lunes, 13 de enero de 2014

ELBA CALFUQUEO por Hebe Uhart*


 
Voy a la casa de Elba Calfuqueo, tejedora afamada de origen mapuche. Vive a unas doce cuadras del centro de Junín, en un barrio donde se ven los cerros. Cada casita está pintada y tiene su jardín delantero. Es un barrio hecho por autoconstrucción y lo primero que veo es un nene enseñándole a andar a un gatito. Ese chico no me puede guiar y recurro a una vecina. Cuando entro a la casa de Elba estaba saliendo su marido de origen ¿mapuche? ¿pampa? ¿araucano? Es distinto a Elba, con grandes ojos negros redondos. Parece de otra etnia. Recuerdo lo que cuentan Muster y otros viajeros. Ya en el siglo XIX se habían mezclado todos, los del norte de  Patagonia con los del sur. No es extraño, los confines del gran cacique nor patagónico Sayhueque llegaban hasta Chubut. Como sea, el marido de Elba me saluda con mucha simpatía. Elba me hace pasar a una cocina comedor en  la que una nena de unos siete años, su nieta, pega figuras en un cuaderno. Tomamos mate y al rato aparece Marta, la hija de Elba, de unos treinta y cinco años. Hizo el secundario y le hubiera gustado ser historiadora, pero no se le dio. En el secundario no le enseñaban la historia mapuche, le enseñaban griegos y romanos. Marta, como su madre Elba, saben la historia de su pueblo por transmisión oral. Elba contó que su abuela decía que habían venido escapando de Chile arriaban animales y venían con carros de bueyes. Cuando se asentaban sembraban avena y trigo, pero venía el ejército y destruía las casitas. Eso en tiempo de la abuela de Elba. Ella nació en una comunidad mapuche, tejían en telar para vender, criaban corderos y los que eran allegados no se mataban. No había puesto sanitario ni radio rural, debían ir a caballo a Junín, eso sí, había escuela de monjas, que eran muy buenas  pero una era italiana y enseñaba hablando ese idioma y otra maestra, alemana.
Tercia Marta: “el 70 por ciento de la gente de Junín es mapuche y no quiere reconocerlo. Hay comunidades que viven muy bien, yo hace años fui a Chiquihuín, y tenían una casa hermosa, con muebles muy buenos y estaban preparando una película sobre los pueblos originarios”. (ya me habían dicho en Junín que algunas comunidades son ricas, que tienen hasta direct tv, y buenos autos.)
Peto me gusta más la casa de Elba, con su baño decente, su abuela que le enseñó a tejer y su mamá que le dijo: “no pidan nada, todo lo han de ganar trabajando”.
 
Marta dice:”la abuela tenía un mapa de Junín en la cabeza, me llevaba para visitar casas y no salíamos nunca de cada una, entrábamos a saludar a todo el pueblo. Muchos de ellos eran libaneses, que tenían mucho acercamiento con la gente de la comunidad”. Y añade Elba: “mi mamá sembraba y tejía, los últimos tiempos como no veía hilaba de memoria”. Le comento lo linda que es la casa de ellos y me dice: “la hicieron mi marido y mis hijos, todos trabajan en la construcción”. Le regalo a Marta el libro de Curruhuinca y Roux, “Sayhueque, el último cacique”. Lo había hojeado pero no lo tenía; le gusta el regalo. (uno de los autores es indígena, quiere decir “Amigo de los cristianos”.) Le pregunto a Elba por qué es tan distinta la calidad de los tejidos artesanales de la feria de artesanos de la que se exhibe en el museo Roca Jalil. Me dice que es un arte que se va perdiendo, se ha transmitido de padres a hijos y nadie tiene paciencia ahora para hilar. Me muestra lo que ha tejido ella: mantas perfectas, fajas y en una repisa, los premios recibidos, muchos regionales y uno de la feria de Palermo, en Buenos Aires.
Me despido pensando que en realidad había ido a esa casa para comprobar si algo de lo que había leído sobre los manzaneros quedaba en el presente. Había leído que hacían postres de manzanas y piñones, los comían en platos de madera o en caparazones de peludo, que cultivaban trigo y avena (como la abuela de Elba y como ella misma en su infancia). Usaban mantas de piel de gato, eran plateros, extraían la plata y la fundían, usaban pomada preparada con médula de guanaco para preservar la piel de la cara del viento seco de la montaña. Según Muster, se bañaban todos en el río a la mañana y llevaban ropas cuidadas. Los caciques, botas y poncho (como los que vi vestidos de paisano comprando yogurt en el supermercado). 
Y el gran cacique manzanero Sayhueque, amigo de los cristianos, el que había confiado en ellos tanto tiempo, el que gobernaba desde el Río Negro hasta el Chubut, bajaba y subía constantemente y otorgaba salvoconductos para pasar a Chile, se rindió amargamente en 1885.

De “Visto y oído Nuevas crónicas de viaje”, Adriana Hidalgo, 2012

Graciela Cros, Hebe Uhart y Luisa Peluffo en Bariloche, enero 2014
*Hebe Uhart: nació en Moreno, provincia de Buenos Aires. Es autora de los libros de cuentos Dios, San Pedro y las almas, El budín esponjoso, La luz de un nuevo día, Guando la hiedra y Del cielo a casa, entre otros. Publicó también las novelas Camilo asciende y Señorita. Recibió el Premio Konex Diploma al Mérito (2004) y el Premio Fundación El Libro al Mejor Libro Argentino de Creación Literaria (2011) por Relatos Reunidos.

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