dedicó al desarrollo de nuevas tecnologías en INVAP, al tiempo que se desempeñó como Coordinador de la Carrera de Ingeniería en Tecnología, creada a través de un convenio entre la Universidad Nacional del Comahue e INVAP. En esos años, ocupó además los puestos de Jefe en distintos proyectos, Subgerente de Investigación y Desarrollo, Responsable de Estudios Prospectivos e, incluso, Gerente de Recursos Humanos. Desde 1992, trabaja como Asesor para la Gerencia General de INVAP (Investigaciones Aplicadas http://www.invap.com.ar/).